«¡Queridos hijos! Oro por ustedes y los exhorto a una vida nueva: una vida en la alegría y en la oración. Hijitos, que el Espíritu Santo los colme de alegría, para que sean como una fuente de agua pura y potable, a fin de que, hijitos, estén en Dios y con Dios como misioneros del amor y de la paz. Su vida aquí en la tierra es breve, y por eso estoy con ustedes para guiarlos hacia el Cielo. Gracias por haber respondido a mi llamado».

Con aprobación eclesiástica.

  • «Oro por ustedes y los exhorto a una vida nueva: una vida en la alegría y en la oración».

Antes de exhortarnos a una vida nueva, la Virgen reza por nosotros. Es algo similar a la reacción de Jesús cuando Pedro comenzó a hundirse en el mar. Jesús no lo reprende primero, sino que le tiende la mano:
Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?” (Mt 14, 31)

¿Cómo actuamos nosotros cuando queremos reprender a alguien o impulsarlo a cambiar? ¿Está primero la corrección, el impulso o la oración?

¿Por qué esto es importante? Distinguimos entre la intención y el modo. Sin duda, tenemos una buena intención cuando queremos corregir a alguien por el rumbo equivocado de sus deseos, palabras o acciones, y ayudarlo a volver al buen camino. Pero el modo de reaccionar puede ser incorrecto, porque podemos hacerlo con enojo, nerviosismo o en un momento inadecuado. Por eso es necesaria la oración, para que podamos transmitir la corrección o el impulso de la manera correcta. La oración debe purificar nuestras motivaciones y orientar el corazón para reaccionar del mejor modo posible.

La Virgen nos exhorta a una vida nueva. ¿Por qué? Porque en lugar de florecer, de haber alegría, satisfacción, paz y comunión en la familia, entre parientes, amigos y vecinos, la vida se va apagando y marchitando. ¿No se ha “envejecido” la vida, perdido calidad? ¿No ha entrado allí la muerte, la falta de vida, el desierto?

La vida en la naturaleza en primavera es un ejemplo de vida nueva. Todo a nuestro alrededor despierta y florece. Pero en invierno no es así. La causa del cambio es el sol, cuya calidez actúa sobre el mundo vegetal. La nueva vida en la naturaleza es fruto de la acción del sol y de la respuesta de la vegetación.

Lo mismo ocurre con nosotros: cuando nos acercamos a Jesús, nuestro “sol”, los rayos de su amor tocan nuestro corazón, y el fruto es una vida nueva en nosotros. La Virgen en Medjugorje nos enseña los modos de acercarnos a Jesús y a su amor: la Eucaristía, la adoración, la confesión, la lectura diaria de la Palabra de Dios, el ayuno, el rosario…

¿Cómo es la vida nueva? La Virgen dice: es una “vida en la alegría y en la oración”. En la vida nueva no pueden faltar la alegría y la oración. Ambas. Si hay alegría y oración, hay vida en nosotros y entre nosotros.

¿Por qué no basta solo la alegría como criterio de vida nueva? Porque el ser humano sin oración —la verdadera oración— puede alegrarse incluso del mal de los demás (alegría maliciosa). ¿Por qué no basta solo la oración? Porque el fruto de la oración debe ser la alegría. Si en la vida del creyente no hay alegría, la oración no está bien orientada.

  • «Que el Espíritu Santo los colme de alegría, para que sean como una fuente de agua pura y potable, a fin de que, hijitos, estén en Dios y con Dios como misioneros del amor y de la paz».

Aquí tenemos la respuesta de cómo tendremos alegría y cómo nuestra vida será nueva: si permitimos que el Espíritu Santo entre en nuestra vida.

Jesús dice que el Espíritu Santo es el Consolador. Cuando rezamos al Espíritu Santo, podemos tener dificultades y cruces en la vida, pero Él nos consuela. ¿Cómo es su consuelo? Cuando estamos en medio de dificultades y cruces —que a veces son como la noche, como un túnel o una tristeza— el Espíritu Santo nos asegura que hay luz, salida y sentido. Su consuelo alivia.

