Mensaje del 25 de enero de 2018

La tradición judía tenía la costumbre de ponerse ceniza sobre la cabeza como signo de penitencia, unido con frecuencia a vestirse de saco o de andrajos. Con este signo se evoca la condición de criaturas, que habiendo sido tomados de barro recibimos el soplo de la vitalidad y el don de la trascendencia, de un Dios Creador, Paternal y Providente. Sin esta intervención divina, no somos más que polvo. Estos signos no solo evocan nuestra realidad de criaturas, frágiles y pequeñas, sino también el esplendor de nuestra humanidad, que está intrínsicamente vinculado con nuestra condición de criaturas amadas por Dios, llamados a ser hijos, por el Espíritu Santo que nos concede el Hijo Primogénito.

La tentación maligna anula el sentido común y de tal modo nos seduce, que nos hace exaltar fantasiosamente lo que solo es polvo y en polvo de convertirá. Mientras más se envenena la humanidad de la soberbia del primer Adán, más se hace incapaz de reconocer su verdadera grandeza y dignidad, quedando sometidos a construcciones estériles, y rebajados a los impulsos que nos equiparan a las bestias.

Como nos recordaba el rito de la imposición de las cenizas, al inicio de la Cuaresma, necesitamos del Espíritu Santo para que, purificados,  podamos reconocer la verdad fundamental de nuestro origen y auténtica dignidad: «Entonces el Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo. Luego el Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia oriente, y colocó en él al hombre que él había modelado» (Gn 2, 7-8).

Sin la luz de la Palabra de Dios, quedamos con la mirada y el corazón aferrados a las realidades de la tierra, y ciegos para el esplendor de la verdad, que alcanza su cumbre en el cielo.

“Abran sus corazones y lean la Sagrada Escritura, para que, por medio de los testimonios, también ustedes puedan estar más cerca de Dios.”

Hay una tentación de elevar la condición de criatura a la de Dios, y exaltar la realidad física equiparándola a la celestial, lo que es propio del don de la bienaventuranza. Es la manifestación actualizada del pecado original: “Seréis como Dios”(Gen. 3, 5).

En este pecado, el hombre se prefirió a sí mismo en lugar de Dios, y por ello despreció a Dios: hizo elección de sí mismo contra Dios, contra las exigencias de su estado de criatura y, por tanto, contra su propio bien. El hombre, constituido en un estado de santidad, estaba destinado a ser plenamente “divinizado” por Dios en la gloria. Por la seducción del diablo quiso “ser como Dios” (Gn 3,5), pero “sin Dios, antes que Dios y no según Dios” (San Máximo el Confesor)

El maligno busca que el ser humano rechace el don de Dios, y  busqué su supuesta gloria y felicidad en sí mismo, en su propia condición corporal y su entorno material, prescindiendo de la realidad espiritual, trascendente, y rechazando el don de la  vida sobrenatural. No es raro ver como se multiplican los centros comerciales, los gimnasios, las tiendas de mascotas y los centros naturistas. Éstos, alcanzan aveces el rango de lugares de culto, por la importancia que se les otorga en todos los vecindarios.

Se exacerban los instintos, las formas y comportamiento de las bestias y sus instintos; se ridiculiza el valor de la inteligencia y la educación de la voluntad. La inocencia, el sacrificio y la honestidad se muestran como contrapuestas a la “felicidad”.  Y la negación de la trascendencia, y el rechazo de la vida de la gracia y la mirada de la fe, terminan haciéndonos ciegos para reconocer, incluso, el verdadero valor de la creación, y el sentido de todas sus riquezas y cualidades.

Y en cuanta medida nos hacemos cómplices de estos parámetros, alimentándonos y multiplicando estas ideologías, postergando la oración, el don de la Palabra  y la vida de la gracia, que se nos regala en los sacramentos.

El Papa Francisco instó a los jóvenes cristianos, en Corea del  Sur, a “luchar contra el encanto del materialismo que sofoca los auténticos valores espirituales y culturales, y el espíritu de competencia desenfrenado que genera egoísmo y conflicto”.

Contemplar y meditar sobre nuestro origen y el fin para el que fuimos creados, es una verdad fundamental que define nuestra actitud  y el sentido en nuestras vidas.

…”explicita la respuesta de la fe cristiana a la pregunta básica que los hombres de todos los tiempos se han formulado: “¿De dónde venimos?” “¿A dónde vamos?” “¿Cuál es nuestro origen?” “¿Cuál es nuestro fin?” “¿De dónde viene y a dónde va todo lo que existe?” Las dos cuestiones, la del origen y la del fin, son inseparables. Son decisivas para el sentido y la orientación de nuestra vida y nuestro obrar”. (CEC 282)

“Hijitos, busquen sobre todo a Dios y las cosas de Dios y dejen las terrenales a la tierra, porque Satanás los atrae al polvo y al pecado”.

Terminando el tiempo de Cuaresma, abandonando el fruto del árbol prohibido, nos encontraremos con el árbol de la vida, con el madero de la Cruz, “donde estuvo clavada la salvación del mundo.”

El Mensaje de la Reina de la Paz nos centra en la vocación a la que  fuimos convocados: a una vocación de amor que es la gloria: “…porque la gloria de Dios es que el hombre vive, y la vida del hombre es la visión de Dios: si ya la revelación de Dios por la creación procuró la vida a todos los seres que viven en la tierra, cuánto más la manifestación del Padre por el Verbo procurará la vida a los que ven a Dios” (San Ireneo de Lyon)

Mamá María lo afirma con palabras maternales:“Ustedes están llamados a la santidad y han sido creados para el Cielo. Por eso, busquen el Cielo y las cosas celestiales.”

 

 

 

 

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