Medjugorje – Virgen de Medjugorje

La Cuaresma: Caminar con María hacia la Pascua

La Cuaresma no es simplemente un tiempo litúrgico fuerte orientado a la celebración del Misterio Pascual; es un camino interior y una experiencia espiritual de conversión. Camino de cuarenta etapas (jornadas) que nos conduce desde el desierto hasta la Resurrección a través de la penitencia (oración, ayuno, caridad) y la conversión (la vuelta del corazón a Dios).

Su estructura simbólica (cuarenta días) evoca una pedagogía divina del desierto: los 40 años de Israel en el desierto (cf. Dt 8,2); los 40 días de Moisés en el Sinaí (cf. Ex 34,28); los 40 días de Elías en camino al Horeb (cf. 1 Rey 19,8); los 40 días de Jesús en el desierto (cf. Mt 4,1-11).

La Cuaresma comienza en el silencio del Miércoles de Ceniza (este año 2026 el 18 de febrero) y culmina en el Solemne Triduo Pascual de la Pasión, Muerte, Sepultura y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, Unigénito de Dios y de María Virgen.

Desde una perspectiva teológica, la Cuaresma puede entenderse como participación sacramental en el éxodo pascual de Cristo: muerte al pecado y vida nueva en la gracia (cf. Rom 6, 3-11).

Este camino de conversión y penitencia no lo recorremos solos. En este itinerario cuaresmal nos acompaña Nuestra Madre la Santísima Virgen María, no como elemento devocional accesorio, sino como categoría teológica: María como primera discípula e imagen del discípulo perfecto y figura de la Iglesia peregrina.

Toda su vida fue una preparación pascual. En el momento de la Anunciación (cf. Lc 1,26-38); María responde: “Hágase en Mí”. Con su abandono en la Voluntad del Padre, comienza su camino de fe. Es Su primer “sí” que inaugura el camino. San Lucas nos presenta, de esta suerte, a María como paradigma de la fe obediencial. Su fiat (“hágase”) inaugura la Encarnación y constituye un acto libre de cooperación en la economía salvífica.

San Ireneo afirma que María es la nueva Eva porque desata con su obediencia el nudo de la desobediencia original de Eva. María coopera, así, en la obra de la Redención mediante la obediencia (Adversus Haereses III,22,4). Su fe obediencial inaugura un nuevo comienzo para la humanidad.

La Cuaresma también es un “hágase”; un “Aquí estoy Señor para cumplir tu Voluntad”; un “Confío en Ti, Señor”. María nos enseña que la conversión comienza con un sí confiado, incluso cuando no lo entendemos todo. Un sí mantenido en todo momento, en cada circunstancia.

En clave cuaresmal, el fiat mariano se convierte en ejemplo y modelo de conversión: la aceptación radical del designio divino incluso cuando desborda la comprensión humana.

Es bueno que nos preguntemos, cuando vamos a comenzar este camino cuaresmal: ¿en qué aspecto de mi vida me está pidiendo Dios un “sí” esta Cuaresma?

El Evangelio nos dice que María “conservaba todas estas cosas y las meditaba en Su Corazón” (cf. Lc 2,19). También la Cuaresma nos invita a nosotros al silencio interior, a adentrarnos en el desierto como Jesús. Para ello será necesario reducir tanto ruido como nos rodea; escuchar más a Dios, leer (al menos) los Evangelios y orar más y con mayor profundidad.

María es modelo de recogimiento y vida interior, de silencio y oración. Podemos estos días cuaresmales rezar con Ella el Rosario pidiendo a Dios la conversión del corazón; dedicar un tiempo diario de silencio ante el Señor Sacramentado realmente presente en todos los Sagrarios; meditar en la Pasión de Cristo, rezar el Viacrucis, al menos, los viernes.

María en el Magnificat (cf. Lc 1,46-55), en su profunda humildad y pobreza, reconoce y alaba la grandeza de Dios y la primacía absoluta de la gracia. Desde esta perspectiva, la Cuaresma vivida y practicada con rigurosidad es pedagogía de pobreza espiritual: desapropiación del yo y descentración de sí mismo para magnificar la acción divina y poner a Dios en el primer lugar.

San Ambrosio afirma: “Que el alma de María esté en cada uno para magnificar al Señor”.
La Cuaresma nos invita, de este modo, a reconocer nuestra pequeñez; agradecer a Dios Sus Dones, y confiar en su misericordia y providencia.

