Buen día queridos Hermanos,

Es bien llamativa la expresión con que la Virgen, abre este mensaje: “sean oración”.

La misma frase, nos impulsa a un movimiento más profundo y comprometido que el del simple enunciado: “hacer oración”.

A mi entender, ser oración significa fundirnos con la santísima Trinidad, en una corriente de adoración y de amor recíproco, la cual nos permite reflejar el amor de Dios.

El “hacer” es algo exterior, que se utiliza con el sentido de crear, realizar, producir, ejecutar, actuar, preparar, causar, etcétera.

El “ser” en cambio, es un dinamismo que parte desde la esencia más íntima de la persona, y que se irradia hacia el exterior.

Del “ser oración”, germina la fuerza para trabajar diariamente la tierra de nuestros corazones, a fin de arrancar la cizaña de los pensamientos equivocados, las emociones negativas, las palabras y conversaciones inapropiadas, los pecados de obra y omisión.

Del “ser oración”, surge la decisión de convertirnos permanentemente y ser fieles a lo que el Señor nos pide.

“Ser oración”, no solo es disfrutar de la luz de Dios, sino que nos compromete a sumergirnos en la llama ardiente del Espíritu Santo, para ser transfigurados por él y así poder ser luz para muchos.

 

El sacerdote Benedictino, Mamerto Menapace, lo ilustra de manera bien clara, a través del cuento “llama viva”, que he sentido de compartir contigo.

 

Había una vez un pueblo de luciérnagas. Habitaban la falda de un cerro, en medio de la espesura del bosque, con claros para sus juegos y matorrales para guarecerse durante los días de tormenta.

 

Muy lejos de allí, del otro lado del valle oscuro y misterioso, brillaba otra luz. Lejana, y sin embargo tremendamente presente, aquella luz parecía tener vida propia. No era de la misma calidad que la de los demás insectos.

 

Era una luz viva. Aunque permanecía siempre en el mismo lugar atraía poderosamente la mirada y hasta la curiosidad de nuestro pueblo de diminutas luciérnagas. Su existencia y el misterio de su brillo en las noches, tenía intrigadas a todas las luciérnagas. Habían surgido varias teorías para explicar su existencia. Algunas se basaban en el miedo. Otras se burlaban de ella llegando hasta faltarle el respeto.

 

Alguna vez había que tomar una decisión.

 

Entonces se convino en convocar a una asamblea general. Allí se discutió, se aventuraron hipótesis nuevas tratando de conciliar posturas irreductibles. Pero nadie quedó satisfecho. Quizá lo único que quedaba en claro era que alguien tendría que arriesgarse y traer respuestas acerca de la luz.

 

Varios propusieron a varios. Finalmente se levantó la luciérnaga más inteligente. Ella iría a ver, y luego contaría la verdad. Sólo pedía que, para posibilitar su retorno, la noche del regreso, todas tuvieran sus luces encendidas al máximo. Como era inteligente temía extraviarse en el tenebroso valle intermedio.

 

Y partió. Con la vista clavada en su objeto fue fácil orientarse. Atravesó la oscuridad, dándose cuenta de que cada vez ésta era menos densa a medida que se acercaba a la luz. Y llegó. El amplio ventanal de un castillo estaba abierto ante ella dando entrada al gran salón en cuyo centro ardía un enorme cirio. El resplandor era tan intenso que tuvo que cerrar los ojos para no quedar deslumbrada. Con gran precaución comenzó a volar en derredor de la llama a la máxima distancia posible, pegada a las paredes del lugar. Su asombro crecía a cada instante, Realmente aquella luz era maravillosa. No solamente brillaba, como lo hacían las luciérnagas, sino que alumbraba y deslumbraba. Su riqueza de luminosidad era tan grande que se derramaba sobre cada objeto y lo convertía en brillante. Todo parecía participar del regalo de esa llama y ella recibía sus formas y sus colores.

 

Con los ojos llenos de aquel espectáculo, retornó al pueblo. Al principio se orientó por la memoria, pero, poco a poco se le fue haciendo visible el resplandor de sus hermanas que alumbraban el regreso. A su llegada contó con lujo de detalles todo lo visto. Había quedado embelesada por aquella luz tan rica que se derramaba sobre todas las cosas y permitía verlas, distinguirlas, reconocerlas. Respondió a todas las preguntas que le hicieron y lo único que logró fue aumentar en su pueblo la fascinación y el ansia de conocer en profundidad la verdad de aquella luz. Porque ella sólo había visto. No había tocado, no había sentido, no podía decir nada, en verdad, sobre la luz misma. Sólo podía informar sobre sus efectos.

