Al continuar nuestro camino Adviento, los Evangelios dominicales nos presentan la extraordinaria figura y mensaje de Juan el Bautista. Encontramos a Juan en el desierto llamando a la gente al arrepentimiento sincero de sus pecados, bautizándolos en el río Jordán como signo externo de su arrepentimiento interior. La misión profética de Juan el Bautista, mediante sus palabras y acciones, consistió en preparar los corazones del pueblo de Israel para recibir, con una verdadera conversión, a su tan esperado Salvador.
Aunque Jesús ya vino hace más de 2000 años, el tiempo de Adviento pretende preparar nuestros corazones para seguir encontrándolo hoy en la Eucaristía y en el prójimo, pero también al final de nuestras vidas y al final de los tiempos. Por lo tanto, el mensaje de Juan el Bautista hoy sigue siendo relevante: “Arrepiéntanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos.” Estas palabras del Bautista son esenciales para que las pongamos en práctica con seriedad y sin demora, pues nuestras acciones presentes determinan, para bien o para mal, nuestro destino eterno.
Comentando sobre esto, el Papa Benedicto XVI decía: “Hoy, en el presente, es cuando se juega nuestro destino futuro; con el comportamiento concreto que tenemos en esta vida decidimos nuestro destino eterno. En el ocaso de nuestros días en la tierra, en el momento de la muerte, seremos juzgados según nuestra semejanza o desemejanza con el Niño que está a punto de nacer en la pobre cueva de Belén, puesto que él es el criterio de medida que Dios ha dado a la humanidad. El Padre celestial, que en el nacimiento de su Hijo unigénito nos manifestó su amor misericordioso, nos llama a seguir sus pasos convirtiendo, como él, nuestra existencia en un don de amor».
Puesto que Dios es amor, su justicia, de la que Juan el Bautista habla fuertemente, se basa únicamente en el amor, en cuánto amor dimos, en esta vida, a Dios, a nosotros mismos y a los demás. El arrepentimiento y la conversión del pecado, entonces, no es otra cosa que dejar atrás todo egoísmo y orgullo, y decidir comenzar a amar a Dios, a nosotros mismos y a los demás, lo mejor que podamos.
Aunque el mensaje de Juan el Bautista, que Jesús después repetiría y llevaría a su cumplimiento, es el del arrepentimiento y conversión, es necesario primero comprender el verdadero significado de estos términos para entonces vivirlos. El arrepentimiento al que nos llama el Evangelio no se refiere a sentimientos de culpa excesiva ni a una desesperación por los pecados cometidos. Ese no es el verdadero arrepentimiento, pues los sentimientos y pensamientos de culpa exagerados nos paralizan en nuestro error, llenándonos de una vergüenza y un miedo abrumadores que nos impiden confiar en la misericordia de Dios.
El verdadero arrepentimiento, entonces, comienza con la aceptación honesta y el arrepentimiento de lo que hemos hecho mal, pero en lugar de castigarnos por ello, simplemente nos abrimos al perdón de Dios y comenzamos a tomar las medidas necesarias para cambiar nuestra vida. Por lo tanto, el arrepentimiento auténtico requiere una transformación interior que en última instancia se demuestra con nuestras acciones, no con promesas vacías ni sentimentalismos piadosos.
Esto es precisamente lo que Juan quiso decir cuando les dijo a los fariseos y saduceos: “Hagan ver con obras su conversión y no se hagan ilusiones pensando que tienen por padre a Abraham, porque yo les aseguro que hasta de estas piedras puede Dios sacar hijos de Abraham.” En nuestro caso, no basta con decir que somos católicos y que Cristo es nuestro salvador; nuestras acciones de fe y generosidad hacia los demás deben demostrarlo. Reconocer nuestro pecado nunca es fácil, pero cuando tenemos la valentía de hacerlo, esto nos libera del poder de nuestro ego y nos ayuda a aceptar cuánto necesitamos a Dios en nuestras vidas.
“El Adviento” entonces, como bellamente lo explicó el difunto Papa Francisco, “es un tiempo de gracia para quitarnos nuestras máscaras…y ponernos a la fila con los humildes; para liberarnos de la presunción de creernos autosuficientes, para ir a confesar nuestros pecados, …y acoger el perdón de Dios, para pedir perdón a quien hemos ofendido. Así comienza una nueva vida. Y la vía es una sola, la de la humildad: purificarnos del sentido de superioridad, del formalismo y de la hipocresía, para ver en los demás a hermanos y hermanas, a pecadores como nosotros y ver en Jesús al Salvador que viene por nosotros,…así como somos, con nuestras pobrezas, miserias y defectos, sobre todo con nuestra necesidad de ser levantados, perdonados y salvados.”
A medida que avanzamos en nuestro camino de Adviento, la figura de la Madre de Dios cobra gran importancia, pues ella, mejor que nadie, puede enseñarnos cómo prepararnos mejor para la venida del Señor. En particular, honramos la figura de la Santísima Virgen María en dos ocasiones: en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción y en la festividad de Nuestra Señora de Guadalupe.
A lo largo de la historia, en sus numerosas intervenciones especiales, María ha repetido constantemente el mismo mensaje de arrepentimiento y conversión de Juan Bautista. Una de sus intervenciones más extraordinarias en nuestro tiempo comenzó precisamente en la solemnidad de San Juan Bautista, el 24 de junio de 1981, en el pequeño pueblo llamado Medjugorje, en Bosnia-Herzegovina (antigua Yugoslavia). Ese día, la Santísima Virgen comenzó a aparecerse diariamente a seis adolescentes locales (ahora adultos), y hasta el día de hoy, continúa haciéndolo a tres de ellos (y una vez al año a los demás). Presentándose como la “Reina de la Paz”, la Santísima Virgen hace un llamado urgente a la paz, insistiendo, como Juan el Bautista, que ésta solo es posible mediante un sincero arrepentimiento del pecado y una verdadera conversión.
El 25 de mayo de 2011, por ejemplo, se reporta que dijo: “Queridos hijos, hoy mi oración es para todos los que buscan la gracia de la conversión. Llaman a la puerta de mi Corazón, pero sin esperanza, ni oración, en el pecado, y sin el sacramento de la Reconciliación con Dios. Abandonen el pecado y decídanse, hijos míos, por la santidad. Solo así puedo ayudarlos y escuchar sus oraciones e interceder ante el Altísimo. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!”.
Tras muchos años de exhaustivas investigaciones, el 19 de septiembre de 2024, el Vaticano evaluó positivamente y aprobó la experiencia espiritual y los mensajes atribuidos a la Virgen en Medjugorje, debido a su gran impacto positivo en la Iglesia universal.
Oremos, pues, para que el Señor nos ayude a arrepentirnos, con humildad, de nuestros pecados, confiando en su amor misericordioso que siempre nos da la oportunidad de una vida nueva. Alabados sean Jesús y María.