Pero, es sobre todo al pie de la Cruz, donde descubrimos la gran escuela de la Cuaresma. En efecto, en el Calvario (Jn 19,25), María permanece. Mientras muchos huyen (incluso los apóstoles), Ella está. Permanece María, silenciosa y digna, -como una Mártir, como una Reina-, compartiendo cada dolor y sufrimiento (físico, moral, espiritual) de Su Hijo Crucificado. De esta suerte, San Juan Pablo II habló del “martirio del corazón” de María y los Padres de la Iglesia la llaman “Reina de los Mártires”.

Al meditar, durante la Cuaresma, en la Pasión de Jesús y en la Compasión de María contemplamos en Su Corazón Doloroso e Inmaculado: la fe en la más densa oscuridad; la esperanza contra toda esperanza (sin seguridades ni evidencias); el amor que no retrocede, ni ante la violencia infame ni el odio satánico.

La Cuaresma nos prepara, de este modo, para vivir y celebrar con fruto el Viernes Santo que inaugura el Triduo Pascual. Y allí encontramos a Nuestra Madre María sufriendo, ofreciendo y amando hasta el extremo. Participando, así, en la Pasión de Su Hijo, como corredentora, María nos enseña que la fidelidad en el dolor es semilla de resurrección. De esta suerte, la Cuaresma nos prepara para esta experiencia: cuando la oración parece estéril; cuando el sacrificio duele y pesa; cuando la cruz se hace personal, permanecemos confiados (como María) en la fe segura y la esperanza cierta (en contra de cualquier evidencia contraria).

El Papa San Juan Pablo II decía que María vivió una “Cuaresma permanente” junto a Su Hijo”.

Nuestro itinerario cuaresmal nos preparará, también, para vivir el día más denso y oscuro de la fe: el Sábado Santo. Existe una dimensión profundamente cuaresmal en el Sábado Santo. Es el día del silencio de Dios. En ese momento, la tradición contempla a María como la única que mantuvo viva la esperanza contra toda esperanza: cuando todo parecía acabado, Ella conserva intacta la fe (la pura confianza) en la promesa. Ella representa la Iglesia en estado de pura esperanza. María es, así, figura de la Iglesia que conserva la fe y la esperanza en ausencia de signos.

Sí, María nos enseña a esperar. Ella vivió como nadie el dolor del Viernes Santo, pero también la esperanza de la Resurrección. Porque la Cuaresma no termina en la Cruz, sino en la luz de la Resurrección. Por eso, la llamamos Cruz Redentora, Luminosa, Gloriosa.

Por eso, María es (especialmente el Sábado Santo) figura de la Iglesia: representa a la Iglesia que espera con esperanza la resurrección. Así como Ella esperó en profundo silencio y ardiente oración el cumplimiento de la promesa de Su Hijo, la Iglesia espera durante la Vigilia Pascual, en la oscuridad y la contemplación de la Escritura, hasta que proclama, transida de júbilo: “¡Cristo ha resucitado!”.

Al final de este camino cuaresmal, en la Vigilia Pascual, cuando la Iglesia enciende y bendice el fuego nuevo y la luz rompe la noche, podemos imaginar a María como la única llama silenciosa que nunca se extinguió. Mientras todo parecía derrota, en Ella ardía la certeza del triunfo de su Hijo, de la victoria de Dios.

Y, de esta suerte, María nos enseña a esperar contra toda esperanza; a creer en medio de las tinieblas, cuando no vemos; a confiar cuando todo parece perdido. Por eso en nuestras propias noches (cuando el dolor nos visita, cuando la incertidumbre nos rodea, cuando el silencio de Dios nos inquieta) podemos mirar a María. Ella sabe lo que es esperar en la más densa oscuridad, lo que es mantener la fe sin señal visible alguna. Ella sabe que Dios lo puede todo y cumple siempre Sus promesas.

Y así, cuando en la próxima Vigilia Pascual resuene el jubiloso canto del Aleluya, comprenderemos que la esperanza que María custodió en silencio y soledad, estalla ahora en luz y gracia para el mundo entero.

Tanto en Fátima como en Medjugorje la Virgen nos recuerda la importancia y urgencia de la conversión, la penitencia, el sacrificio y la oración: Mensajes profundamente cuaresmales. También nos recuerda, especialmente en Medjugorje la necesidad de la confesión frecuente (al menos mensual). Es bueno, justo y necesario, acudir (especialmente durante la Cuaresma) al sacramento de la Reconciliación.

