¿Espiritualidad de Pentecostés o del aire acondicionado?

Reflexión del Mensaje de la Reina de la Paz dado el 25 de octubre 2022.

Queridos hijos, el Altísimo me permite estar con ustedes, y ser su alegría y camino en la esperanza, porque la humanidad se ha decidido por la muerte.

Por eso Él me ha enviado a enseñarles que sin Dios no tienen futuro. Hijitos, sean instrumentos de amor para todos los que no han conocido al Dios del amor.

Testimonien con alegría su fe y no pierdan la esperanza en el cambio del corazón humano.

Yo estoy con ustedes y los bendigo con mi bendición maternal. Gracias por haber respondido a mi llamado.

¡Queridos amigos: reciban hoy y siempre la paz y la alegría de Jesús y de María!

Ante este mensaje de la Reina de la Paz, varias personas se han comunicado conmigo y con otros hermanos de mi comunidad manifestando su preocupación, especialmente por la frase: “la humanidad se ha decidido por la muerte”. Y No han sido pocas las personas que nos han expresado sentir miedo ante estas palabras.

Mi respuesta a todos ellos es que, esta frase hay que verla en el contexto de todo el mensaje, pues el mensaje completo, si bien diagnóstica la realidad por la que atraviesa gran parte de la humanidad, aun así lleva como eje transversal una invitación a la esperanza.

No podemos negar que la guerra entre Rusia y Ucrania es una decisión de los poderosos a favor de la muerte. Tampoco podemos ignorar la violencia que desde hace tiempo se agita en diversas partes del mundo. A lo largo de este año, al predicar en diferentes países, el común denominador del cual me hablaban sus habitantes era la inseguridad que aumenta de día en día.

Por otro lado, si hablamos de ideologías y de legislaciones injustas en contra de la vida de los más vulnerables como son los niños en gestación, entonces es incuestionable que una gran parte de la humanidad “se ha decidido por la muerte”.

De hecho -como mencioné anteriormente- en este mensaje prima y sobresale la invitación de Dios y de Nuestra Madre para que con la ayuda de la Gracia Divina fortalezcamos la fe, acrecentemos la esperanza y por lo tanto nos comprometemos de manera real, concreta y perseverante para recorrer un camino de conversión permanente y ser mensajeros de la vida y de la paz.

Pensemos en el grupo de los apóstoles: después de la Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión al cielo de Jesús, se encontraban desalentados, desanimados, tristes y esclavos del miedo. Sin embargo, permanecían en el aposento alto del Cenáculo; y era María quien los congregaba, animándolos a la oración y poniendo esperanza y luz en esos corazones oscurecidos por la pena.

También hoy Ella nos anima a vivir en nuestros grupos, cenáculos y comunidades en un clima de oración renovada que traiga a toda la Iglesia el viento huracanado de un nuevo Pentecostés.

El libro de los Hechos de los Apóstoles relata que: vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban” (Hechos 2:1-3). Esta presencia del Espíritu Santo es referida como “fuerte ráfaga de viento”, mientras que en otras traducciones se le llama “viento huracanado”.

Lo cierto es que la presencia de María, y la apertura de mente y de corazón de los apóstoles, permitió que el Espíritu Santo llenase hasta los rincones más oscuros de sus vidas y que los convirtiese en testigos con poder de Cristo resucitado.

Lamentablemente, en la actualidad muchos cristianos reducen la fuerza del viento huracanado del Espíritu Santo a un ventilador, abanico, o aire acondicionado.

Al aire acondicionado podemos programarlo en una temperatura constante; no hay cambios, todo está prefabricado, programado y en su lugar. El aire acondicionado impone una temperatura constante al ser humano y lo libera de las sorpresas, pero también le hace perder grandes bendiciones.

Mientras que el viento huracanado del Espíritu Santo nos impulsa a abrir las puertas del cenáculo, para llevar a todos los rincones el testimonio del amor de Dios y de María; el “aire acondicionado” del espíritu humano nos lleva a cerrar puertas y ventanas, para quedarnos cómodos y fresquitos en nuestros grupos de amigos, seguridades y comodidades.

El viento huracanado de Dios exige abandonar nuestras zonas de confort, dejar nuestras seguridades humanas y discernir qué me pide el Señor para que lleve su vida a donde hay mentalidad de muerte.

El aire acondicionado o el ventilador, en cambio, nos lleva a vivir una práctica religiosa acomodada a nuestros gustos. En definitiva, a hacer lo que nosotros queremos y no la voluntad de Dios.

