Inundarnos en la misericordia de Dios, es lo más extasiante que le puede suceder a cualquier hombre o mujer. En el pasaje del hijo pródigo, Jesús quiere descubrirnos la espiritualidad vista desde dos dimensiones: una la del hijo mayor, la de esclavo, pues nunca se siente hijo, sino siervo que trabaja por un salario; el menor deja sentir la espiritualidad de hijo, él se siente en la confianza de ir a donde su Padre. El primero lo hace desde el entendimiento, lo que con sus fuerzas puede deducir y entender. Llevándolo a la práctica de nuestras vidas, es lo que hemos aprendido y sabemos de Dios, que Él nos ha perdonado y lo creemos. El riesgo es que al quedarnos aquí, vamos a tener la zozobra, sabemos que Dios nos ha perdonado pero no se ha hecho realidad en la intimidad del corazón, para luego vivir el perdón en nuestro actuar.

Para comprenderlo mejor mirémoslo desde la perspectiva de San Francisco “el amor ve más que la razón. Donde está la luz del amor, las tinieblas de la razón se disipan; el amor ve, el amor es ojo, y la experiencia nos da mucho más que la reflexión”. El acercarnos como hijos con un corazón que está hecho para el amor y para recibir amor, nos lleva al perdón, que traspasa los límites de la eternidad hasta llegar a las fibras más íntimas del alma como una fuente que brota en el centro del corazón, convirtiéndose en óleo que sana las heridas causadas por el pecado a nuestro ser.

Logrando esto, el corazón experimenta la sanación, abriendo espacio para el santo temor de Dios. Es en realidad una experiencia mística, que hará que procuremos por todos los medios no ofender a Dios. Si pasamos del conocimiento que Dios nos ha perdonado, como un dato doctrinal, a la experiencia del corazón, estaremos viviendo igual que el hijo pródigo cuando regresó y fue acogido por su Padre. San Buenaventura vio en San Francisco lo que significa esta experiencia: “es la experiencia de un camino muy humilde, muy realista, día tras día; es seguir aceptando su Cruz. En esta pobreza y en esta humildad… se hace una experiencia más elevada que la que se alcanza a través de la reflexión: en ella tocamos realmente el corazón de Dios”.

Debemos ir a los brazos del Padre y descubrir la plenitud del corazón al sentirnos que en verdad somos hijos. San Agustín dice ” me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera; brillaste y resplandeciste y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspire y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti;  me tocaste, y deseé con ansia La Paz que procede de ti”, ese aroma del que habla San Agustín es la acción que produce el Espíritu Santo cuando se logra ser abrazado por la misericordia del Padre y la plenitud que se experimenta en el corazón que ve, que siente y va más allá de toda reflexión,  dejándose  abrazar por el amor que planifica los corazones de los que se sienten hijos de verdad.

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