«¡Queridos hijos! Hoy los invito a ser oración y bendición para todos aquellos que no han conocido el amor de Dios. Hijitos, sean diferentes a los demás y sean personas positivas de oración y de amor a Dios, para que con sus vidas sean signo del amor de Dios para los demás. Los bendigo con mi bendición maternal e intercedo por cada uno de ustedes ante mi Hijo Jesús. Gracias por haber respondido a mi llamado.»
¡Queridos hermanos reciban hoy y siempre la paz y la alegría de Jesús y de María!
Hoy volvemos a entrar a un nuevo curso, taller o clase magistral que nuestra Madre la Virgen Santísima nos da en su “escuela” a través de este mensaje. De nosotros depende ser buenos alumnos (es decir discípulos) o no.
A continuación intentaré desglosar algunas reflexiones en base a las apreciaciones que esta bendita “clase maternal” quiere ser para nosotros.
Como estas reflexiones suelen llegar a personas que vienen recorriendo este camino espiritual desde hace muchos años, así como también a quienes recién inician, me parece adecuado comenzar recordando o explicando que se puede entender como entrar a “la escuela de María”.
Entrar en la “escuela de María” significa -a mi entender- aceptar un camino de formación espiritual guiado por la Virgen, donde se aprende a vivir en gracia, oración, paz, construyendo fraternidad, y santidad, con la confianza puesta en Dios y en su misericordia. Es una invitación a dejarnos educar por el Espíritu Santo con la ayuda e intercesión María como Madre, para crecer en la fe y responder con firmeza a su llamado. Esto se produce cuando en nosotros se desarrolla la conciencia de que necesitamos tender a una conversión permanente (a un cambio de mentalidad) para albergar en nosotros los pensamientos, sentimientos, palabras y acciones de Dios y de María.
Para esto quiero proponerte que, si ya has leído el mensaje de este mes, vuelvas a leerlo. Pero que en esta ocasión lo hagas mucho más lentamente, con pausas, y estando más atento. Esto es necesario para llegar a percibir que palabra resuena en lo más íntimo de tu alma; pues a través de ese “resonar interior”, el Espíritu Santo te estará hablando. El quiere formar tu corazón y tu pensamiento en la escuela de María. Luego pregúntate y pregúntale al Señor: “¿qué puedo hacer para incorporar esa palabra, idea o pedido de María a mi vida concreta?”.
Un ejemplo de esto nos lo da un querido hermano de la CEMP (Comunidad Evangelizadora Mensajeros de la Paz), quien al leer y meditar el mensaje de este veinticinco de enero, escribió en el chat de la comunidad como sintió que una de las palabras en particular: «Diferentes», resonaba en su corazón; y compartía lo siguiente: “«Diferentes»: palabra que quizás haga ruido no? reconozco que al principio eso sentí, pero al seguir tratando de comprender lo que nos dice la Madre, sentí que nos sigue llamando a la conversión, a seguir convirtiendo nuestro corazón y a salir del pensamiento «ahora esto somos» y que con amor, valentía y creatividad podamos ser signos del Amor de su Hijo… y para ello debemos intentar y esforzarnos para ser «diferentes» cada día… Diferentes nosotros mismos”.
En mi caso particular las palabras o frases que en primer lugar sentí que me invitaban a dejarme discipular por el Señor fueron “ser oración” y “ser bendición”. Lo cual me llevó a preguntarme ¿que significa ser oración? y ¿cuál es la diferencia con hacer oración?; y ¿que significa ser bendición? y ¿cuál es la diferencia con bendecir?
Para quienes (siguiendo el llamado de María) participan de grupos de oración, y comparten fraternalmente cada mes alguna reflexión o idea acerca del mensaje, tal vez pueda servirles la respuesta que yo encuentro al respecto.
“Hacer oración”, es una acción concreta: dedicar un tiempo específico a rezar, hablar con Dios, leer la Biblia, meditar, etc. Es una práctica intencional, ya que se trata de un acto que comienza y termina, como rezar el Rosario, participar en la liturgia o elevar una súplica. Es un momento de encuentro con Dios dentro de la jornada.
“Ser oración” en cambio, es un estado permanente, ya que no se limita a un momento, sino que toda la vida, gestos y actitudes se convierten en diálogo con Dios. Es la existencia ofrecida, pues la persona misma se vuelve oración, porque su ser, su trabajo, su descanso, su sufrimiento y su alegría están unidos a Dios.
La Madre no solos nos pide “hacer oración”, sino “ser oración”. Esto nos compromete a una transformación interior permanente, pues ya no es solo “rezar”, sino vivir en constante presencia y comunión con el Señor. Un ejemplo bíblico al respecto lo hallamos en San Pablo, cuando nos exhorta: “Oren sin cesar” (1 Tes 5,17). Esto no significa repetir palabras todo el día, sino que la vida entera se convierta en oración.
