“El silencio y la oración”

El silencio es ausencia del ruido de lo banal, de lo superfluo, y de aquello en lo que tantas veces nos deleitamos, que no es incluso pecaminoso, pero es tremendamente inconsistente, estéril y adormecedor. El corazón que se encuentre enamorado, se siente impaciente con todas las actividades y conversaciones en las que no esta presente  físicamente, o como referencia, la persona que ama. Así también está una Madre o un Padre ante la ausencia de sus pequeños hijos. Todo le resulta vacío e inoportuno; y por otro lado, todo lo que hace, es siempre en vista a cada uno de ellos, o al momento del reencuentro.

El silencio verdadero es una auténtica palabra, una voz, una aclamación profunda, en la que se interpela la verdad, la bondad o la persona que plenifica el corazón. Este silencio interior, que tiene que  pedir muchas veces el auxilio al silencio externo, es libertad, quietud y madurez, para reconocer la verdad y abrazar con fuerza entrañable el auténtico bien. Es un faro para encontrar la ruta del verdadero encuentro, que es descansar y acampar en medio de la jornada con la presencia insustituible del Señor, tal como la reunión de grandes amigos, que aunque distantes y luego de largas décadas se cuentan la vida, recorren las últimas horas, integrando y haciéndose partícipes y testigos de todo lo vivido. El silencio es compromiso de la mente y del corazón con la verdad que se encuentra bajo la apariencia, detrás de las máscaras y las actitudes camufladas y escondidas. Esta verdad  que acusa la falta de recta intención, que desvela el orgullo y los temores escondidos, la falta o falsedad de los argumentos, con los que se han construido erradamente castillos de arena contra  uno mismo y la verdadera felicidad que se encuentro solo en el Señor.

Es inevitable que cuando el alma acoge generosamente el don del silencio, y no se escabulle con sus proyectos egoístas, ambiciones y afanes de prestigio y poder, termina en un momento de verdadera oración…, y cuando el corazón orante reconoce que sus estrategias y metas no son las que realmente necesita, termina tumbado como Saulo, palpando su ceguera, y teniendo como testimonio ese resplandor desbordante y misterioso, que antes con impulsos   racionales no podía ver y ni comprender, pero que ahora le conduce al encuentro de la Iglesia, de la vida de la gracia,  sintiendo la necesidad de estar más cerca de Dios, y con amor,  testimoniar la experiencia del encuentro con el Señor, que llena de alegría abundante, para  compartirla con los demás.

Dice Hechos 22:  “cerca ya de Damasco, hacia mediodía, de repente una gran luz del cielo me envolvió con su resplandor, caí por tierra y oí una voz que me decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Yo pregunté: “¿Quién eres, Señor?” Me respondió: “Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues.” Mis compañeros vieron el resplandor, pero no comprendieron lo que decía la voz. Yo pregunté: “¿Qué debo hacer, Señor?”

Ese resplandor que todos pueden ver hoy, pero que muchos no comprenden, resplandor que no se puede negar y puede llevar a muchos a reconocer la voz del Señor, aunque no lo puedan ver, ese resplandor es María, la Reina de la Paz. En Ella podemos aprender con seguridad y confianza, el lenguaje de la verdadera oración, que es una disposición interior de quien lo conserva todo en su corazón. Toda la vida de María es una vida orante, donde el lenguaje más evidente y comunicador son sus gestos de fidelidad, humildad y confianza en el amor divino y la docilidad al plan redentor del Señor. A Ella, a nuestra Madre bendita,  pedimos por tantos que aun no conocen el amor de Dios, y también por los que habiendo sido tocados por su Misericordia, no se han dejado transformar por el Espíritu de Dios. En Ella ponemos nuestra vida y esperanzas.

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