La Virgen Santísima -con su habitual delicadeza- nos invita a orar por la paz.

Pero aunque continuamente hablamos sobre la paz, no estaría de más preguntarnos ¿Qué es la paz?

Por medio del siguiente testimonio te comparto las respuestas que he ido recogiendo en diversas situaciones, acerca de la paz.

Cada vez que celebro la Eucaristía en la que oramos por los enfermos y afligidos, -y antes de interceder ante el Santísimo Sacramento por las necesidades de los presentes-, invito a quienes participan en la Santa Misa, a escribir sus peticiones en unos pequeños papeles que luego son llevados hasta el altar, y que en el momento de las ofrendas, son presentados ante la imagen de la Reina de la Paz, que llegó a mi comunidad en Buenos Aires, desde Medjugorje.

En una oportunidad, al día siguiente de haber celebrado una Misa, en la que Dios había manifestado su amor de un modo particular, derramando por el poder del Espíritu Santo una gran paz y alegría en todos los presentes, me dispuse a leer las peticiones que habían quedado en la sacristía de la Parroquia de San Roque y a orar  por cada uno de quienes habían escrito en esos sencillos papelitos blancos.

Eran muchísimos, y me llevó dos largas horas poder leerlos todos.

Mientras mis ojos pasaban por esas líneas escritas por la gente medio a las apuradas, antes de comenzar la Misa podía “ver” el corazón del pueblo de Dios y el amor que muchos experimentan hacia la Reina de la Paz.  Eran corazones colmados de amor, pero también de dolor.

Me dio la impresión que más de uno de esos papelitos conservaban signos de haber sido regados con lágrimas de amor y de dolor.  Y también he de confesar que algunas de esas peticiones -escritas con una profunda fe-, me arrancaron también a mí, alguna lágrima.

Yo esperaba encontrar que la mayoría de las peticiones hechas a Dios, eran por salud física, sin embargo, mi asombro fue grande al ver que las peticiones por los enfermos ocupaban el segundo lugar; las peticiones por trabajo y prosperidad el tercer lugar; y que el primer lugar en las peticiones, eran pidiendo a Dios y a María, el don de la Paz.

Así se confirmaban las palabras de San Agustín: Todos desean la paz”.[1]

 Algunos de estas papelitos pedían a Dios: “Paz en mi corazón”, otras: “paz en mi alma”, “paz en mi vida”, “paz con mi esposo”, “paz en mi familia”, “paz para mis hijos”, “paz en mi comunidad”, paz para el mundo; etc… En definitiva lo que más se pedía era: Paz, paz y más paz.

Estoy convencido de que, si hiciéramos una encuesta, entre quienes no asisten a la Iglesia y entre quienes no conocen a Dios, veríamos que también ellos manifiestan el anhelo de paz.

Un autor contemporáneo afirma: “Esta inquietud que todos llevamos dentro es necesario apaciguarla, sosegarla; este vacío que sentimos en nuestra intimidad es necesario colmarlo. Hasta que esta inquietud no se sosiega, hasta que este vacío no es colmado, el corazón del hombre anhela, sufre y busca. La historia de cada hombre es la historia de un peregrino, de un caminante que busca la felicidad y la paz. Todos los hombres, alguno conscientemente, otros–la mayoría–inconscientemente, buscan a Dios.[2]

Lamentablemente, son demasiados los que por no conocer el amor y la paz de Dios -y que en este mensaje en particular está relacionada de manera particular con el combate contra el propio egoísmo- andan por el mundo arrastrando sus actividades como condenados por las obligaciones, sin poder encontrar paz en las cosas cotidianas. Esta es la triste realidad de millones de personas.

Incluso entre aquellos que tienen una hermosa familia, un buen trabajo, dinero suficiente para divertirse.  También en muchas de estas personas encontraremos que la ausencia de paz permanece.

La Reina de la Paz nos enseña que solo Dios es la fuente profunda y autentica de la verdadera paz.

En uno de mis libros de la colección “Paz Interior”, he escrito que: “Dios nos ha creado con ese insaciable anhelo de tener paz y de vivir en ella.  Por lo que podríamos afirmar que el deseo de la paz está como escrito en el código genético de cada ser humano y solo será satisfecho en mayor medida, en proporción con nuestra comunión permanente con Dios, en la lucha que mantengamos contra el egoísmo, y en una vida en la que la oración hecha con el corazón ocupa un lugar central en nuestras vidas.”[3]

La diferencia entre quienes se acercan a Dios y a la Gozpa desde lo más profundo de su alma, y aquellos que aun no les conocen, es que, los primeros ya empiezan a encontrar la paz, aunque tengan que luchar cada día para conservarla y acrecentarla, mientras que muchos de quienes no conocen el amor de Dios, no saben dónde encontrar esta paz, buscándola por caminos equivocados.

Por lo tanto, te invito para que a lo largo de los próximos días nuestra oración sea similar a la de San Agustín, quien decía: “Señor, nos Creaste para ti, y nuestro corazón estará inquieto (sin paz) mientras no descanse en ti”[4].

Y que de este modo permitamos a la Reina de la Paz, que siga ayudándonos a trabajar la tierra de nuestros corazones, sacando las malezas de los vicios y del egoísmo, y sembrando las semillas de las virtudes que el Espíritu de Dios nos concede.

Termino estas reflexión, compartiéndote que en el momento de escribir estas líneas estoy a punto de partir en peregrinación hacia Medjugorje, para encontrarme con un grupo de cien peregrinos de diferentes países hispanos, y poder acompañarlos en su encuentro con la Reina de la Paz, por lo tanto te pido que reces por mi y por todos ellos.  Yo también estaré orando por ti, y por eso te dejo mi correo electrónico, por si deseas hacerme llegar tus peticiones para ponerlas a los pies de la Gozpa, durante la semana que estaré en Medjugorje.

Te envío un fuerte abrazo y le pido a Nuestro Buen Dios que te Bendiga, en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.  Amén.

“Nuestro Dios, en su gran misericordia, nos trae de lo alto el sol de un nuevo día, para dar luz a los que viven en la más profunda oscuridad, y dirigir nuestros pasos por el camino de la paz.» Lucas 1, 78 y 79

Gustavo E. Jamut,

Oblato de la Virgen María

padregustavojamut@fibertel.com.ar

 

[1] San Agustín en XIX De civ. Dei

[2] Salvador Canals, Ascética meditada, Ediciones Rialp

[3] Jamut. “Lo que nos roba la Paz”. Ed. San Pablo. Argentina.

[4] San Agustín, Confesiones, Libro Primero, I,1

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