La Cuaresma es el camino espiritual que conduce al corazón mismo de la fe cristiana: la pasión, la cruz y la resurrección del Señor. Es un itinerario interior que llama a volver a lo esencial. En este recorrido litúrgico, la figura de María aparece como una presencia discreta, pero su modo de creer y de atravesar la historia ofrece una clave profundamente humana para aprender a caminar el desierto con hondura, sobriedad y esperanza.

Los rasgos fundamentales de la Cuaresma —conversión, oración, ayuno y caridad— adquieren densidad concreta cuando se contemplan a la luz de su experiencia creyente.

La conversión se hace visible en un camino de fe atravesado por etapas, preguntas, búsquedas y aprendizajes. María no necesitó conversión en el sentido de abandonar el pecado, pero si vivió un proceso real de fe. De hecho, la Iglesia habla de ella como “peregrina de la fe” (Lumen Gentium, 58).

María experimenta la inquietud de quien no comprende del todo —como cuando busca y encuentra a Jesús angustiada en el templo (Lc 2,41-50)— y acepta que su misión desborde las expectativas humanas cuando Él redefine los vínculos desde la escucha de la Palabra (Mc 3,31-35; cf. Lc 8,19-21). Convertirse, entonces, no es solo corregir conductas, sino permitir que, a diario Dios ensanche el corazón y transforme las certezas más arraigadas. Es avanzar hacia una adhesión cada vez más plena a su voluntad.

En María, la oración se manifiesta ante todo como escucha. El Evangelio la muestra guardando y meditando los acontecimientos en su corazón (Lc 2,19.51), dejando que la Palabra madure en el silencio antes de traducirse en decisiones. Su interioridad recuerda que toda transformación auténtica comienza cuando el creyente aprende a habitar en la presencia de Dios sin prisa, discerniendo su acción incluso en medio de la oscuridad y de lo incomprensible.

El ayuno, entendido como despojo interior y apertura radical a Dios, se refleja en su disponibilidad confiada: “hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). María aprende a soltar el control, a dejar espacio para que la promesa de Dios se despliegue más allá de toda previsión humana. La Cuaresma invita a ese desprendimiento profundo que libera el alma de la autosuficiencia y la dispone para acoger lo nuevo que Dios quiere obrar.

Y la caridad, finalmente, se vuelve concreta en su cercanía compasiva. María se pone en camino hacia Isabel (Lc 1,39-45), percibe la necesidad antes que nadie en Caná (Jn 2,1-11) y permanece fiel al pie de la cruz (Jn 19,25-27), donde amar significa también acompañar sin huir del dolor ni exigir respuestas inmediatas. Su presencia silenciosa revela que la caridad cristiana no siempre resuelve, pero siempre sostiene y permanece.

Así, con el ejemplo de nuestra madre, la Cuaresma deja de ser una preparación meramente externa para convertirse en experiencia viva que conduce a los misterios centrales de la fe (cf. Jn 19; Mt 27–28). María camina discretamente junto al pueblo creyente recordando que incluso en la noche más oscura comienza ya a germinar la luz de la Pascua, y que seguir a Cristo implica aprender a escuchar, confiar y permanecer hasta que la esperanza vuelva a florecer.

Glenm Gómez Alvarez, Pbro.

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