29 de junio de 2010

La Virgen María persevera, su amor no ha cambiado ni las palabras de sus mensajes que continuamente nos dirige. Lo que hizo por su Hijo, lo hace por sus hermanos y hermanas, por todos los que se han convertido en sus hijos. Su manto es ahora tan grande que bajo él encuentran lugar todos aquellos que recurren a Ella. 

María desea que en oración podamos reconocer la brevedad de esta vida y de la eternidad para la que hemos sido creados. Existe solamente un camino óptimo en que podemos descubrir la eternidad en el tiempo y ese es el camino de la oración. A través de la oración nos dirigimos directamente a Dios. Y sabemos que en El se unen el pasado y el futuro en un AHORA eterno. Abrirse a Dios significa abrirse a la eternidad.

«Solamente en la oración» – nos dice María. Pero en una oración sincera, de corazón y no en una oración pronunciada superficialmente, con desgano y en la que no sucede nada. ¿Nos abrimos verdaderamente a Dios cuando oramos? Existe una forma de oración que no nos libera completamente de nuestra prisión, en la que le pedimos a Dios que haga un poco más cómoda esa prisión. Mientras limitemos la oración a pedir algo, no hay posibilidad de elevarse a la eternidad. Para progresar en la oración debemos orar por cosas más importantes. «No se inquieten entonces, diciendo: ‘¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?’ Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan.» (Mt 6,31-32)

Si la oración no nos cambia, entonces nosotros debemos cambiar nuestra oración y nuestro modo de orar. Solamente en la oración nos acercamos a María y a Jesús, únicamente en la oración conocemos lo que nunca y en ninguna parte podríamos conocer.

La mayoría de las personas se siente bajo tensión y estrés. A veces no estamos conscientes de nuestra propia tensión. Tal como la gente que no está consciente de su propia distracción y que sólo cuando empiezan a orar llegan a ser conscientes de sus pensamientos que divagan. La causa de la tensión y de la angustia es la falta de apertura y de confianza en Dios. Tal como la sangre desea fluir libre y sin obstáculos a través de las venas, tal como el aire desea airear nuestros pulmones y llevar el oxígeno a todo el cuerpo, así la vida de Dios, que se encuentra en la profundidad de nuestra alma, desea llenar todo nuestro ser y activar todas nuestras fuerzas. La tensión nos dificulta la aceptación del amor de Dios.

La oración no es sólo y simplemente un ejercicio sino es vida. Quién desee dedicarse a la oración, debe decidir firmemente y a menudo elevar su alma, y en primer lugar, su corazón a Dios. Si dejamos de hacerlo y permitimos que nuestros pensamientos y sentimientos divaguen, la experiencia nos mostrará que la oración es imposible. La oración atañe a nuestro corazón y a nuestra vida. Ella es fruto del amor, y el amor no puede ser restringido a un tiempo determinado.

María desea que conozcamos esa alegría que nadie ni nada nos puede dar. Ella desea que nos hagamos santos. Ser santo significa llegar a ser eso para lo que hemos sido creados. No ser santo es contrario a la naturaleza. Ser santo significa ser una persona única, sana y normal, creada a imagen y semejanza de Dios.

Fr, Ljubo Kurtovic
Medjugorje, 26.08.2006

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