«¡Queridos hijos! El veneno del egoísmo y del odio reina en los corazones humanos y por eso no tienen paz. Los invito, hijitos: sean amor y mis manos extendidas hacia todos aquellos con quienes se encuentren. En humildad oren por la paz y trabajen por la reconciliación entre los hombres, para que cada ser humano esté bien en la tierra. Gracias por haber respondido a mi llamado».
Con aprobación eclesiástica
1. «El veneno del egoísmo y del odio reina en los corazones humanos y por eso no tienen paz»
En los últimos tiempos hay muchas guerras e inquietudes en el mundo. Pero no solo guerras entre los Estados, sino también entre las personas. Lamentablemente, esto ocurre también entre hermanos y hermanas, entre padres e hijos, entre amigos…
Cuando preguntamos a los políticos o a las personas en conflicto cuáles son las causas de las guerras y de las tensiones, cada uno dará sus propios motivos. Y cada uno ve en el otro la causa del conflicto. Pero la Virgen mira de manera distinta. Nos dirige hacia el corazón. Las causas de las pequeñas y grandes guerras hay que buscarlas en el corazón. Las guerras y los conflictos comienzan en el corazón en el que dominan el egoísmo y el odio. Allí está el detonante de las bombas, de los cañones, de los drones, de los aviones…
El egoísmo y el odio son estados y emociones negativas. Y aún más: son veneno. Pero no solo para el individuo en el que dominan, sino también para los demás. Cuando alguien está contaminado por el egoísmo y el odio, contagia a otros.
Así como el veneno puede matar al hombre, también el egoísmo y el odio pueden causar la muerte espiritual. El egoísmo y el odio envenenan y destruyen todo lo positivo y bello que aparece, todo buen pensamiento y palabra, el ambiente amistoso, las buenas relaciones humanas. Donde ellos dominan, no hay vida normal, no hay paz ni comunión. Si existe aunque sea una sola persona en la que dominan el egoísmo y el odio, es posible que difunda el veneno que envenene otros corazones y que las familias se enfrenten y se dividan.
Si Pablo escribe que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones» (Rom 5, 5), ¿dónde está el amor en el corazón del hombre en el que dominan el egoísmo y el odio? ¿Ha desaparecido?
La Virgen menciona la palabra «domina». El egoísmo y el odio no son solo veneno, sino también poder. Tienen la capacidad de dominar el corazón del hombre, y lo que domina el corazón es más fuerte que todo lo demás. Es difícil imaginar que en el corazón de alguien haya solo egoísmo y odio. En todo ser humano hay una lucha entre el bien y el mal, pero si el amor es débil y el egoísmo y el odio se han fortalecido, ellos vencerán y prevalecerán sobre el amor.
El hombre en cuyo corazón dominan el egoísmo y el odio está cegado. Quien es ciego es fácil de engañar. La táctica del Maligno desde el principio es engañar al hombre. Por eso Jesús dijo del diablo que es «padre de la mentira» (Jn 8, 44). El engaño consiste en que el egoísmo y el odio nunca se presentan como mal, sino como bien. El hombre engañado no es consciente de que hay veneno en él y de que está esclavizado. Está tan cegado que piensa que es libre y que hace el bien, cuando en realidad es una marioneta en manos del mal. Sus pensamientos y sentimientos, sus palabras y decisiones, están gobernados por el egoísmo y el odio. Consecuencia de todo esto: se convierte en colaborador del Maligno, portador y propagador del mal a su alrededor.
Jesús nos dice lo que puede suceder cuando el hombre está ciego y bajo el dominio del Maligno: «Incluso llegará la hora en que quien los mate pensará que da culto a Dios» (Jn 16, 2).
2. «Los invito, hijitos: sean amor y mis manos extendidas hacia todos aquellos con quienes se encuentren»
La Virgen nos da el diagnóstico, pero también la terapia. Nos ofrece caminos de sanación y de liberación del veneno del egoísmo y del odio, y así abre el camino hacia la paz.
Por más que nos esforcemos, la mayoría de las veces no podemos cambiar a las personas en las que dominan el egoísmo y el odio. Pero aun así algo podemos hacer. No podemos liberarnos del egoísmo y del odio si nosotros mismos somos egoístas y odiamos. Solo si somos distintos. Y la Virgen nos dice cómo podemos ser distintos: cuando somos amor y cuando somos sus manos extendidas hacia las personas que encontramos.
El corazón y las manos. Una imagen hermosa: la estatua de la Virgen frente a la iglesia parroquial de Medjugorje y en el Monte de las Apariciones.
