Medjugorje – Virgen de Medjugorje

Reflexión de fray Marinko Šakota del mensaje del 25 de mayo de 2026

«¡Queridos hijos! Que este tiempo sea para ustedes un tiempo de oración y de ayuno. Hijitos, en el amor regresen a Dios que es su paz. Estoy con ustedes, hijitos, y los amo con mi ternura maternal. Gracias por haber respondido a mi llamado».

(Con aprobación eclesiástica)

1- «Que este tiempo sea para ustedes un tiempo de oración y de ayuno. Hijitos, en el amor regresen a Dios que es su paz».

Hoy todos tienen claro que el mundo está inquieto. Siempre hubo inquietud, pero hoy el peligro para la supervivencia del mundo y de la humanidad es mayor, porque el poder de las armas es mayor y porque los políticos creen que, precisamente con la ayuda de las armas, se puede alcanzar la paz. Pero olvidan una vieja verdad: que la violencia engendra violencia.

La Reina de la Paz ya desde hace cuarenta y cinco años nos muestra un camino diferente hacia la paz. Dice: «Regresen a Dios». En otras palabras: no persistan en sus propias maneras de resolver los conflictos y de buscar la paz, porque los conducen en una dirección equivocada. Solo en el regreso a Dios encontrarán la verdadera paz.

Generalmente se considera que el hombre moderno de hoy es muy avanzado. Si observamos el progreso tecnológico y científico, eso es verdad. Pero la verdadera pregunta viene después: ¿ha avanzado también el hombre mismo que desarrolló la ciencia y la tecnología? ¿Ha avanzado el hombre que maneja armas peligrosas, por ejemplo las atómicas?

Con el llamado al regreso, la Virgen nos enseña que no es avanzado aquel que, aun siendo consciente de ir en la dirección equivocada, continúa «avanzando», sino aquel que comprende que el camino que sigue es erróneo y es capaz de convertirse, de darse vuelta y regresar del camino equivocado al correcto. Solo ese es un hombre verdaderamente avanzado. Y la oración y el ayuno son caminos de conversión y de regreso a Dios.

El sentido de volver a Dios es claro: porque en Dios está la verdadera paz. Pero una palabra de la Virgen llama especialmente la atención: «Regresen a Dios con amor». ¿Por qué es tan importante para la Virgen esa expresión «con amor»? ¿Qué quiere decirnos con ella? ¿Acaso no basta simplemente con regresar a Dios?

Recordemos que junto al llamado «oren«, la Virgen siempre agrega «oren con el corazón», y junto a «ayunen» siempre piensa en «ayunen con el corazón». ¿Por qué es importante esto?

Recordemos la advertencia de Jesús: «Incluso llegará la hora en que quien los mate pensará que está sirviendo a Dios». (Jn 16, 2). Ese mata a otros y piensa que está haciendo el bien y que eso agrada a Dios. ¡Cuán lejos está de Dios! Pero el problema es que, en su ceguera, cree estar cerca de Dios, tan cerca como es posible.

Algo parecido hicieron los hermanos Santiago y Juan, hijos de Zebedeo. Cuando no los recibieron en una aldea samaritana, dijeron a Jesús: «Señor, ¿quieres que mandemos que baje fuego del cielo y los destruya?» (Lc 9, 54). ¡Destruir a quienes no estaban de su lado! Realmente cuesta creer que esas palabras salieran de los labios de los discípulos de Jesús. Pero aun así es verdad, porque evidentemente es posible escuchar a Jesús y no oírlo, mirarlo y no verlo. Viven con Jesús, están cerca de su cuerpo, pero no cerca de su corazón. Exteriormente están cerca, pero interiormente a kilómetros de sus intenciones.

Ahora entendemos por qué Jesús, citando al profeta Isaías, dijo ante esos mismos discípulos: «Bien profetizó Isaías sobre ustedes, hipócritas, cuando escribió: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Mc 7, 6).

