Alégrense, porque Dios es misericordioso

“Hacia el camino de la salvación”

La violencia brota de un corazón herido y una conciencia, tensionada, por  contradicción entre lo que se debe hacer y lo que se hace, entre el ser y el obrar, entre lo que es esencial y lo accidental.

El Señor nos ha regalo una vida superior por sobre todas fragilidades y los impulsos básicos de la criatura  Nos ha convocado a una vida humana inundada del conocimiento de la verdad y del amor, y a una vida de contemplación y gozo, en la gloria de Dios. ¡Fuimos creados para Dios!. Dice San Agustín: nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. (Conf. I, I, I )

Es por eso que el pecado es la peor de las violencias a nuestro propio ser y para una auténtica realización de la vida. Se transforma en la más profunda e insensata de las contradicciones. Y una capacidad destinada a encontrarse con la verdad, pero que solo vive en la falsedad del mundo, y una voluntad capacitada para abrazar la virtud y el bien, pero termina seducida al placer, el tener y el poder.

Y de esta obsesión de encontrar un sustento en lo que no contienen más que vacío, torpeza y oscuridad, surge el ruido de la ira, del rose de los grilletes del pecado y la tormenta del vacío interior. Nada se sostiene, todo se pierde, sino hay conversión.

“El camino de la conversión y de la santidad”

La gracia es la que transforma verdaderamente el corazón, permitiéndole vivir de un modo real y concreto el amor del Padre.

Es el Señor el que nos llama a la conversión. No son nuestras habilidades o empatías, sino su perseverante misericordia, que venciendo nuestra precariedad, ceguera, y parálisis interior en la que estamos sumergidos, nos atrae  aproximándose y asemejándose en todo a nosotros, menos en el pecado, y respondiendo a nuestras carencias con el esplendor de su amor.

El Señor abraza nuestra vida humana y con el don de la gracia calma nuestra violencia interior, y nos otorga la Maternidad de su Madre, para que sean sanadas nuestras heridas, en los mismos brazos en los que fue sostenido su Sagrado Corazón, en los momentos de tribulación y dolor. En la escuela de María son resueltas y superadas las trancas, de un pasado de angustia y pecado.

Nuestra imitación de Cristo -dice San Alberto Hurtado- consiste en vivir la vida de Cristo, en tener esa actitud interior y exterior que en todo se conforma a la de Cristo, en hacer lo que Cristo haría si estuviese en mi lugar.

En primer lugar ser asimilados a Jesús por la gracia, que es participación de la vida divina, inaugurada por el bautismo, alimentada por la Eucaristía y recuperada por la penitencia…

Y el fruto verdadero consiste en vivir esa vida de gracia, continuamente en todas las circunstancias de su vida por la práctica de todas las virtudes que Cristo practicó, en particular por la caridad, la virtud más amada de Cristo.

“Los ama con su inmenso amor”

Cristo nos trae de regreso a la integridad y a la paz, en el camino pascual que lleva de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, cobijándonos en el corazón Materno de María,  donde se gestó la humana naturaleza del Divino Redentor.

En ese Corazón Inmaculado, somos educados en el conocimiento y el amor de lo bueno y de lo verdadero, en los impulsos rectos de la virtud, y la pureza de los afectos ordenados por el señorío de Dios y la misericordia  a nuestros hermanos. En ese cenáculo espiritual reconocemos un nuevo  horizonte de vida, no centrado en el egoísmo y la vanagloria, sino en la grandeza y alegría de dar vida,  abrazando la cruz de cada día.

Es una verdadera “nueva vida”, en la fe, la esperanza y la caridad, para reparar y restaurar el templo de Dios, de la propia alma, de la familia y la comunidad eclesial, con el anhelo de configurarnos con Cristo, en la donación de la vida, hasta el último momento, en los brazos de María a los pies de la Cruz.

El camino de conversión y de santidad, de dar la vida por el Señor y los hermanos, es el camino de la perfecta alegría y la auténtica experiencia del amor. Se desarrolla todos los días, en cada momento y en lo más sencillo, modesto y doméstico de nuestra vida. Es un camino de plenitud, de victoria y de paz.

Las palabras de San Agustín lo describen:  “Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti.”

Siendo la Maternidad de la Reina de la Paz un regalo determinante para nuestras vidas, cuyo olvido y trato indiferente genera tantas consecuencias nefastas, para un desarrollo íntegro de la vida cristiana, un verdadero devoto y apóstol del amor materno profesa y manifiesta su adhesión al Inmaculado Corazón de María, cuidando con  vital preocupación la vida de gracia y virtud en su alma. Se trata del mismo amor de Cristo, que es regalo de nuestra Madre celestial, que haciendo la voluntad del Padre y abrazando la espada del dolor, procuró para nosotros, la vida divina en nuestros corazones, verdadero consuelo y paz para nuestras almas.

 

REGNUM DEI

“Cuius regni non erit finis”

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