¡Queridos hermanos reciban hoy y siempre la paz y la alegría de Jesús y de María!

Una vez más la Reina de la Paz nos invita a profundizar en nuestra intimidad con Dios a través de la oración. Ella nos recuerda que la oración hecha con el corazón -unida a la coherencia de vida- es fuente de alegría y una corona que nos une a Dios.

Todos estamos llamados a unirnos en la oración como verdaderos hermanos y hermanas en Cristo.  Así permitiremos a nuestro Señor Jesucristo obrar en medio de nosotros y por nosotros en la Iglesia y en el mundo entero.

No es que Dios o la Virgen Santísima necesiten de nuestras oraciones para crear, para sanar, para liberar, para restaurar, para construir su reino en medio de nosotros.  Pero ellos han elegido esperar nuestra respuesta a su amor y a su llamado para cooperar con la Reina de la Paz en esta obra de su mano por medio de la oración, la difusión de sus mensajes, el testimonio de vida y las obras de evangelización.

De manera similar a como lo ha hecho con María, Dios quiere hacernos participar en su obra y compartir con nosotros su alegría en cada conversión y en cada sanación que él obra en nuestras vidas, y por medio de nuestras oraciones en los demás.  Nuestro Padre recrea su obra con nuestra cooperación.

Nuestro Salvador, Jesucristo, murió para concedernos el privilegio de unirnos con él y de levantar nuestras súplicas a Su Padre, a nuestro Padre y al Espíritu Santo -quien vive en nosotros- y vive para interceder con y por nosotros y por medio de nosotros por todas las necesidades de la humanidad. Y como si eso fuese poco signo de amor, continúa enviándonos a su Bendita Madre para formarnos.

Si reconocemos quiénes somos en Dios, y lo que Dios nos pide, no es difícil saber cómo orar.  Es como la respiración que uno hace sin pensar… y moriría sin hacerlo.  Si estamos unidos a Cristo, tenemos vida y somos instrumentos elegidos para dar vida.  Pero separados de Cristo, no somos nada.

La Palabra de Dios y los mensajes de Nuestra Señora, nos indican que el Padre se regocija y recibe gloria en nuestras suplicas y recibe toda la honra por los frutos producidos por nuestras oraciones.

 

¿Cuál es el propósito de nuestra oración? 

Nadie puede revelar a Dios más que su propio Espíritu.  Y es su Espíritu que vive en nosotros para enseñarnos, para consolarnos, para transformarnos, y para concedernos las respuestas a lo que pedimos en su poder por medio de Jesucristo en la perfecta voluntad del Padre. Por eso la Reina de la Paz nos insiste de transformar en oración cada acción que realizamos a lo largo de la jornada.

Pero, ¿Cuál es el propósito de nuestra oración?  Todo lo que hacemos, lo que buscamos, lo que somos, lo que hablamos, lo que sentimos, y lo que pensamos nace desde una búsqueda que está puesta en el corazón de cada hijo de Dios.  Y Dios desea una intimidad con lo más bello de su creación: nosotros, sus hijos, para poder correr el velo y así revelarnos estas respuestas por medio de la oración.  En la oración, Dios puede hablarnos cara a cara, o corazón a corazón.

Cada hijo de Dios desea encontrar a Dios en forma personal, para luego acrecentar y mantener una estrecha relación con él.  Es solamente así que encontraremos la razón para vivir y el propósito y misión que cada uno tiene.

Para evitar un gran vacío en nuestra existencia humana, necesitamos encontrarnos en todo momento con nuestro Creador, nuestro Redentor y Amigo fiel en la oración, de manera similar a como lo hiciese la Virgen María durante su vida en la tierra.

El encontrarnos por primera vez con Dios, que es todo amor, provoca lo que podemos llamar una conversión y cambio radical de nuestras vidas.  Encontramos en Jesús el verdadero Gran Hermano y Amigo que estuvimos buscando a lo largo de nuestras vidas.  Buscamos conocer este gran amigo en nuestra religión católica, y de imitar a nuestro gran amigo, para que al pasar el tiempo, podamos transmitir la vida de nuestro Gran Amigo a los demás.

La intimidad con Dios se desarrolla e intensifica a lo largo del tiempo, por medio de la persistencia, la perseverancia, el amor y la fidelidad. Éstas son cualidades que estuvieron presentes en la Madre de Jesús, y que ella nos anima a desarrollar a través de sus mensajes.

Dios nos mira interiormente, desde las intenciones que él puede ver en lo profundo de nuestros corazones.  Y en algunos de nosotros -sus amados hijos- él encuentra sus más grandes y fieles amigos.

Y desde la confianza y la amistad, Dios confía en los motivos de nuestras oraciones que siempre nacerán desde nuestros corazones llenos de amor y gratitud y fidelidad hacia él y con él.

Nuestras oraciones nacen desde la visión y el deseo que él pone en nuestros corazones. Y ningún deseo que él haya puesto en nuestro corazón le faltará su respuesta.

Pero, a veces las respuestas no son algo que nosotros podemos entender.  A veces pensamos que sabemos mejor que Dios lo que nos conviene.  A veces queremos obligar a Dios a cumplir con nuestros deseos.  A veces experimentamos compasión por el sufrimiento de los demás, pero tratamos a Dios como si él fuera indiferente o hasta ciego.

A veces no entendemos bien nuestras motivaciones y queremos respuestas a nuestras oraciones para comprobar nuestra relación con Dios.  En fin, hay varias equivocaciones que hemos hecho y hacemos en esta relación tan intima con el Señor en la oración.

El evangelista Lucas en más de una ocasión nos dice que cuando había cosas que María no llegaba a comprender, ella «las guardaba en su corazón» (Lucas 2, 19 o 2, 51). Posiblemente allí las iba meditando, orando con serenidad y paciencia, hasta que el Espíritu Santo le concedía la comprensión profunda y progresiva de esa realidad.

En la oración, nos unimos con nuestro mediador, Jesucristo, y juntos con su Madre, nuestra madre la Virgen María, levantemos las necesidades de cada día.  Levantemos y entreguemos al Señor cada día nuestros dolores, nuestras faltas y fracasos, nuestras penas y llantos, nuestras gozos y alegrías, nuestra gratitud, nuestras esperanzas, nuestros sueños, y nuestros desafíos.  Y así, individualmente y comunitariamente como familia en la que se aman y se preocupan los unos por los otros, empezaremos a vivir plenamente el evangelio del Amor que Cristo nos enseñó y los mensajes que la Reina de la Paz nos ofrece para nuestra permanente santificación.

 

Te envío un fuerte abrazo y me encomiendo tus oraciones.

 

Padre Gustavo Jamut,

Oblato de la Virgen María

http://www.mensajerodelapaz.org.ar/

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