Ahora comprendemos por qué la Virgen añade a las palabras «regresen a Dios» la expresión «con amor». Porque podemos volver a Dios solo exteriormente, pero no con amor. Podemos orar y ayunar, y aun así estar en inquietud. Podemos escuchar las palabras de Jesús: «Les dejo la paz, les doy mi paz» (Jn 14, 27), y no ser personas de paz.

El rabino Pinhas hizo a sus discípulos una pregunta aparentemente sencilla: «¿Cuándo termina la noche y comienza el día?»

«Cuando hay suficiente luz para distinguir un perro de una oveja», respondió uno.

«Cuando podemos distinguir un roble de una higuera», pensó otro.

«No», respondió el rabino Pinhas. «La noche termina y el día comienza en el momento en que somos capaces de reconocer en el rostro de cualquier ser humano a nuestro hermano o hermana. Todavía es noche si no somos capaces de hacerlo».

¿Por qué las personas, al observar la entrada de Jesús en la casa de Zaqueo, no pueden ver en Zaqueo nada más que un pecador? Porque en ellas hay noche, y en la noche no se ve o se ve muy poco. Cuando Jesús entró en la oficina de impuestos, Mateo el publicano se convirtió y luego invitó a Jesús, a los discípulos y a otros a compartir una comida. ¿Por qué los fariseos y escribas (los creyentes) no pudieron ver nada bueno en ese gesto de Jesús? Porque en ellos había noche. ¿Por qué alguien que es creyente no puede ver nada bueno ni positivo en otra persona? ¿Porque en esa otra persona no hay nada bueno, o porque hay noche en quien mira? ¿Por qué alguien, aunque sea creyente, vive insatisfecho? ¿Porque no tiene suficiente para vivir y no puede hacer nada, o porque todavía hay noche dentro de él y no ve lo que tiene, sino solamente lo que le falta? Cuando alguien que es creyente no puede perdonar, cuando está en conflicto con otra persona, ¿qué hay entonces en él sino noche?

¿Por qué para Jesús no es aceptable la oración del fariseo que rezaba en el Templo, ayunaba dos veces por semana y daba limosna? ¿No será porque en él había noche? Se consideraba justo, ¿acaso no es eso señal de que había noche en él? Y en los demás no veía nada más que pecadores. Una noche todavía más grande.

Por lo tanto, aunque oremos y ayunemos, la noche puede permanecer en el corazón. He aquí la razón por la cual la Virgen desea que oremos y ayunemos para regresar a Dios «con amor». Tener amor en el corazón significa tener luz y poder ver en cada persona a un hermano o una hermana.

La conclusión es clara: la Virgen desea que, mediante la oración y el ayuno, regresemos a Dios, fuente de la paz, pero que en ese regreso ocurra también una transformación en nuestro corazón, para que la luz expulse la noche y el amor aleje todo pensamiento, emoción y decisión oscura. Sin ese proceso interior no podemos ser personas de paz.

2- «Estoy con ustedes, hijitos, y los amo con mi ternura maternal».

Mientras nos llama a regresar a Dios con amor, la Madre no puede ayudarnos mejor ni darnos una garantía más grande que su propio ejemplo: Yo estoy con ustedes y los amo. Está con nosotros en nuestras inquietudes. Y nos ama aun cuando vivimos en la inquietud. Sus venidas a nosotros y su amor hacia nosotros nos hacen posible la paz. De ello son testigos muchísimos peregrinos de todo el mundo que llegaron a Medjugorje llevando distintas inquietudes.

He aquí el camino que debemos seguir: regresar a Dios mediante la oración y el ayuno del corazón (con amor), fuente de paz, para que también nosotros, como la Madre, podamos amar a quienes viven en la inquietud. Así se difundirá la paz: con la ayuda de la Virgen hasta nosotros y, a través de nosotros, hacia los demás.

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