“Queridos hijos! Hoy les traigo mi amor. Dios me ha permitido amarlos y por amor llamarlos a la conversión. Hijitos, ustedes son pobres en el amor y aún no han comprendido que mi Hijo Jesús por amor dio su vida para salvarlos y darles la vida eterna. Por eso oren, hijitos, oren para que en la oración comprendan el amor de Dios. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!”

El Mensaje de este 25 de marzo comienza con un regalo de la Reina de la Paz, quien nos dice: “Hoy les traigo mi amor”. Y ¡Qué lindo que es cuando alguien nos trae un regalo!

Aun recuerdo cuando yo era niño y esperaba que llegara la fiesta de los Reyes Magos o mi cumpleaños para recibir los regalos. Y cuando finalmente los recibía casi que podía sentir el amor de quien me los daba y con el amor con que me los entregaban.

Con esa misma expectación, debemos también nosotros esperar cada mes el regalo de los mensajes que Nuestra Madre viene a traernos.

En este Mensaje en particular, Ella nos trae como regalo, una nueva efusión de su amor y del amor de Dios. ¿Hay acaso un regalo más valioso que éste? Y su regalo viene envuelto en el mejor de los envoltorios, su presencia maternal que nos rodea como un dulce perfume.

Al volver atrás en los recuerdos de mi infancia, también debo reconocer que -como niño- en ocasiones no valoraba suficientemente los regalos que me hacían, especialmente si en lugar de ser juguetes, lo que me regalaban era ropa u otros objetos. Y pienso que en ocasiones también corremos nosotros el riesgo de no valorar suficientemente el regalo de los Mensajes que Dios nos hace a través de la Reina de la Paz. Y esto sucede de manera particular cuando la Gospa nos recuerda que debemos convertirnos, sacudirnos la modorra espiritual, comprometernos aun más con la Iglesia y con nuestros hermanos más necesitados.

Al hacer memoria de los regalos, también debo confesar que como todo niño, en ocasiones después de unos días el entusiasmo comenzaba a mermar y disminuía la atención que le prestaba a mis juguetes. Seguramente si ellos hubiesen cobrado vida, me hubiesen reprochado el descuido y lo pronto que los dejé de lado por un juguete nuevo.

Y hoy me pregunto si los católicos -y quienes hemos tenido alguna experiencia relacionada con Medjugorje- no corremos el mismo peligro. Tal vez estamos esperando ansiosos los mensajes de cada mes, y una vez que llegan lo leemos con avidez y entusiasmo, lo compartimos a todos rápidamente, pero con el pasar de las horas y de los días también los olvidamos rápidamente y no lo hacemos escuela de vida, matriz para nuestra alma, molde de vida para nuestro modo de pensar, hablar, sentir y actuar. Y si es así, ¿entonces cómo se ha de sentir nuestra querida Mamá? Especialmente porque Ella no nos entrega un regalo barato y superficial, sino que en cada mensaje nos entrega su Inmaculado Corazón, ese corazón que aún conserva una huella indeleble -aunque glorificada-, producida por la espada que le atravesó ante la muerte de su Hijo en el Calvario.

¿Qué te parece si a lo largo de todo un mes, y cada día al despertar, le pides a Ella que te alcance de Jesús la gracia de comprender el regalo que nos trae?. El regalo de gustar el amor de Dios, que entregó su vida por nosotros, y que resucitando nos asegura que también nosotros podemos tener vida en abundancia.

A la distancia te envío un fuerte abrazo, y oro por tu niño/a interior para que se inunde del amor de Dios y de María, y también aprovecho para pedirte que reces por mí, por los seminaristas y por los hermanos laicos de mi comunidad.

P. Gustavo E. Jamut,
Oblato de la Virgen María.

Si desea ver y oír la Reflexión en VíDEO consulte el siguiente enlace:

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