El P. Marcelo Marciano dio la conferencia sobre el ayuno y la oración: “Quien ora y ayuna no teme al futuro ni tiene miedo al mal”, en la tarde del segundo día del congreso.
Durante la charla, el P. Marcelo fue directo: “La oración y el ayuno pueden detener las guerras de la incredulidad y del miedo. La oración y el ayuno nos pueden ayudar a todos a poder seguir adelante”. En un mundo atravesado por “situaciones horribles”, insistió en que no se trata de prácticas opcionales, sino de armas espirituales reales.
En síntesis, afirmó: “El ayuno nos ayuda a sanar, el ayuno nos ayuda a convertirnos, el ayuno nos purifica, el ayuno nos hace entrar en la voluntad de Dios y nos ayuda a orar con el corazón”. Y, con tono cercano, interpeló a los presentes: “¿No les dan ganas de ayunar?”. Reconoció, sin embargo, la lucha interior y las tentaciones cotidianas que muchas veces nos inclinan hacia lo más cómodo.
Para ilustrar la eficacia concreta del ayuno y la oración, compartió una experiencia vivida en Uruguay, donde las vocaciones sacerdotales son escasas. Tras la pandemia, no había ingresado ningún joven al seminario nacional, que cuenta apenas con 20 seminaristas para todo el país. En ese contexto, recordó el testimonio escuchado en Široki Brijeg, donde en un tiempo de sequía vocacional “las mamás se pusieron de acuerdo y empezaron a rezar y a ayunar para que los chicos entren al seminario”. Al año siguiente, dijo, había nuevas vocaciones.
Inspirados por ese ejemplo, organizaron en su diócesis un año de oración y ayuno por las vocaciones sacerdotales. Se hizo una lista pública para que siempre hubiera al menos una persona rezando y ayunando cada día. El resultado fue contundente: “Al otro año entraron cinco y este año entraron nueve”. La conclusión fue clara: “La oración y el ayuno rinden. ¿Qué estamos haciendo? ¿Por qué no lo usamos?”. Y añadió con fuerza: “Tenemos un arma importantísima para cambiar el corazón”.
La Santa Misa fue presidida por Mons. José Amable Durán Tineo, Obispo Auxiliar de Santo Domingo y Administrador Apostólico de la Diócesis de La Vega, quien retomó el llamado a la vigilancia y la humildad a la luz de la Palabra proclamada. Recordó que “la falta de vigilancia da paso a grandes males”, aludiendo a la figura de Salomón, que cayó por no custodiar su corazón. “La única forma de mantener el corazón puro es vigilándolo”, dijo, invitando a cuidar los sentidos: “qué veo, qué oigo, qué digo”, porque lo que entra por los sentidos “anida luego en el corazón”.
En una sociedad marcada por el ruido, la dispersión y la violencia, el obispo propuso a María como modelo de vigilancia interior: “Ella conservaba todas esas cosas en su corazón”. Frente a la cultura que idolatra la vanidad, el cristiano está llamado a mantener “los ojos fijos en el Señor”.
Al comentar el Evangelio de la mujer fenicia, destacó que la fe verdadera es “dinámica”, “audaz”, capaz de atravesar fronteras y obstáculos. Subrayó la humildad de aquella mujer que, aun siendo comparada con “perritos”, no se ofendió ni se retiró, sino que perseveró. “La obediencia exorciza a Satanás y la humildad exorciza el mal”, afirmó con claridad.
María, dijo, es el modelo supremo de esa actitud: “He aquí la esclava del Señor”. En esa expresión —explicó— ella lo arriesga todo para que se cumpla la voluntad de Dios. Por eso es temida por el demonio: porque es humilde, pequeña, obediente.
El obispo recordó también la fuerza de la intercesión y de la comunión de los santos: así como por la fe de la madre fue liberada la hija, también “la fe cuando se vive y se expresa con humildad y obediencia, abre caminos de gracia y salvación”. Y concluyó con una certeza esperanzadora: “La misericordia de Dios triunfa siempre”.
Finalmente, invitó a confiar en los “refugios seguros”: el Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María. “Que la Reina de la Paz ruegue por nosotros”, repitió, terminando su homilia que dejó resonando en el corazón el llamado a vivir la fe con decisión, humildad y perseverancia.
