En la mañana del tercer día del Congreso, la catequesis titulada “Espíritu Santo, fuente de paz y alegría” estuvo a cargo del P. Diego González, quien comenzó con una confesión sincera: “Tengo que compartir, confesar, que ha sido un tema difícil de preparar… habría muchísimo que se podría decir”. Desde allí propuso una explicación sencilla pero profunda sobre quién es el Espíritu Santo, apoyándose en el Catecismo de la Iglesia Católica.

Con tono cercano e incluso pedagógico, invitó a los presentes a redescubrir el valor de la enseñanza de la Iglesia: “Si queremos ser apóstoles de la Reina de la Paz, necesitamos hablar el idioma de la Iglesia”. Recordó que la Virgen “habla el mismo lenguaje de la Iglesia” y que también los fieles están llamados a vivir y transmitir esa misma fe, en comunión.

Citando 1 Corintios 12, 3, subrayó una verdad central: “Nadie puede decir ‘Jesús es Señor’ si no es movido por el Espíritu Santo”. Y explicó que ese Espíritu ya ha sido dado en el Bautismo: “El bautismo nos hace hijos de Dios, hermanos de Jesucristo y templos del Espíritu Santo”. Por eso, añadió con claridad, hablar del Espíritu y de los carismas “no es exclusivo de un movimiento, es de la Iglesia”.

La catequesis tomó luego un tono más existencial. “No hay amor sin oración, no hay oración sin perdón”, afirmó, retomando los mensajes de la Reina de la Paz. Y explicó ese camino concreto: “Oren para poder amar… y amando podrán perdonar”. Según expresó, es el Espíritu Santo quien une al creyente con Cristo y lo convierte en apóstol, no solo de palabra, sino con obras: “Orarán con obras y no solo con palabras”.

En uno de los momentos más fuertes de su predicación, recordó un mensaje breve y contundente: “Queridos hijos, ustedes hablan mucho y oran poco”. A partir de allí insistió: “El Espíritu Santo es alguien que se vive, no se habla”. Por eso, ante la pregunta sobre cómo llevar el mensaje a sus países, fue directo: “Lo primero es orar. Y orar en serio”.

Finalmente, alentó a confiar en la acción transformadora del Espíritu: “El Espíritu Santo puede comenzar a obrar milagros en ustedes y a través de ustedes”. Milagros que —aclaró— no siempre son extraordinarios, sino visibles en el cambio del corazón, en la familia, en la comunión. “Cada uno de ustedes es importante en mi plan de salvación”, recordó citando a la Virgen, invitando a mirarse a los ojos y reconocerse parte de una misma misión.

Así, la jornada reafirmó que la paz y la alegría verdaderas no nacen del entusiasmo pasajero, sino de una vida abierta al Espíritu Santo, vivida en oración constante, comunión eclesial y compromiso concreto con el Evangelio.

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