Mensaje de la Virgen, 25 de diciembre de 2025.
«¡Queridos hijos! También hoy —cuando Dios me permite llevar en mis brazos al Niño Jesús, Rey de la Paz, para que Él los llene del ardor del amor y de la paz, a fin de que cada corazón sea semejante a Su Corazón en este tiempo de gracia— sean valientes y decididos defensores del amor de su Dios, para que Él les conceda Su paz en este tiempo de gracia. Gracias por haber respondido a mi llamado». (Con aprobación eclesiástica)
“También hoy —cuando Dios me permite llevar en mis brazos al Niño Jesús, Rey de la Paz, para que Él los llene del ardor del amor y de la paz, a fin de que cada corazón sea semejante a Su Corazón en este tiempo de gracia—“
La Virgen nos repite: este tiempo es de gracia. El por qué es un tiempo de gracia lo comprendemos por sus siguientes palabras: porque Dios le permite traernos a Jesús en sus manos.
¿Por qué la Virgen nos repite con frecuencia —en este mensaje dos veces— que este tiempo es de gracia?
Porque la gracia puede pasar fácilmente junto a nosotros sin que la notemos. Porque la gracia no es ruidosa, sino silenciosa. Probablemente solo en la eternidad comprenderemos qué daño y qué pérdida sería que la gracia pasara junto a nosotros sin ser reconocida. Por esta razón, el gran teólogo Hans Urs von Balthasar decía: «Para Medjugorje existe un solo peligro: no reconocerlo». La traducción literal sería: que la gracia pase junto a nosotros y no la reconozcamos.
La Virgen dice: Jesús es el Rey de la paz. Rey es aquel que gobierna. Jesús es Rey, pero no sobre los demás, sino que quiere ser Rey en nosotros. Jesús es Rey en nosotros cuando en nosotros reina su amor. El amor reina cuando es más fuerte que los pensamientos y sentimientos negativos.
El amor de Jesús es tan grande y tan fuerte que también quiere «llenarnos del ardor del amor y de la paz». El amor verdadero desea que también los demás amen, que también en los demás haya paz. Cuando hay ardor de amor en el corazón, entonces se cumple lo que dijo la Virgen: «Cuando tienen amor, todo les es posible». Entonces voy con alegría a la santa misa. Entonces soy activo en mi comunidad parroquial. Entonces también yo deseo ayudar a los demás para que en sus corazones y en sus familias haya paz.
El fruto del amor es la paz.
La meta hacia la que quiere conducirnos Jesús, Rey de la paz, es: que cada corazón sea semejante a su Corazón. ¿Cómo podemos ser semejantes al Corazón de Jesús?
Existe el dicho latino Similis simili gaudet, que significa: lo semejante se alegra con lo semejante. En otras palabras, lo semejante reconoce a lo semejante. Lo semejante atrae a lo semejante. Cuando nuestro corazón se vuelve semejante al Corazón de Jesús, entonces nos atrae lo que atrae a Jesús. Entonces hacemos todo del modo en que Jesús lo hace.
Dios no esperó a que nosotros, los hombres, mejoráramos para venir a nosotros, sino que vino a nosotros para que nosotros fuéramos mejores. Si Dios, en Jesús, dio el primer paso, somos semejantes al Corazón de Jesús si tampoco nosotros esperamos a que los demás den el primer paso hacia nosotros. Somos semejantes al Corazón de Jesús si no esperamos a que los demás cambien para saludarlos, para recién entonces hablar con ellos, para visitarlos, sino que decimos: yo saludaré primero. Yo perdonaré primero. Yo iré primero a ver a esa persona y hablaré con ella.
Jesús sabe que Zaqueo es pecador, pero no lo rechaza, porque su amor es mayor que los pecados de Zaqueo. Cuando Pedro reconoce que es pecador, Jesús no lo rechaza, sino que incluso le da una misión importante: será pescador de hombres.
De esto se sigue que el amor de Jesús es mayor también que nuestros pecados. Somos semejantes al Corazón de Jesús si también en nosotros el amor es mayor, más fuerte que los pecados y las debilidades de los demás. Somos semejantes al Corazón de Jesús si podemos superar las debilidades de alguien y perdonar.
Es bueno orar: Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo.
“Sean valientes y decididos defensores del amor de su Dios, para que Él les conceda Su paz en este tiempo de gracia”.
¿No es una idea inusual «defender el amor de Dios»? Y hacerlo con audacia y valentía. ¿Por qué?
En nosotros está el amor de Dios. Pablo dice que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5). Pero en nosotros no está solo el amor. Existen muchas otras fuerzas: la envidia, el odio, la intolerancia hacia otra persona, el rechazo de los demás, el egoísmo, la persistencia en la decisión de no saludar a otros, de no hablar con ellos, de no perdonar, la convicción del ego de que yo tengo razón y los demás están equivocados… Debemos defender el amor de Dios en nosotros porque el mal es fuerte. Si defendemos —y lo hacemos con audacia y valentía— el amor de Dios en nosotros, eso significa que no permitimos que el mal nos venza.
Por otra parte, el amor de Dios me defenderá. Y me defenderá solo si es fuerte. Si es débil, no puede defenderme. Pablo nos da un ejemplo: «Todo lo puedo en Aquel que me fortalece» (Flp 4,13).
He aquí el camino hacia la verdadera paz.
