A finales del pasado mes de noviembre, el P. Miguel Antonio Garcés Begambre, monje benedictino colombiano, visitó Medjugorje con el deseo de profundizar en la experiencia del Amor de Dios, de la mano de la Virgen María. Conoció este lugar de gracia y decidió permanecer más de 40 días, inmerso en la vida de oración y en el clima espiritual que ha transformado la vida de tantos peregrinos.

Hoy, jueves 15 de enero, a punto de regresar a su tierra natal y a su monasterio, el P. Miguel ha querido compartir su testimonio, relatando aquello que más ha tocado su corazón sacerdotal en este lugar que ha marcado la historia espiritual de millones de personas.

El P. Miguel nació en Colombia en 1977. Inició su proceso de formación monástica en 2012, realizó su profesión solemne en 2019 y fue ordenado sacerdote el 26 de febrero de 2022. Actualmente vive junto a sus hermanos de comunidad en el Monasterio Santa María de la Epifanía, en Guatapé, Colombia.

A continuación, presentamos el testimonio que el P. Miguel Antonio Garcés Begambre nos ha confiado sobre su vivencia en Medjugorje: una mirada que va más allá de lo visible, y que recorre, punto por punto, la experiencia interior de su corazón sacerdotal.

Medjugorje, más allá de los videntes: el testimonio de sus habitantes, los hijos de María

Ha llegado el momento de decir «hasta luego». Mientras preparo mis maletas para dejar estas tierras de Herzegovina, me llevo algo que no pesa en el equipaje, pero que transforma el alma. A menudo, el mundo mira hacia Medjugorje buscando lo extraordinario: señales en el cielo o palabras de los videntes. Sin embargo, mi mayor descubrimiento en estos días ha sido lo extraordinario dentro de lo ordinario.

El Evangelio vivo en el día a día

Más allá de las colinas de piedras y los mensajes mensuales, existe un testimonio silencioso que es, quizás, el milagro más grande: su gente. He visto la fe encarnada en los habitantes de esta aldea. Ellos son maravillosos custodios de este oasis:

  • La hospitalidad como oración: En cada hogar, en cada mesa compartida, no solo hay pan; hay una acogida que te hace sentir «hijo de la Gospa».
  • La resiliencia de la historia: Son hombres y mujeres que han pasado por guerras y carencias, pero cuya única arma ha sido la fe y la confianza plena en el plan de Dios.
  • El silencio del servicio: Mientras los peregrinos subimos al Podbrdo, ellos sostienen la logística de la caridad, acogiendo y rezando en silencio por cada persona que llega buscando consuelo.
  • La fuente compartida: Me ha conmovido su forma de amar la Eucaristía y la Adoración. Conocen bien la Fuente de su amor y no se privan de ella, pero ceden generosamente su espacio en la parroquia para que los que venimos de fuera tengamos la oportunidad de encontrarnos con el Señor. Esperan con ansia los meses de invierno, cuando los peregrinos parten, para volver a llenar su iglesia con la alegría de quien regresa a su hogar más querido.

Los hijos de María

Ser habitante de Medjugorje no es un privilegio geográfico, es una misión. He comprendido que ellos no solo viven en Medjugorje, sino que viven los mensajes de Medjugorje. Su paciencia, su sencillez y su alegría serena son el reflejo de una Madre que lleva décadas educando a sus hijos en el amor.

Me voy con una certeza: los videntes son las voces, los habitantes son las manos y los pies de María. Ellos nos enseñan que la verdadera espiritualidad no se trata de buscar prodigios, sino de permitir que el Cielo toque la tierra a través de nuestra propia vida.

«Queridos hijos, sean mis manos extendidas para este mundo que no conoce el amor de Dios».

Comparto solo dos experiencias, de muchas vividas, que constatan cómo los habitantes de Medjugorje con los que me he encontrado, se han tomado en serio este mensaje de Santa María:

“Es el Espíritu Santo»

Hace poco, un feligrés local me pidió una bendición. Al dársela, experimenté un gozo profundo y le dije: «Tienes algo muy valioso en tu corazón». Con una sonrisa llena de luz, me respondió: «Es el Espíritu Santo», mientras me mostraba una imagen del Inmaculado Corazón de María con la paloma del Espíritu sobre ella.

Me sorprendió tanto que se lo comenté a un sacerdote. Él, con naturalidad, me dijo: «Padre Miguel, no se asombre; en este pueblo muchos tienen entronizado el Inmaculado Corazón en sus casas y en sus vidas». Aquel hombre, en su sencillez, se convirtió en mi ángel custodio: bajo la lluvia, me escribía para asegurarse de que no me mojara, ofreciéndose a llevarme a cualquier sitio sin aceptar nada a cambio. Solo por amor a la Gospa y a Jesús.

La mesa que siempre tiene un lugar más

Esa misma caridad la viví en el hogar de los esposos que me acogieron. No solo me dieron techo y comida; me dieron un testimonio de fe inquebrantable, convencidos de que cada atención era para Dios mismo.

Cuando pensé que ya había conocido toda la caridad de esta pareja, hallé algo más. Al bajar de la montaña un 25 de diciembre, encontré a una madre y su hija buscando agua en un día donde todo estaba cerrado. Las invité a la casa donde me hospedaba. Al llegar, mis anfitriones no solo les dieron agua: les abrieron su mesa, les ofrecieron el almuerzo y comida para la noche. En ese comedor comprendí que, en Medjugorje, nadie es forastero. Al final, el esposo me dijo en tono alegre: «Lo felicito Padre, es lo propio que debe hacer un sacerdote cuando alguien necesita ayuda». Dejó en mi corazón una respuesta para ellos: «Los felicito hijos, son un matrimonio que trae esperanza a la humanidad».

Hoy, al partir, entiendo que Medjugorje no se queda atrás. Se va conmigo en el ejemplo de fe de cada habitante que me sonrió, que rezó conmigo y que me recordó que, bajo el manto de la Gospa, nadie es un extraño.

Dios bendiga a cada uno de los habitantes de esta tierra de María, Reina Universal de todo lo creado. Y todo, por el amor que Jesús nos tiene: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Y la Madre nos acogió en su casa: Medjugorje.

Con amor fraterno,

P. Miguel Antonio Garcés Begambre, OSB.

PAX

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