Mensaje del 25 de agosto de 2017: La oración, fuente de la verdadera alegría.

“Oren hasta que la oración se convierta en alegría para ustedes”. 

Esta es una afirmación de nuestra Madre, que aparece no solo en este Mensaje de agosto, sino también en repetidas ocasiones, y que se refiere a la íntima unidad que existe entre la oración hecha con el corazón, y el don de la alegría.

 

La Gospa también nos recuerda que “la oración es la llave secreta del encuentro con Dios”, y por lo tanto es fuente del verdadero regocijo, el cual nada, ni nadie nos puede arrebatar.

 

El apóstol Pablo, en su carta a los Filipenses exhorta, por medio de un apremiante llamado, a vivir con alegría: “Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense” (Fil 4,4).

 

Un sinónimo de alegría es el término júbilo, del cual deriva la palabra jubileo.  El cual -entre otras cosas- es un año que ordinariamente se celebra cada veinticinco años, en que por medio de una conversión más profunda y un renovado llamado al encuentro con Dios, estamos llamados a recuperar la alegría perdida.

 

Testimonio: Año Jubilar

 

Cada Jubileo o Año Jubilar, es para los creyentes, un tiempo de indulgencia plenaria, solemne y universal, concedida por el Papa en ciertos tiempos y en algunas ocasiones, que evoca la fiesta pública muy solemne que celebraban los israelitas cada 50 años.

 

De este modo el jubileo es un año especial que se celebra con exultación en la Iglesia. Es una celebración llena de gozo que tiene sus orígenes en la Historia Sagrada.

 

Recuerdo como en el año 1983, mientras estudiaba en Roma, tuve la gracia de vivir en el Gianicolo, una colina Romana en la cual está situada nuestra casa generalicia –comunidad en la cual vive el Rector Mayor– y que queda apenas a unos veinte minutos a pie de la Basílica de San Pedro.

 

En ese año el Papa Juan Pablo II había promulgado un año jubilar extraordinario, cuyo lema fue: “Abran las puertas al Redentor”.

 

Mientras viví allí y cuando tenía el tiempo necesario, acostumbraba a ir caminando o trotando hasta la Basílica.

 

En ese tiempo no había tanto control de seguridad, ni tantos peregrinos como hay en la actualidad, por lo cual no había que hacer largas filas y podía entrar y salir rápidamente, sin nada que me detuviera.  Por lo cual cada visita normalmente no duraba más de cinco o diez minutos; tiempo suficiente para arrodillarme delante de Jesús Sacramentado, rezar un Padre Nuestro, Ave María, Gloria y Credo, por las intenciones del Santo Padre, y pedir el don del júbilo para mí y para todos los cristianos.

 

Pienso que ese fue el año en el cual más indulgencias pedí y en el que también pude experimentar el júbilo que viene de Dios, como nunca antes lo había sentido.

 

Dos alegrías y dos tristezas

 

Siendo que lo opuesto a la alegría es la tristeza y teniendo en cuenta que San Pablo, exhorta con frecuenta a los cristianos a vivir con  regocijo, llama la atención que en 2 Cor. 7,8ss hace lo que parece un juego de palabras al hablar de la alegría y la tristeza, cuando dice: Porque, si bien es verdad que los entristecí con mi carta, no me lamento de haberlo hecho. Si antes lo lamenté -al saber que aquella carta, aunque sólo fuera momentáneamente, los entristeció- ahora me regocijo, no porque ustedes se hayan puesto tristes, sino porque esa tristeza fue motivo de arrepentimiento. Ustedes, en efecto, han experimentado la tristeza que proviene de Dios, de manera que nosotros no les hemos hecho ningún daño.  Esa tristeza produce un arrepentimiento que lleva a la salvación y no se debe lamentar; en cambio, la tristeza del mundo produce la muerte”.

 

De este modo así como hay dos alegrías, una que viene de Dios y que lleva a la vida y otra que procede del “mundo” y que lleva a la infelicidad y a la muerte, también hay dos tristezas, y solo la que proviene Dios produce arrepentimiento, conversión y lleva a descubrir la autentica y duradera alegría, la cual se afinca en el alma humana como una bendición que le acompañará en todo lo que emprenda.

 

De aquí que Santiago dice: “Reconozcan su miseria con dolor y con lágrimas. Que la alegría de ustedes se transforme en llanto, y el gozo, en tristeza. Humíllense delante del Señor, y él los exaltará” (Stgo. 4,9-10).

 

Es fácil alabar y dar gracias cuando las cosas van como nosotros queremos, pero es difícil mantener la alegría en los sufrimientos.  Por eso San Pablo insiste tanto con la alegría, como queriendo dejarnos una herencia espiritual al respecto.

