Con el inicio del Tiempo Ordinario, la Iglesia entra en una etapa que, para algunos, parece carecer de intensidad espiritual. No hay grandes solemnidades ni acontecimientos fundantes como en Adviento, Navidad o Pascua. Sin embargo, esa percepción suele confundir “lo ordinario” con lo irrelevante. En realidad, el Tiempo Ordinario es el espacio donde la fe se asienta, madura y se hace cotidiana. Es el tiempo del seguimiento.

Aquí no celebramos un momento excepcional de la vida de Jesús, sino que acompañamos su caminar, sus palabras, sus gestos, su modo de relacionarse con las personas y con el Padre. Es el tiempo en que el Evangelio se despliega sin prisa, permitiendo que la enseñanza cale en la vida concreta. Y es precisamente en este recorrido donde la figura de María adquiere una fuerza silenciosa pero decisiva.

María no ocupa el centro visible del relato durante la vida pública de Jesús, pero permanece como presencia fiel, como memoria viva de lo que Dios ha hecho y como mujer que sabe guardar, ponderar y acompañar. Ella ya no está en el asombro del anuncio ni en la urgencia del nacimiento; está en la perseverancia. En ese sentido, María es profundamente “ordinaria”: camina sin protagonismo, confía sin exigir signos, cree sin necesidad de explicaciones constantes.

El Tiempo Ordinario nos invita a una espiritualidad semejante. No se trata de emociones fuertes, sino de constancia; no de gestos heroicos, sino de fidelidad diaria. María encarna esa fe que no se agota cuando pasa la novedad, sino que se sostiene cuando llegan los días repetidos, las preguntas sin respuesta inmediata y las decisiones pequeñas pero determinantes.

De aquí a la Cuaresma, María puede ser para la Iglesia compañera de camino, recordándonos que seguir a Jesús no es solo estar en los momentos culminantes, sino también en los trayectos largos, donde la fe se prueba y se afina. Ella no acelera los tiempos ni fuerza los procesos: confía en que Dios actúa incluso cuando parece que nada extraordinario ocurre.

Así, el Tiempo Ordinario no es un paréntesis, sino un entrenamiento del corazón. Y María, mujer del “sí” sostenido en el tiempo, nos enseña que la santidad se teje en lo cotidiano, allí donde el Evangelio se hace carne sin aplausos, pero con verdad.

P. Glenm Gómez Álvarez

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