Mensaje del 25 de agosto de 2025
«¡Queridos hijos, hijitos míos, amados míos! Ustedes son elegidos porque han respondido, han puesto en práctica mis indicaciones y aman a Dios sobre todas las cosas. Por eso, hijitos, oren con todo el corazón para que se realicen mis palabras. Ayunen, hagan sacrificios, amen por amor a Dios que los ha creado y sean, hijitos, mis manos extendidas a este mundo que no ha conocido al Dios del amor. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!»
(Con aprobación eclesiástica)
1. «¡Queridos hijos, hijitos míos, amados míos!»
Al escuchar estas palabras de la Virgen, percibimos su tierno corazón materno, su alegría y amor hacia sus hijos. La Virgen nos ama tanto que no le basta con decir simplemente «queridos hijos». Así como una madre, llena de gozo, se desborda en expresiones como «¡mi sol, mi ángel, mi tesoro!», también la Virgen nos dice: «Queridos hijos, hijitos míos, mis amados».
Alguien podría preguntarse: ¿Cómo puede amarnos tanto la Virgen si somos débiles y pecadores? Precisamente porque su amor no es frágil como el nuestro. Su amor no depende de lo que somos ni de cómo nos comportamos. Si dependiera de nosotros, solo nos amaría cuando obramos bien y dejaría de amarnos al caer. Pero, por suerte, no es así. Nuestras debilidades y pecados no son un obstáculo para su amor, sino una razón para que nos ame aún más y esté más cerca de nosotros. Es como una madre que, aunque siempre ama a su hijo, lo ama con mayor ternura cuando está enfermo o sufriendo.
2. «Ustedes son elegidos porque han respondido, han puesto en práctica mis indicaciones y aman a Dios sobre todas las cosas»
La Virgen dice: «Ustedes son elegidos porque…». Uno pensaría que debía decirlo al revés: «Después de haber sido elegidos, ustedes respondieron, pusieron en práctica mis enseñanzas y amaron a Dios por encima de todo.»
Sin embargo, Ella dice: «Han sido elegidos porque…». Esta manera de expresarse podría significar: Los elegí porque creí en ustedes, porque sentí que ustedes responderían, que serían ustedes quienes pondrían en práctica mis enseñanzas y que serían ustedes quienes amarían a Dios por encima de todo. Con estas palabras, parece decirnos: No me equivoqué al elegirlos; fue una buena decisión haberlos elegido a ustedes.
Pero surge una pregunta fundamental: ¿Estas palabras de la Virgen me incluyen a mí? Cuando las pronunció, ¿pensaba también en mí?
3. «Por eso, hijitos, oren con todo el corazón para que se realicen mis palabras. Ayunen, hagan sacrificios, amen por amor a Dios que los ha creado y sean, hijitos, mis manos extendidas a este mundo que no ha conocido al Dios del amor»
Después de reconocernos, la Virgen nos confía una nueva tarea: ayudémosle a que se cumplan sus palabras, a que se realice su misión, esa por la cual viene a nosotros desde hace ya 44 años.
Ella nos indica cinco formas para que sus palabras y planes se hagan realidad:
a) orar con todo el corazón;
b) ayunar;
c) ofrecer sacrificios;
d) amar;
e) ser sus manos extendidas hacia el mundo.
Orar con todo el corazón
Oremos con esta intención: que se cumplan las palabras y la misión de la Virgen. Hagámoslo cada día, de todo corazón. Por Ella.
Ayunar
Ayunemos con la intención de que se realicen sus palabras, sus planes y deseos. Los miércoles y viernes. De corazón. Por Ella.
Ofrecer sacrificios
¿Cómo? Subiré a la Colina de las Apariciones o al Krizevac y rezaré con la intención de que se cumplan sus palabras. Haré algo que normalmente me cuesta. Eso mismo. Visitaré a alguien con quien tengo mala relación. Me sacrificaré. Por la Virgen. Llevaré un regalo a una persona pobre o anciana. Visitaré enfermos en el hospital o ancianos en un asilo… Me cuesta, pero por la Virgen nada me cuesta.
Amar
¿A quién amar? Tras unas pocas palabras, entendemos la respuesta: al mundo, es decir, a las personas. Y especialmente —¡más aún!— a aquellos que no han conocido al Dios del amor.
¿Con qué motivación? Por amor a Dios, que nos creó. Es decir, por gratitud. Porque Dios nos creó a todos —a nosotros y a ellos— y su amor brilla como el sol: siempre y para todos. Para los buenos y los malos, para nosotros y para ellos. ¿Quién es bueno y quién es malo? No sería sabio apresurarnos a juzgar a qué grupo pertenecemos nosotros.
Ser las manos extendidas de la Virgen hacia el mundo
¿Por qué? Porque este mundo no conoce al Dios del amor. Y porque la Virgen quiere mostrarle ese amor, pero solo puede hacerlo —y quiere hacerlo— a través de nosotros, de ti y de mí. Porque Ella desea salvar a este mundo, ayudarlo a conocer al Dios del amor. ¿Por qué lo desea tanto? Porque es Madre. Porque ama y sufre. Porque tanto nosotros como los demás somos sus hijos amados.
Así es el amor. Solo el amor puede sufrir por los demás, especialmente cuando los demás van por un mal camino. Podemos imaginar cuánto sufre la Virgen por un mundo que no ha conocido el amor de Dios y que está lejos de Él… Podemos imaginar cuánto desea ayudarnos…
Quizás aquellas primeras palabras del mensaje —«Queridos hijos, hijitos míos, amados míos»— encierran aún más significado. Como si nos dijera: A ustedes los he elegido. Ustedes son mi esperanza, sólo ustedes. Sin ustedes no puedo ayudar al mundo, a mis hijos que están lejos de mí, del amor de Dios, de mi Hijo. Como si con esas palabras tan cálidas nos suplicara: ¡Ayúdenme! Se los ruego, ¡ayúdenme! Sean mis manos para llegar también a esos hijos míos que no han conocido al Dios del amor.
Estas palabras de la Virgen nos recuerdan a una madre cuyo hijo ha tomado un mal camino —quizás con las drogas o algo peor—, y entonces se dirige a su otro hijo o hija con palabras similares, esperando que le ayuden a salvar al hijo que se ha extraviado, que lo traigan de vuelta.
¿Y nosotros? ¿Y yo? ¿Qué clase de amor tenemos? ¿Hasta dónde llega? ¿Solo hasta mí y mis necesidades? ¿Solo hasta las necesidades de mi familia? ¿O tal vez un poco más allá?
Desde el 25 de agosto de 2025 (fecha en que recibimos este mensaje de la Virgen), en adelante, se verá a quién se refería cuando dijo:
«Ustedes son elegidos porque han respondido…»