Creemos en un Dios grande: grande en poder, grande en gloria, grande en autoridad. Sin embargo, cuando Dios decide entrar en la historia, no lo hace desde el control que aplasta ni desde la fuerza que doblega. Elige otro camino. Él cree en lo pequeño.

El Evangelio lo dice sin ornamentos: “Y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada” (Lc 2,7).

Ahí está el signo. No en la omnipotencia desplegada, sino en la fragilidad de un niño. No en la seguridad material, sino en una vida que comienza sin garantías. La grandeza de Dios se deja ver en lo humilde, en lo compartido, en lo que parece insignificante. La Navidad no celebra un Dios que exige honores, sino un Dios solidario que entra en la historia sin defensas, sin ceremonias, sin certezas humanas.

San Pablo nos recuerda: “Cristo, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz”. (cf. Flp 2,6–8). No dejó de ser quien era. Simplemente renunció a usarlo en su favor. Y en ese gesto quedó revelado el Dios verdadero.

Ese modo de ser no se limita al pesebre. Atraviesa toda su vida. Jesús rechaza una y otra vez el camino del poder: no convierte el hambre en espectáculo, no transforma la fe en dominio, no baja de la cruz para imponerse. No necesita humillar para vencer. Su fidelidad es otra: desautoriza la lógica que confunde salvación con fuerza.

Por eso Dios sigue creyendo en lo pequeño: en los encuentros sin testigos, en los gestos que no hacen ruido, en los procesos lentos que no se pueden forzar. Cree en la semilla, no en la conquista. Cree en la ternura que sostiene, en la solidaridad que acompaña, en la paciencia que construye futuro. Y ese modo de actuar resulta profundamente incómodo para los poderes de ayer y de hoy. No pueden apropiárselo sin deformarlo. No pueden usarlo sin traicionarlo.

Al revelarse así, Dios pone en crisis nuestras prácticas. Cada vez que buscamos privilegios, cada vez que confundimos autoridad con control, cada vez que usamos a Dios para reforzar posiciones, nos alejamos del camino de Belén. Y también queda interpelada una sociedad que absolutiza el éxito, la visibilidad y la eficacia. En un mundo donde todo debe brillar y rendir, el Dios del pesebre pasa desapercibido. No porque no esté, sino porque no encaja.

Pablo es directo: “Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp 2,5). No es una expresión piadosa. Es el criterio para la vida. Se juega en lo cotidiano: en cómo tratamos a quien deja de ser útil; en cómo ejercemos la autoridad cuando nadie nos observa; en cómo hablamos de Dios sin convertirlo en bandera; en cómo reaccionamos ante el error ajeno; en a quién escuchamos con paciencia y a quién silenciamos por incomodidad.

Creer en lo pequeño implica renunciar a usar a Dios como argumento para ganar. Implica aceptar el riesgo de no ser aplaudidos, de no ser eficaces según los criterios del mundo. Implica, simplemente, creer que ahí —en lo frágil, en lo humilde, en lo solidario— Dios sigue entrando en la historia.

P. Glenm Gómez Álvarez

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