Existe una frase de Santa Teresa de Ávila muy conocida: “el Señor camina entre las ollas y sartenes” (Obras Completas de Santa Teresa de Ávila, Vol III, p. 120). Otras traducciones serían: “Dios está entre las cacerolas” (“entre los pucheros anda el Señor”) Estas palabras nos recuerdan que Dios se encuentra no solo en el silencio y la oración, sino también en nuestros deberes diarios; en las tareas y actividades más cotidianas, no solo en lo extraordinario.
En este sentido, “ser oración” nos recuerda que la santidad se halla en vivir el día a día con amor y conciencia de su presencia, incluso en la cocina. Esta idea promueve una espiritualidad que integra lo sagrado en lo ordinario, haciendo de cada momento una oportunidad para el encuentro con Dios.
Cuando alguien “es oración”, incluso su silencio, su mirada, su servicio y su manera de amar se convierten en plegaria viva. Es como si la persona se transformara en un sacramento de la presencia de Dios en el mundo. Es por eso que podríamos decir que: “hacer oración” es como encender una vela, pero “ser oración” es convertirse en la misma luz que ilumina, siempre encendida en el corazón. De este modo el 100% de tu vida puede ser el momento o lugar donde encontrar a Dios, lo cual te conducirá a una profundidad y libertad únicas.
Cuando “somos oración” nuestra vida se encarna en la realidad cotidiana de manera radical, pues experimentamos (como leemos en los evangelios que lo vivía María), que Dios no solo se encuentra en los templos, sino en los pequeños detalles, en las decisiones diarias, en los encuentros, e incluso en los conflictos y hasta en las heridas de la vida.
Ahora bien, ¿qué podemos decir acerca de la afirmación de “ser bendición para todos”? prácticamente -a mi entender- es similar a lo anterior.
“Ser bendición” y “bendecir” están íntimamente relacionados, pero no son exactamente lo mismo. Te lo explico del siguiente modo: “Bendecir” es una acción concreta: pronunciar palabras o realizar gestos que invocan la gracia de Dios sobre alguien o algo. Un ejemplo bíblico de esto es Jesús cuando bendice a los niños imponiéndoles las manos (Mc 10,16). Es un acto que se realiza en un momento específico: rezar por alguien, hacer la señal de la cruz, dar una bendición litúrgica.
En cambio “Ser bendición”, como nos pide la Gospa, es un estado permanente, ya que no se limita a un acto, sino que la persona misma se convierte en fuente de gracia y paz para los demás.
El ser bendición está representada en la existencia ofrecida como oblación: tu vida, tus pensamientos acerca de los otros, tus conversaciones, tus gestos, tu manera de amar y servir transmiten la presencia de Dios. El ejemplo bíblico más explícito es cuando Dios le dice a Abraham: “Serás bendición” (Gn 12,2). No solo recibirá bendiciones, sino que su vida entera será canal de bendición para otros.
Por lo tanto, debes recordar que “Ser bendición” es un modo de ser, donde tu existencia misma irradia la bondad y misericordia de Dios. De este modo “ser bendición” es “ser bien”, es decir, que tu vida se convierta en un signo vivo del amor de Dios, es el irradiar la bondad de Dios.
Finalizo esta reflexión con la siguiente imagen: “Bendecir”, es como abrir una ventana para que entre la luz. “Ser bendición” es como ser tú mismo esa luz que ilumina, sin necesidad de abrir nada. En definitiva “Ser bendición” debería ser nuestra identidad.
El mensaje de Nuestra Señora de este mes aun nos da muchos elementos más para meditar, pero siento que es mejor hacerlo más adelante, en otra reflexión… especialmente porque las frases “sean diferentes a los demás y sean personas positivas de oración y de amor a Dios” servirían -aunque fuesen solo ellas- para todo un retiro espiritual.
Le pido a Dios que te bendiga, y te pido que me lleves en tu oración. Hasta pronto, si Dios quiere.
Padre Gustavo E. Jamut
Oblato de la Virgen María
Oración
María, Reina de la Paz, Madre que nos conduces a tu Hijo, haz de nuestra vida una oración constante, que cada gesto, cada silencio y cada palabra sea un diálogo de amor con Dios.
Enséñanos a ser bendición, a irradiar la luz de Cristo en medio de la oscuridad, para que quienes aún no conocen su amor puedan descubrir en nosotros un reflejo de su misericordia.
Toma nuestras manos, nuestros pasos y nuestro corazón, y conviértelos en instrumentos de paz, para que allí donde haya indiferencia, nazca la ternura; donde haya rechazo, florezca la acogida; y donde haya vacío, resplandezca la plenitud del Espíritu.
María, Madre y Maestra, haznos oración viva y bendición constante, para que el mundo entero se abra al abrazo del Padre y a la alegría de tu Hijo Jesús. Amén.
