25 de noviembre de 2003

La Virgen María nos impulsa de nuevo a la oración en este tiempo de Adviento que está ante nosotros. El tiempo de Adviento como el tiempo de Cuaresma son tiempos del año eclesiástico en que la Iglesia como madre nos invita a un examen de nuestro camino de vida, a tomar algunas decisiones concretas, a cumplir promesas, a grandes vuelcos en nuestro camino hacia Dios. Así también María hoy y como todos estos años desea que nuestros días no pasen en vano, que el tiempo no pase por nuestro lado, fundamentalmente que nosotros no evitemos a Dios en este tiempo que vivimos, a Dios que nos llama, nos busca y alienta a través de María.

Para una madre los hijos son la alegría más grande, y podemos imaginar cuánta alegría somos para María – la Reina de la Paz. Ella es la “causa de nuestra alegría”, y nos invita a que nosotros seamos también la causa de su alegría. Su único deseo es que Jesús nazca en nuestros corazones. Cuando más triste se siente María es cuando perdemos a Jesús, cuando El no está con nosotros, o cuando nosotros no estamos con El. Es necesario hacer todo lo posible para regresar a Jesús, encontrarlo nuevamente. Hablando humanamente, también Jesús y María sufren cuando nos alejamos de ellos, cuando de cualquier forma y por cualquier razón los abandonamos. Y la Madre nos conduce a su Hijo, con Ella siempre lo encontraremos más fácilmente y permaneceremos con El. Ella no cumple labor más importante que esa, pero la puede cumplir solamente con nuestra colaboración. Por eso nos alienta y pone en nuestro corazón esos medios que la Iglesia en su seno da a sus hijos a través de los siglos llevándolos a Dios y haciéndolos nacer a una nueva vida en Dios.

El objetivo de los mensajes y de las apariciones de la Virgen es que todos conozcan a Dios, que todos se encuentren con El. Desea que Dios a través de nosotros llegue a todos. Estamos relacionados unos con otros y somos responsables los unos de los otros. Dios no tiene otro camino para venir a este mundo sino a través de alguien, y a través de un hombre para llegar a otro. Dios quiere llegar a este mundo a través de mí y de ti. En cambio, si así no viene, ¿cómo podría venir? El único sentido de nuestra vida es permitirle venir. Si no le permitimos hacerlo, entonces dónde estaría el sentido de nuestra vida, y quiénes somos en esta Tierra sin El.

Dios desea venir en este Adviento y Navidad que se acercan. El tiene tiempo. El tiene la eternidad. Y nosotros tenemos solamente este hoy, este momento. Nuestra eternidad no es nuestra sino de Dios. Dios necesita nuestra simplicidad. Dios necesita nuestra cercanía y nosotros, aún más la suya.

Unicamente estando cercanos a Dios podremos día tras día convertirnos en amor, alegría y paz para este mundo, como nos dice la Virgen. Porque las obras de amor son obras de paz. Y cuando el amor se comparte con alguien, se siente la paz que invade también a quien la da y a quien la recibe. Cuando hay paz, es porque Dios está presente y de esa forma Dios toca nuestra alma y manifiesta su amor hacia nosotros, derramando la paz y la alegría en nuestros corazones.

La bienaventurada Madre Teresa rezaba: “Guíame de la muerte a la vida, de la mentira a la verdad. Guíame de la desesperanza a la esperanza, del temor a la confianza. Guíame del odio al amor, de la guerra a la paz. Que la paz llene nuestro corazón, nuestro mundo y nuestro universo, paz, paz, paz.”

No estamos solos, María está con nosotros, con su cercanía y la fuerza de su amor materno, deseando que la paz de su corazón entre en cada corazón. Permitamos que lo haga.

Fr. Ljubo Kurtovic
Medjugorje, 26.11.2003

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