Cuando en el corazón domina el amor, este mueve las manos. Y también los pies, los pensamientos, la voluntad, las palabras… Cuando en el corazón hay el veneno del egoísmo y del odio, el corazón se cierra a los demás. Un corazón cerrado bloquea la razón y la visión correcta, y cierra las manos, que se convierten en puños listos para golpear. Cuando el amor en el corazón es fuerte, las manos se abren y están dispuestas a abrazar al otro. Están dispuestas a perdonar y a ayudar al prójimo. Por lo tanto, todo depende del corazón.
¿Cómo puede sanar un corazón herido por el egoísmo o el odio? ¿Cómo puede volver a reinar el amor?
Cuando las serpientes en el desierto mordían a los israelitas y la gente moría por su veneno, Moisés colocó una serpiente de bronce para que la miraran. Al mirarla, sanaban. «Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre un estandarte. Y cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba la serpiente de bronce y quedaba curado» (Nm 21, 9).
Jesús utilizó esta imagen. Por eso nos invita a mirarlo a Él cuando sea elevado en la cruz. «Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna» (Jn 3, 14-15).
Cuando tengamos la cruz, ¡miremos la cruz! Cuando estemos en inquietud y en conflicto, cuando no tengamos solución a nuestros problemas, miremos la cruz de Jesús: ¡al Amor crucificado! Cuando nos muerda la «serpiente», cuando las personas nos hieran, no miremos solo a ellas, no hablemos solo de ellas ni nos ocupemos solo de ellas, sino miremos a Jesús. Esto es lo que nos dice la Virgen: «Hoy los invito de modo especial a tomar la cruz en sus manos y a contemplar las llagas de Jesús. Pidan a Jesús que sane sus heridas…» (25-03-1997). «Hijitos, tomen la cruz en sus manos. Que ella sea para ustedes un estímulo para que el amor venza siempre…» (25-07-2020).
Otro camino de sanación es la oración por el amor. La Virgen desea que recemos por el amor hacia la persona que nos ha herido. La razón: ni el egoísmo ni el odio pueden sanarnos, porque son veneno. Solo puede hacerlo el amor, porque el amor es medicina.
3. «En humildad oren por la paz y trabajen por la reconciliación entre los hombres»
¿Qué podemos hacer para que la paz vuelva a nuestro mundo?
La Virgen nos enseña: recemos por la paz y trabajemos por la reconciliación. Pero hagámoslo todo con humildad. En la humildad, es decir, con la conciencia de que nosotros también somos débiles, de que también pecamos y provocamos conflictos. Cuando con esta conciencia rezamos por los demás e intentamos ayudarlos a reconciliarse, lo haremos de otra manera. Se trata del modo. No es: ¡yo lo resolveré! ¡yo sé! No, sino con el Señor. Porque puedo tener buena intención, pero también es importante el modo.
No nos limitemos a mirar y escuchar las noticias ni a hablar de las guerras y de las tensiones en el mundo, sino recemos. Pidamos al Señor que nos conceda su paz. La Virgen nos lo vuelve a decir: ¡nada sin la oración! Porque cuando rezamos, colaboramos con Dios. Muchos políticos y personas en conflicto luchan solo con sus propias fuerzas para restablecer la paz. Esto no tiene por qué ser malo, pero es insuficiente. Debemos hacerlo con Dios. Y creer que para Dios nada es imposible. Cuando rezamos, es como si dijéramos: «Señor, para nosotros es imposible lograr la paz, pero para Ti no; para Ti todo es posible».
Además de rezar por la paz, debemos ser activos. No quedarnos solo en la oración, sino hacer algo por la reconciliación entre las personas. Si vemos que alguien está enfrentado, no nos limitemos a hablar de ello, sino hagamos algo concreto. Tal vez podamos ir a una y otra parte y hablar con ellos para ofrecer alguna solución. Y la solución a menudo es muy simple, así como muchas veces el problema no surgió por una causa grande.
4. «para que cada ser humano esté bien en la tierra »
Contemplemos la amplitud del corazón de la Virgen: «que a cada persona le vaya bien». ¡A cada uno! Esto solo puede desearlo una Madre cuyo corazón está lleno de gran amor. La Virgen quiere que cada persona encuentre la paz y que le vaya bien. Cada persona, no solo los creyentes y no solo los católicos. Porque en cada persona la Virgen ve a su hijo. Tanto en el creyente como en el no creyente. Tanto en el cristiano como en el musulmán, el budista, el hinduista…
Hay algo más que me parece importante: así como Jesús, al morir en la cruz, abrió a María una nueva perspectiva y le ofreció un nuevo hijo —Juan, y en Juan a todos nosotros—, así también la Virgen hoy nos abre una nueva perspectiva: ampliar nuestra familia para reconocer en cada persona del mundo a un hermano y a una hermana.