La falsa espiritualidad del aire acondicionado nos vuelve egoístas, cómodos, encerrados en los prejuicios, y en el grupo de amigos. A diferencia del viento huracanado del Espíritu, que nos libera del egoísmo, y del individualismo para formar el único cuerpo de Cristo, transmitiendo a las siguientes generaciones el fuego del Espíritu de Dios.

El aire acondicionado -sea en la casa, en el automóvil o en el avión- es el mismo aire que recircula una y otra vez y que hasta se va tornando rancio y contaminado, transmitiendo los virus de unos a otros. Mientras que por el contrario, las fuertes ráfagas del Espíritu Santo son viento puro y limpio, siempre nuevo, que no sabe dar vueltas sobre sí mismo porque no es remolino, sino huracán  que nos lleva hacia adelante, impulsándonos hasta la vida eterna.

Si la Reina de la Paz nos advierte que la humanidad se ha decidido por la muerte”, en gran parte los bautizados somos responsables, ya que hemos reducido el poder de las ráfagas del Espíritu a la espiritualidad del aire acondicionado, a través de la cual somos nosotros quienes tenemos el control en lugar de entregarlo a Dios. De este modo lo graduamos para nuestra conveniencia y comodidad.

El viento huracanado del Espíritu nos impulsa a comprometernos al cien por ciento con lo que es la evangelización en nuestro tiempo, saliendo a las periferias existenciales. Por eso el Papa emérito Benedicto XVI, refiriéndose a los católicos de nuestro tiempo afirmaba: “Como pequeñas comunidades, se reclamará con mucha más fuerza la iniciativa de cada uno de sus miembros…”  (“Fe y futuro”, pág. 104). Lo cual es un llamado a comprometernos de verdad, pero que no todos están dispuestos a hacer. Hay una expresión que solemos utilizar en Argentina para referirnos a quienes están dispuestos a comprometerse totalmente en la voluntad de Dios y en la nueva evangelización: “hay que poner toda la carne al asador”.

El Papa emérito Benedicto XVI también nos advertía: “A la Iglesia le aguardan tiempos muy difíciles. Su verdadera crisis aún no ha comenzado todavía. Hay que contar con fuertes sacudidas… pero al final permanecerá la Iglesia de la fe… Florecerá de nuevo, y se hará visible a los seres humanos como la patria que les da vida y esperanza más allá de la muerte” (“Fe y futuro”, pag. 106). También este es un llamado a la esperanza más allá de lo doloroso de la situación, pero que nos exige decidirnos de manera personal por una conversión cada vez más profunda.

Por eso la “espiritualidad del viento de Pentecostés” es un llamado a abrir las puertas de los cenáculos para salir a proclamar con alegría y esperanza que Jesús está vivo. Esta espiritualidad se diferencia de la “pseudo espiritualidad del aire acondicionado”, en que hay que cerrar las puertas para que no se vaya el fresquito, reduciendo los grupos de oración en grupos de amistad en el cual se reza un poco, se organiza una que otra actividad para tranquilizar la conciencia, pero no hay crecimiento, pues no se le pregunta a Dios cuál es su voluntad, por miedo a tener que hacer cambios más profundos.

Desafortunadamente tampoco los sacerdotes y las religiosas estamos exentos de la tentación de quedarnos cómodos con la “espiritualidad del aire acondicionado”, ya sea en nuestras parroquias o con las personas que no nos exigen una conversión más profunda.

Cuando la Reina de la Paz nos da sus mensajes, lo que hace es recordarnos todo lo que nos enseñó su Hijo Jesús en los Evangelios, y que nos recordará el Espíritu Santo: el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho” (Juan 14:26).

Por lo cual, si vivimos la espiritualidad cómoda del aire acondicionado o del ventilador, se nos pasarán los años y la vida sumergidos en una especie de amnesia espiritual. Escucharemos prédicas, organizaremos peregrinaciones, haremos retiros y congresos, sentiremos gozo en Adoraciones al Santísimo Sacramento, participaremos de algún grupo… pero luego olvidaremos todo lo escuchado y habrá una dicotomía entre espiritualidad y vida diaria.

María vivió plenamente la espiritualidad del viento huracanado del Espíritu Santo, desde su Sí en Nazaret hasta su Sí en el Aposento Alto del Cenáculo de Jerusalén. Aprendamos de ella y animémonos a patear y arrojar lejos de nosotros el control del aire acondicionado, abriéndonos valientemente a los cambios que Dios quiera hacer en nuestra vida. Que así sea.

Padre Gustavo E. Jamut, omv

 

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