¡Qué hermoso sería disfrutar de estos pensamientos sobre la vida alegre! Es hermoso hablar de vida nueva y de alegría, si no fuera por otro llamado de la Virgen: ser misioneros. Algunos podrían pensar: ¿por qué nos arruina este hermoso sueño? ¿Por qué habla de misioneros?

Pero ¿cómo no llamarnos a esto si ser misionero pertenece al ser del cristiano? ¿Qué significa ser misionero? ¿Es algo reservado solo para quienes van a África o concierne a todo cristiano?

Veamos lo que dice Jesús después de su resurrección:
Jesús le dice (a María Magdalena): “No me retengas, porque todavía no he subido al Padre; pero ve a mis hermanos y diles: subo a mi Padre y a vuestro Padre…” (Jn 20, 17).

Jesús quiere que María Magdalena sea misionera: que vaya a los discípulos y les lleve el anuncio. ¿Qué debía decir María Magdalena? ¿Por qué yo? ¿O no quiero, porque no me apetece? ¿Porque es más bonito quedarme contigo?

María Magdalena fue y anunció a los discípulos: “He visto al Señor y me ha dicho esto” (Jn 20, 18). Era un paso lógico: ¿cómo guardar para sí sola la alegría de haber visto al Señor resucitado sin compartirla?

Después, el mismo Jesús resucitado se aparece a los discípulos con la misma misión: ser sus misioneros:
“¡La paz con ustedes! Como el Padre me envió, así también yo los envío a ustedes” (Jn 20, 21).

El sentido de la vida cristiana no es solo recibir, sino dar a los demás lo que hemos recibido. Eso es ser misionero: ser enviado. ¿Por qué muchos cristianos olvidan a los demás y viven solo para sí mismos?

La causa está en el corazón. La Virgen dice que en el corazón debe haber una fuente de agua. Y una fuente no es para sí misma: es para los demás.

¿Por qué la Virgen nos orienta hacia el Espíritu Santo cuando quiere que seamos misioneros? Lo explica san Pablo:
“El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom 5, 5).

De aquí entendemos por qué algunos cristianos no son misioneros: su corazón se ha secado. El agua es símbolo del amor. Si hay amor, hay misión. No puede quedarse quieto, sino que es impulsado a dar.

En el corazón del cristiano está el amor de Dios, pero también pueden entrar la envidia, el egoísmo, la pereza o el odio. Cuando el amor se debilita, lo negativo toma el control.

Por eso la Virgen nos recuerda al Espíritu Santo. No hay verdadera alegría, paz ni amor sin Él. Él hace en nosotros una fuente de agua pura. Debemos pedirle que purifique nuestro corazón y derrame el amor de Dios en nosotros.

¿Por qué “agua pura y potable”? Porque solo esa agua se puede beber y sacia la sed. Nadie bebe agua contaminada. Los demás podrán saciar su sed espiritual si nuestro amor es puro.

¿Cómo sabrán los demás si en nosotros hay agua pura? Como se reconoce el agua limpia: por sus frutos. Como se reconoció en la Madre Teresa y sus misioneras de la caridad.

Debemos distinguir entre misioneros según Dios y los que actúan solo con fuerza humana. El verdadero misionero está “en Dios y con Dios”. Jesús dice:
“Vendrá la hora en que quien los mate creerá dar culto a Dios…” (Jn 16, 2).

  • «Su vida aquí en la tierra es breve, y por eso estoy con ustedes para guiarlos hacia el Cielo».

¿Por qué la Virgen nos recuerda esto? Porque nos absorbemos en lo terrenal y olvidamos el cielo. Recogemos cosas como si fueran nuestras, pero somos solo peregrinos.

Si nuestro destino no es la tierra sino el cielo, deberíamos vivir como peregrinos. No significa descuidar lo material, sino ordenarlo correctamente: no la materia guiando al espíritu, sino al revés.

Solo así no olvidaremos el cielo. Solo así la tierra no oscurecerá la mirada hacia lo eterno, porque sabremos que sin el sol del cielo no hay luz ni calor en la tierra.

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