25 de diciembre de 2002

La bienaventurada Virgen María, también este año da a luz a Jesús para nosotros. Nos conduce a El y nos Lo da con el deseo y la petición de que lo recibamos como Ella lo recibió. Dios Padre en su amor eterno y sabiduría, cuando se cumplió la plenitud de los tiempos se acercó a María, por medio del ángel Gabriel, y le pidió si quería ser la Madre del divino Niño Jesús. Dios no obliga sino atrae, ofrece su salvación y no la impone. María pronunció su “Sí” en nombre de la humanidad, en nombre de todas las generaciones, en nombre de cada uno de nosotros. Su “Sí” sigue resonando también hoy en día. En el cuerpo y en el corazón de María hubo lugar para Dios. Dios se inclinó ante la criatura – María – pidiendo la colaboración de Ella para su plan de salvación del hombre. Dios no quiso ser solamente Dios. También se hizo hombre. El Creador quiso convertirse en criatura. Así mostró el valor del hombre y su capacidad para recibir y aceptar al Salvador. Son inconcebibles e inescrutables los caminos del amor de Dios por el hombre. Dios se hace pequeño, insignificante, abandonándose y dándose a la gente. Dios sabe que el hombre puede recibirlo en su vida y por eso acude a él.

Por eso María en este mensaje pone nuevamente en el corazón las palabras siguientes: “Este es un tiempo de grandes gracias pero también de grandes pruebas.” Precisamente Santiago Apóstol en su Carta habla sobre la utilidad de la prueba: “Hermanos, alégrense profundamente cuando se vean sometidos a cualquier clase de pruebas, sabiendo que la fe, al ser probada, produce la paciencia.” (Sant. 1,2-3). La experiencia de la vida nos demuestra que la gracia va acompañada de la prueba. Eso nos lo comprueba también la vida de María, que estuvo llena de pruebas, padecimientos y cargas. A pesar de todo eso, Ella cantaba su Magnificat, porque descubrió que Dios era su único tesoro. La Madre María es la realización más pura de la fe. Durante toda su vida, y en la última prueba, que el anciano Simeón en la presentación del templo le profetiza: una espada le traspasará el alma, su fe nunca vaciló. Ella nunca dejó de creer que la Palabra de Dios se cumpliría.

La fe puede ser puesta a una difícil prueba. El mundo en que vivimos, las situaciones, las injusticias, la experiencia del mal y del sufrimiento, parecieran contradecir la Buena Nueva y el evento navideño – la encarnación de Dios. Es necesario siempre y de nuevo recurrir a los testigos de la fe. Y uno de los testigos más puros y luminosos, el modelo que tenemos ante nosotros es la Madre María que Dios nos da en estos días y en este tiempo nuestro. Ella no viene con el corazón y las manos vacías. En sus manos sostiene al Salvador del mundo, el Rey de la Paz. Así llegó el primer día de su aparición. Y en eso consiste todo el programa de sus mensajes, llamados y venidas. Traernos a Jesús y conducirnos a El. La Madre no deja de golpear a la puerta de nuestros corazones como había golpeado a las puertas de los habitantes de Belén, a fin de que acogieran a Jesús a quien llevaba en su corazón para ellos. Hasta hoy no se ha cansado, aunque ha encontrado muchas puertas cerradas en las casas de las familias y en los corazones. También esta Nochebuena, ella viene a nosotros con Jesús. No nos quedemos sordos ni ciegos ante el don del cielo que se ha abierto para acogernos y darnos calor en nuestras noches y casas frías. Que nadie cerca de nosotros se quede al frío por causa de nuestra distancia y egoísmo.

¡Gracias Madre María por el Salvador que nos donas y que diste a luz por nosotros!

Fr. Ljubo Kurtovic
Medjugorje 26.12.2002

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