 

Piensa en un papá o en una mamá que sabe que le queda poco tiempo en esta vida, no va a desperdiciarlo y tampoco va a agotar las fuerzas diciendo cosas superfluas, sino que dirá aquello que sea central para una vida feliz para sus hijos en esta tierra y para toda la eternidad.  De aquí que San Pablo nos deja como herencia el recordatorio del poder de la alegría.

 

Testimonio: Alegre hasta el final

 

La alegría unida a la oración, me recuerda a los días previos en que Jesús estaba por venir a llevar a mi mamá a su presencia.  Ella que amaba profundamente a la Virgen María, sabía que le quedaban solo horas o días de vida y a pesar de sus pocas fuerzas y dificultades para hablar tomó mi mano con una fuerza inusual, me miró a los ojos y con una bella sonrisa me dijo: “Gustavo, se fuerte, ten fe”.

Debo reconocer que tuve que retirarme a llorar… Pero a pesar del dolor de la inminente separación, en el ambiente de aquella habitación, había suspendida una paz y una seguridad de eternidad, que en cierta forma me transmitía un gozo diferente, al saber que era un paso necesario y Dios me pedía la entrega de aquella mujer a quien él me había prestado y a quien volvería a encontrar en la eternidad.

Aun hoy al evocar esos momentos experimento una serena emoción de paz, de  amor y de gozo en el Señor, pues de algún modo la siento más viva y cercana que cuando ella caminaba en esta tierra.

Hasta pocas horas antes de partir regaló sonrisas e irradió paz a quienes se acercaban a su cama.  Y cuando venían a visitarla sus amigas del grupo de oración, ella pedía que le cantaran cantos de alabanza y que rezáramos el Santo Rosario.

Recuerdo que un amigo mío que nos visitó en esos días, al ver como la querían todos y la procesión de personas que la iban a ver al hospital le dijo: “¡Como la quieren todos!” y luego le preguntó: “¿Por qué la quieren tanto?”.  A lo que ella le respondió con una gran sencillez: “no se… -y luego de pensar por unos instantes le respondió- será porque siempre traté de dar amor y alegría”.

En el hospital donde estuvo internada, hasta el momento de partir, nunca se quejó y conservó el buen humor, siendo un increíble testimonio para médicos y enfermeras, de cómo se debe vivir y de cómo se debe partir.  Vivió como una dama y partió como una dama, y eso gracias a la fortaleza que le brindaba Dios y la Gospa a través del Santo Rosario y la Eucaristía.

 

Pero ella no siempre había sido así.  Este proceso de transformación solo comenzó a producirse en ella cuando conoció a Cristo vivo, descubrió el amor de Dios, recibió la Efusión del Espíritu Santo y comenzó a tener una vida de oración personal y comunitaria.

 

San Pablo nos dice, para situaciones como la que acabo de compartirte: “Alégrense en la esperanza, sean pacientes en la tribulación y perseverantes en la oración”. (Rom 12:12)

 

Sobre mi escritorio, tengo escrita en una estampa, una frase que solía decir el santo chileno san Alberto Hurtado, cada vez que le traían una mala noticia o se presentaba una dificultad: “Contento Señor contento”, como renovando la decisión de la alegría, mientras renovaba la confianza en el Señor.

 

La base de nuestra alegría está en el Señor, por lo tanto tenemos que mirar cada problema a enfrentar diciéndole al Señor: “Tenemos que superarlo juntos, se que estás ayudándome, fortaleciendo mi fe, enseñándome a ser paciente, a seguir adelante, a perseverar.  Te doy gracias porque me estas enseñando a caminar en medio de esta situación y me estás enseñando a vivir de un modo nuevo, en lugar de entregarme al dolor, a la amargura o a cualquier otra emoción negativa.  Te doy gracias Señor por lo que me está enseñando y porque vas a cumplir tus promesas de bendecirme, sacando algo bueno de esta situación, algo mejor de lo que siquiera puedo imaginar. Me alegro en la seguridad de que no me desamparas, pues siempre has sido y siempre serás fiel”.

 

Te envío un fuerte abrazo, le pido a Dios que te bendiga y me encomiendo a tus oraciones, junto a los seminaristas de mi Comunidad Evangelizadora Mensajeros de la Paz.

 

  1. Gustavo E. Jamut, omv

 

 

 

 

 

“Cuando el Espíritu de Dios desciende sobre un hombre y lo cubre con su sombra, inundándolo con su plenitud, entonces su alma se desborda con una alegría indescriptible, pues el Espíritu Santo transforma en alegría todo lo que toca. “El reino de los cielos es paz y alegría en el Espíritu Santo.
“¡Adquiere la paz interior y a tu alrededor millares encontrarán su salvación!”

San Juan de Cronstadt

 

 

 

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