Queridos hermanos:

¡Reciban hoy y siempre la paz y la alegría de Jesús y de María!

Mientras que en Europa y en otras regiones del mundo la naturaleza se despierta y se renueva por efecto de la primavera, en América del Sur -y en otras partes del mundo-, en cambio, la naturaleza parece adormecerse y entrar en una especie de letargo que la llevará a acumular fuerzas para volver a recuperar toda su fuerza y esplendor en unos meses.

Así sucede con los ciclos de la vida espiritual de los hombres y mujeres de oración, quienes pasamos por la alternancia -según el decir de San Ignacio de Loyola- de consolaciones y desolaciones.

La Reina de la Paz, en su mensaje de este 25 de marzo, nos presenta la naturaleza en su gran sencillez como modelo de recambio y de conversión permanente.

Podemos afirmar, que nunca habrá verdadera paz y auténtica alegría en el corazón cristiano, si no nos decidimos diariamente por un verdadero cambio de mentalidad.

Así como en el otoño las hojas de los árboles suelen caer, de manera similar una verdadera conversión implica que dejemos caer las máscaras que con frecuencia nos ponemos ante Dios o ante los demás. Algunas de esas máscaras pueden ser de una falsa piedad. Incluso para sentirnos buenos podemos hacer obras buenas, pero sin entregar a Dios las áreas más profundas del corazón y de la mente, enroscándonos en medias verdades (que en definitiva terminan siendo las grandes mentiras) y que producen malos entendidos, desconfianzas y suspicacias en los vínculos matrimoniales, entre amigos, e incluso en las comunidades cristianas.  Lo que lleva a la Virgen María a afirmar: “Las guerras reinan en los corazones”; y además agrega: “no tienen paz y no ven, hijitos, al hermano en su prójimo”.

Una persona que no tiene paz en su mente y en su corazón, muy difícilmente tendrá paz con quienes están a su alrededor o que tienen alguna forma de vinculación con ellas. Ese es el camino de sanación y conversión al que estamos siendo llamados, de manera especial durante este tiempo de Cuaresma.

En este mensaje la Madre de Dios es muy clara y hasta suena muy fuerte cuando dice: “Decídanse por Dios. Hijitos, ustedes están vacíos y no tienen alegría, porque no tienen a Dios”.

Pero ¿a quién le está hablando la Gospa?.

Seguro que no lo está haciendo para los no creyentes, pues ellos no suelen leer sus mensajes.

¿Entonces quienes son los que deben decidirse por Dios?, ¿Quiénes son los que están vacíos?, ¿Quiénes son los que no tienen alegría?.

Sí, querido hermano, has acertado; la Virgen María nos está hablando a ti y a mí. Ella puede ver todo lo que hay en nuestros corazones, y también aquello de bueno y sano que tendría que estar en nosotros y aún no está.

Esta es una realidad que veo con demasiada frecuencia en muchos católicos: sean católicos laicos, religiosas, sacerdotes e incluso obispos.

Si falta la alegría y la paz interior -incluso en medio de las tormentas de la vida- no se debe tanto a las enfermedades de unos u otros, no se debe tanto a los problemas laborales, económicos o sociales; más bien se debe a que no oramos y ayunamos con el corazón, se debe a que no buscamos la verdad y el bien con intensidad, se debe a que siempre encontramos 1000 excusas para no congregarnos en un grupo de oración y tener una comunidad; y así somos fácil presa para las tentaciones de Satanás pues de ese modo -como dice San Pablo- somos: “niños sacudidos por las olas y arrastrados por el viento” (Ef. 4: 14).

Es decir que, somos sacudidos y arrastrados por cualquier tentación del diablo; somos sacudidos y arrastrados por cualquier chisme o malentendido que nos comemos al escucharlo y que nos cae mal por no saber cómo digerir lo que nunca tendríamos que haber escuchado; somos sacudidos y arrastrados por cualquier dificultad que se presenta; somos sacudidos y arrastrados por el victimismo, la autocompasión, la justificación, los prejuicios o cualquier molde mental o emocional dañino que hemos forjado en alguna de las etapas de nuestra vida…

Es doloroso pensar que nosotros que amamos a la Virgen María, la entristecemos cuando permitimos -como ella lo afirma- que: “Las guerras reinen en los corazones”; y cuando: “no tienen paz y no ven, hijitos, al hermano en su prójimo”, lo cual lleva a la persona a vivir desconfiando y juzgando a todos.

Discúlpame si me repito, pero me parece importante tenerlo en cuenta: podemos ser sacerdotes, laicos comprometidos o religiosas, guiar retiros u organizar peregrinaciones, ir mil veces a Medjugorje y a diversos santuarios, pero de poco servirá si no dejamos de responsabilizar a los demás por los problemas de la vida y por los propios estados emocionales desequilibrados, y comenzamos asumir que quienes debemos cambiar somos en primer lugar cada uno de nosotros, sin buscar “chivos expiatorios”.

Esta es la idea que quiere expresar San Ireneo, cuando dice: “lo que no es asumido, no es redimido”.

Solamente tendremos la verdadera paz y alegría interior, y Dios podrá actuar en nosotros y en nuestras familias, si aceptamos humildemente lo que nos toca asumir a cada uno, y trabajamos con la gracia de Dios para convertir lo que necesita ser convertido, renovado y transformado. Caso contrario los pecados de injusticia estarán clamando ante Dios.

Mientras no asumamos las guerras que tenemos con nosotros mismos, a causa las heridas no sanadas de la propia historia, por los vacíos afectivos, por modelos intergeneracionales distorsionados, entonces no podremos recorrer un camino de verdadera sanidad y santidad.

Este es, a mi entender un modo de regresar a Dios y a la oración verdadera a partir de este tiempo de Cuaresma, de manera tal que cuando llegue la Pascua podamos vivir en Cristo una alegría profunda.

Me encomiendo a tus oraciones y le pido a nuestro Buen Dios que te bendiga abundantemente.

 

Padre Gustavo E. Jamut, omv

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