 

Se hacía necesario insistir. Y esta vez se ofreció la más corajuda.

 

Orientada como su amiga sobrevoló el valle tenebroso poniendo proa hacia el castillo. Entró por el ventanal y luego de imitar a su predecesora, hizo alarde de su coraje y comenzó a acercarse a la llama. Comenzó a sentir su calor. Constató que le comunicaba vida, fuerza, energía. Se sintió revitalizada y con nuevos bríos. Se le fue el frío que traía de su largo vuelo. Le pareció renacer. Y llena de alegría por su descubrimiento, se lanzó hacia la oscuridad de la noche rumbo a su pueblo que la esperaba ansioso.

 

Su llegada conmocionó a todos. Su entusiasmo era tal que ella misma parecía hacer partícipes a sus compañeras de aquello que había logrado asimilar de la Llama Viva, fuente de calor y energía. Casi no necesitaba explicar lo sucedido. Se diría que ella misma irradiaba lo vivido. Y esto, en vez de calmar la ansiedad y la fascinación de las luciérnagas, terminó por plantearles con fuerza inusitada la pregunta:

 

-¿Quién es esa luz?

 

A esta pregunta la corajuda no podía responder. Ella podía hablar de los efectos sentidos, del calor y de la vida. Pero no tenía experiencia de la llama misma. A pesar de su coraje no se había animado a tocar. Temía entregarse a algo desconocido y que podría haberla consumido…

 

Pero la pregunta estaba planteada y había que responderla. ¿Quién se ofrecería?

 

En medio del silencio se sintió una voz chiquita y arrobadora. Era la de la soñadora.

 

– ¡Voy yo! -dijo sin dudar.

 

El asombro fue mayúsculo. Nadie la tomaba en serio en el pueblo de luciérnagas. Tenía una imaginación tan frondosa! y un lenguaje tan fantasioso, que cuando quería explicar algo nadie le entendía. ¡Vaya a saber qué explicación traería a su regreso!

 

Pero su deseo de volar era tan grande y su voluntad tan inquebrantable que partió, fascinada por la luz. Entró por el amplio ventanal con los ojos dilatados clavados en la Llama Viva. Y se dejó seducir. ..

 

Desde el lejano pueblo se vio un instantáneo, pequeñísimo estallido de luz. Y allá se quedó ardiendo, unida para siempre a la llama que no consume, asume.

 

Nunca regresó para llevar respuestas. Se quedó allá generando preguntas.

 

Desde entonces en el pueblo de luciérnagas se sabe que algo de ellas les manda mensajes de luz desde la Llama Viva.

 

Entre ellas sigue habiendo inteligentes y  corajudas. Y seguramente seguirá habiendo soñadoras.

 

Por lo tanto, recordemos que “Hacer oración” es contemplar “la llama” desde afuera; incluso puede ser tocar, y sentir la presencia viva de Dios, e informar sobre sus efectos; pero esto no es suficiente…

 

“Hacer oración” puede parecerse incluso al coraje de la segunda luciérnaga, que se acercó a la llama, sintió su calor, y se alegró porque constató que le comunicaba vida, fuerza, energía; pero aún esto no es suficiente, ya que quienes nos rodean se seguirán preguntando: -¿Quién es esa luz?

 

“Ser oración” -en cambio- es arriesgarse, para sumergirse en la Llama Viva, a pesar de que no seamos tan inteligentes como desearíamos ser, ni tan valientes como otros.

 

Solamente siendo un poco soñadores y confiando totalmente en las promesas de Dios y en el amor de la Gospa, nos dejaremos seducir por la luz de los Corazones de Dios y de María, y no solo nos acercaremos, sino que “siendo oración”, nos sumergiremos totalmente en ellos, a fin de que ese fuego Divino queme toda la basura que hay en nosotros, y haga resplandecer a través nuestro el verdadero amor de Dios.

 

Pidamos a la Reina de la Paz que interceda por nosotros, para que no solo “hagamos oración”, sino que toda nuestra vida “sea oración” y así permanezcamos sumergidos en la llama que no consume, sino que asume.

 

Te envío un fuerte abrazo, te pido que reces por mí, y te doy la Bendición sacerdotal.

P. Gustavo E. Jamut,

Oblato de la Virgen María

 

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