Reflexión del Mensaje del 25 de Junio de 2017

“Abrir el corazón a la oración profunda”

Buen día querido/a hermano/a

Al meditar durante los últimos días en este Mensaje, ha habido una frase en especial, que me ha estado rondando el corazón, y que ha ido desprendiendo cierto perfume que impregnó mi pensamiento y mi corazón del amor de Dios y de María.

Frase que al momento de escribir estas líneas, aún continúo rumiando y dándole vueltas en mi interior; ya que así como María guardaba todo en su corazón y lo meditaba, también cada uno de nosotros debe hacer lo mismo con los Mensajes de cada mes.

Son mensajes que no debemos devorar o tragar de una vez, sino digerirlos suave y lentamente, a fin de que nos aprovechen, y se transformen en vida para nuestro modo de pensar, hablar y de vivir, y en bendición hasta para las células de nuestros cuerpos.

Una de estas frases, que al menos para mí me resulta novedosa es la invitación a abrirnos a la oración profunda.

Esto me ha llevado a hacerme varias preguntas que te comparto a continuación, pues tal vez alguna de ellas pueda servirte también a ti:

  • Pero ¿qué es la oración profunda?
  • Si la Gospa dice que hay una oración profunda, ¿entonces también está dando a entender que hay una oración superficial o vacía?
  • ¿Cómo ven Dios y la Virgen mi oración?
  • Y finalmente: ¿Qué puedo hacer para que mi oración vaya ganando diariamente en profundidad, y se transforme en suave incienso de alabanza y adoración que se eleve a la presencia del Señor?.

 

Entonces comprendí, que Nuestra Señora nos da -en el mismo Mensaje-, algunas claves para que mi oración y la tuya, se vayan transformando de una oración “careta” o superficial, a una oración profunda, a una oración del corazón que produzca transformación abundante, e impulse a que la mano de Dios bendiga mi vida y las diversas situaciones del mundo actual.

 

 

Abrirse: Se suele decir que hay personas que son “cerradas”, así como también se afirma de otros que son personas “abiertas”.  Pero, ¿qué significa esto?

Cerrado es un adjetivo que puede utilizarse en diversos contextos. El mismo puede utilizarse tanto para objetos e ideologías, como personas, para expresar que son herméticos, terminantes o rígidos. Por ejemplo: “El pensamiento de mi jefe es tan cerrado que nunca deja lugar a la innovación”, “Es incapaz de ver las cosas desde la posición de los demás”, “no voy a cambiar de opinión por nada”.

Estas pueden ser afirmaciones que denotan que uno no tiene ni la mente, ni el corazón abierto.

 

Jesús, a lo largo de su vida en la tierra y en su ministerio público, se encontró con muchas personalidades “cerrazonicas”; como era el caso de los fariseos, que aun siendo hombres (o mujeres) religiosos, no tenían la apertura para escuchar algo diferente, e eran incapaces de adaptarse o de cambiar.

Y en la misma ciudad de Nazaret, habían personas de pensamiento cerrado, que ataban las manos de Dios e impedían que el Señor los sanase: “Y no hizo muchos milagros allí a causa de la incredulidad de ellos.” (Mateo 13:58).

Cuando Juan se refiere a que las puertas del Cenáculo estaban cerradas (Jn. 20,19-31), no se refiere solo a un lugar material, sino también al Cenáculo de la mente y del corazón de los apóstoles, quienes tenían serias dificultades para creer en que Jesús había resucitado.

Por ello, el Papa Benedicto nos recordaba: “La visita del Resucitado no se limita al espacio del Cenáculo, sino que va más allá, para que todos puedan recibir el don de la paz y de la vida con el «Soplo creador». (Benedicto XVI. Regina Caeli, Castelgandolfo. Domingo 11 de abril de 2010).

En ocasiones puede sucedernos algo semejante, no nos damos cuenta que nuestro corazón está cerrado y se ha endurecido.  Seguimos orando, confesando, comulgando, pero no percibimos las inspiraciones del Espíritu Santo y los cambios que Dios nos está pidiendo realizar.  Entonces nuestro modo de ver la vida y nuestro yo, se transforma en un ídolo al que servimos.

 

La oración profunda, la oración hecha con el corazón, es la que lleva a abrirnos a las inspiraciones de Dios, es aceptar el impulso del Señor a caminar en un permanente éxodo de conversión continua, que parte desde nuestras esclavitudes, miserias, rigideces y egocentrismo, para conducirnos hacia la libertad de los hijos de Dios.

 

Que la Reina de la Paz no se canse jamás de interceder por nosotros, a fin de que decidiéndonos a abrir cada día un poco más las puertas de nuestra mente y de nuestros corazones a Dios y a los hermanos, naveguemos en las aguas de la oración profunda; y así experimentaremos la paz y el gozo que solo Dios puede darnos y que nada ni nadie podrá arrebatarnos, que así sea.

 

Recibe un abrazo a la distancia y la Bendición sacerdotal, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.   Amén.

 

Padre Gustavo E. Jamut, omv

 

P.D. Si conoces algún joven de 18 a 30 años que necesita hacer un camino de discernimiento vocacional, proyecto de vida y sanación interior, puedes comunicarlo con un hermano de nuestra Comunidad Evangelizadora Mensajeros de la Paz. diegoarmandopaz@hotmail.com

 

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