25 de junio de 2001

El hombre se halla en dificultades cuando debe expresar, describir poner en palabras su experiencia espiritual, su amor. Las palabras son demasiado pobres para expresar lo inexpresable, para describir lo indescriptible. Así sucede con las palabras de los mensajes de la Virgen. Ellas nos pueden parecer demasiado pobres y simples. La misma palabra pronunciada por diferentes personas tiene un significado diferente. La novedad de las apariciones de la Virgen no está tanto en sus mensajes sino en su poderosa y tangible presencia. Su corazón materno está abierto y todos pueden beber y saciarse de esa fuente inagotable de amor y de gracia que se derrama sobre todos.

También en este mensaje nos dice: Estoy con ustedes. Nos quiere decir que no tengamos temor, yo estoy con ustedes pero también ustedes estén conmigo. Allí donde está María también está el Señor. A María que es la mediadora de la realización de la presencia de Dios en la historia, el ángel le dice: “El Señor esté contigo”. La fuerza del Todopoderoso reside en Ella. Y esta fuerza y potencia de la gracia se transmite a nosotros desde hace varios años. Una madre no puede abandonar a sus hijos, no puede renunciar a ellos a pesar de su testarudez y desobediencia. En Medjugorje la Virgen nos dona no solamente sus palabras, sino a Ella misma, su persona. A través de Ella llegamos más fácilmente a Dios.

Ella nos recuerda de manera particular que nos encontramos en un período de gracia en el cual Dios se ha donado particularmente al hombre. Dios se acercó enteramente al hombre en Jesucristo. Gracias a María, en estos días, El está cerca de nosotros. María refleja la imagen de Dios y evidencia la autenticidad de las palabras de Jesús: “Sepan que el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida como rescate por una muchedumbre.” (Mc 10,45). Jesús no deja de hacerlo ni hoy en día. Las apariciones y las gracias de la Virgen son un don y un signo de cómo Dios está al servicio del hombre y no deja de amarlo. El amor de Dios es sensible y encuentra los modos y los caminos para llegar al corazón del hombre.

Dios no desea ayudar al hombre sin el hombre. El eligió a María, una de nosotros, de nuestro género humano. Por eso debemos sentirnos orgullosos porque en Ella se ha cumplido plenamente lo que Dios desea para cada uno de nosotros. Por medio de María ha llegado al hombre. Tenía necesidad de un corazón que dijera Sí, un corazón que creyera. Por medio de María, El llega a nosotros también hoy. Por eso María se da a sí misma como mediadora hacia Su Hijo Jesús, nuestro Salvador.

En la vida tenemos necesidad de los otros. No estaríamos acá sin no hubieran existido personas que nos hubieran recibido, amado y criado. Así también en la vida de fe tenemos necesidad de otros que nos alienten y guíen. Todos tenemos necesidad de un modelo, de un ideal, de hombres espiritualmente elevados que nos despierten de nuestro sopor espiritual, de nuestra insatisfacción y malestar. Tenemos necesidad de personas con las cuales podamos identificarnos. Dado que los niños se identifican con sus padres, a menudo los escuchamos decir: yo quiero ser como mi papá o mi mamá. Los niños tienen necesidad de eso y si no encuentran en los padre modelos auténticos a los cuales vincularse espiritual y físicamente será difícil para ellos crecer y convertirse en hombres sanos, dispuestos a luchar en la vida. María se dona a nosotros como una madre perfecta en quien podemos encontrar lo que más necesitamos.

El hombre es un ser que crece con un modelo ante él. La Virgen nos dona el ideal de Cristo, el Hombre-Dios, libre del pecado. Nos llama a cada uno de nosotros a seguirlo para aprender de El cómo crecer y llegar a la perfección.

Hoy se ofrecen valores, ideales y modelos diversos. Hoy se va perdiendo cada vez más el sentido del pecado y, por consecuencia, se pierde también el conocimiento de la verdadera causa de la injusticia, del mal, de la explotación, del divorcio, de la desconfianza y del padecimiento que el hombre mismo provoca. No podemos engañar nuestra alma. Nada y nadie la puede satisfacer y alimentar a excepción de la vida de Dios.

Escuchemos el llamado del corazón de la Madre, tomemos en serio sus palabras, las cuales nos conducen a Jesucristo.

Fr. Ljubo Kurtovic
Medjugorje, 26.06.2001

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