De esta suerte, la Virgen María ilumina, también, las tres prácticas cuaresmales por excelencia:

1) La Oración: escuela del silencio, de la escucha, del diálogo confiado y amoroso.

El Evangelio según San Juan nos presenta a María en Caná (2, 1-11) y al pie de la Cruz (19,25-27). En ambos textos, su actitud es profundamente contemplativa e intercesora. Ella observa, intercede y confía.

Lucas subraya que María “guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón” (2,19). La tradición patrística ha visto en esta actitud de María el modelo de la Iglesia orante, del alma contemplativa.

Vivir la oración en Cuaresma implica: crear espacios de silencio; practicar la lectio divina;
rezar el Rosario (sobre todo los Misterios de dolor) y el Viacrucis (meditando la Pasión).

2) El Ayuno: kenosis (profunda humildad) y despojamiento interior (vaciamiento de sí). El ayuno verdadero no es solo alimenticio; es, esencialmente, ayuno del pecado: ayuno de orgullo y vanidad; ayuno de calumnias y palabras hirientes; ayuno de indiferencia (ante las necesidades ajenas). Cada uno sabe bien de qué puede ayunar, privarse, ofrecer por amor al Señor.

María vivió toda su vida en el desprendimiento más radical: aceptó la extrema pobreza de Belén;
huyó a Egipto viviendo en el exilio, y, luego, vida oculta en Nazaret sin privilegios.

El verdadero ayuno es, de esta suerte, confiar ciegamente y depender totalmente de Dios. María vivió siempre en humildad, sencillez y pobreza.

Y, con total seguridad, como practicaban los judíos fieles, también Ella ayunó dos días a la semana (lunes y jueves, siguiendo la tradición de Israel). Por eso nos pide en Medjugorje (salvo que estemos enfermos) que ayunemos dos días a la semana (miércoles y viernes) a pan y agua (el ayuno mejor). Ella, como Su Hijo (recordad la proclamación de las Bienaventuranzas) no nos propone nada que Ella antes no cumpla y viva. Saber que Ella cumplió, practicó y vivió, el ayuno nos ayudará a seguir su llamado. Si aún no lo practicas, podrías empezar esta Cuaresma (y practicarlo, al menos, durante este tiempo cuaresmal).

De otra suerte, San Agustín enseñaba que el ayuno es fecundo cuando se une a la caridad.

3) La Caridad: la limosna.

En el segundo Misterio de Gozo contemplamos cómo María acude presurosa a ayudar a su pariente Isabel (cf. Lc 1,39-45).

La Cuaresma nos llama a no encerrarnos en prácticas individuales sino a abrirnos al hermano. El Evangelio según San Mateo (cf. 25,35-40) nos recuerda que Cristo se identifica con el necesitado en quien quiere ser reconocido, amado y servido. En el camino cuaresmal con María hemos de aprender y practicar las obras de misericordia. La auténtica conversión siempre se traduce en servicio a Dios y al prójimo.

En conclusión: María no es un añadido sentimental a la Cuaresma. Ella es la primera redimida, la primera creyente (discípula perfecta), la primera asociada (de forma singular) al Sacrificio Redentor, y, por tanto, la primera Corredentora (todos podemos serlo si unimos nuestros sacrificios y dolores a la Cruz del Señor, completando, así -como dice San Pablo-, Su Pasión); y, finalmente, por Su Asunción al cielo en cuerpo y alma, es modelo escatológico de la Iglesia redimida y purificada. En Ella contemplamos el fruto perfecto del Misterio Pascual y al mirarla, comprendemos lo que estamos llamados a ser.

Caminar con María hacia la Pascua supone aprender a decir “sí”; permanecer al pie de la cruz; guardar esperanza en el silencio; creer que el amor vence siempre al odio y la vida a la muerte.

Si caminamos con María nuestra oración será más íntima y profunda; nuestro sacrificio, más pronto y generoso; nuestra caridad, más dinámica y ardiente; nuestra esperanza, más firme y cierta.
Que esta Cuaresma no sea una costumbre anual, sino un verdadero éxodo interior. Que, caminando tomados de la mano de la Virgen la vivamos como Ella, con Ella, con humildad, fe y amor.
María, Madre del Crucificado y del Resucitado, nos enseñe a atravesar, con Ella, el desierto cuaresmal para celebrar con fruto el Misterio Pascual y llegar a la gloria de la resurrección.

Francisco José Cortes Blasco

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