Os ruego que entreguéis al Señor todo vuestro pasado, todo el mal que se ha acumulado en vuestros corazones. (25/02/87)
Tengo un libro en mi pequeña biblioteca titulado “Imitación de Cristo”. Lo escribió Tomás de Kempis, un monje agustino de origen Alemán que moraba el siglo XV. Es un clásico de la literatura espiritual católica, un libro muy conocido. Se ha traducido a muchos idiomas, se han tirado muchas ediciones, se ha citado miles y miles de veces por acá y por allá. Santa Teresita del Niño Jesús se sabía de memoria muchos de sus pasajes; y san Josemaría Escrivá de Balaguer recomendaba fervientemente su lectura. Yo lo tengo en una edición de pasta dura que compré hace unos años en uno de mis viajes a Medjugorje. Las otras ediciones que tenía en casa las regalé, le di uno a mi amiga Amparo, a quien dirijo desde hace tiempo; y otro a un amigo cuyo nombre, en este momento, no recuerdo. Han pasado los siglos y sin embargo sus palabras siguen vigentes.
Hoy lo he tomado de la estantería, y lo he puesto en mis manos, he acariciado su lomo color corintio y lo he abierto al azar por la página 247, para ver hacia donde el Señor quería guiar estas líneas, este artículo, estas palabras. He leído la siguiente frase: “Examínate mejor y verás que aún vive en ti el amor del mundo, y el vano deseo de agradar a los hombres”. He meditado un poco estas palabras en el silencio de la noche y he cerrado el libro para seguir escribiendo. Pienso que todo el progreso de nuestra vida espiritual depende precisamente de examinarnos cada vez mejor, de ver cada vez con más claridad los pequeños detalles de nuestro amor fallido. Y pienso que en todo esto debe haber algo de don.
Hace once años, por ejemplo, poco antes de casarme, durante el cursillo prematrimonial que mi mujer y yo hicimos en Majadahonda, el padre Manuel nos invitó a confesarnos. Por aquel entonces llevaba casi 20 años sin pisar una iglesia y la verdad no me apetecía mucho. Pero acepté la propuesta. Aunque formaba parte del número de los alejados, no soportaba la idea de casarme ante Dios sin pedirle perdón, como tampoco me imaginaba asistiendo a mi propia boda sin recibir el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Aquella confesión duró un relámpago. Después de tantos años solo me vinieron un par de pecados a la cabeza. Y de esos dos pecados me confesé de uno. El otro, que era un pecado de juventud, por haberme ido a vivir con una chica cuando tenía veinte años, no lo veía como pecado, sino como un acto romántico de amor. Así se lo dije al confesor, le aclaré que no podía falsificar mi conciencia ante Dios y tomar como pecado lo que claramente mi conciencia me decía que no lo era. No sentía ningún tipo de remordimiento en este punto y zanjé la conversación sentenciando: “mire, la iglesia se equivoca en este punto”.
Por supuesto que con los años comprendí lo equivocado que estaba en esta materia, la soberbia actitud con la que me desenvolvía, y la oscuridad que entonces acusaba mi conciencia. ¡Estaba tan ciego…! La luz sin embargo no vino de un día para otro, llevó su tiempo. Mi ser se abría a la verdad como una amanecer lentamente al paisaje. Siempre la claridad viene del cielo. Con los años fui comprendiendo las cosas en su justa medida. Crecía en fe y al mismo tiempo en claridad y poco a poco fui conformando mi conciencia con el catecismo de la Iglesia, que era el punto donde el Espíritu Santo siempre me llevaba. No de manera forzada ni violenta, sino por medio de esa dulce seda de sus manos.
Pronto comprendí lo que había pasado con todo ese lastre de pecado que había acumulado durante tantos años fuera de la iglesia y que aquel día no aparecieron por ningún rincón de mi conciencia. Lo comprendí claramente cuando, por indicación de mi director espiritual, comencé a leer el catecismo. De entre los muchos artículos que tengo subrayados en amarillo fluorescente, está el número 1865 que enseña algo que cuando lo leí me pareció revelador: que el pecado oscurece la conciencia, y que, más aún, la repetición del pecado ciega. Jamás en la vida podría haberme imaginado una idea tan luminosa, sino fuera porque aquellas páginas vinieron a dar razón de lo que me había estado pasando. Al comprender la potencia cegadora del pecado comprendí la escasez de mi primera confesión, y con ello la herida que el pecado me había causado por dentro, justo allí donde residen las potencias del alma. Había dañado mi afectividad, mi entendimiento, mi memoria, mi imaginación, mi conciencia, también mi voluntad. Eran heridas que no se podían percibir con los ojos pero que sin embargo estaban ahí dejándose sentir en lo invisible de mis rasgos de carácter. El pecado se me reveló como una bomba de profundidad.
Había que sanarse de todo eso. Pero el Espíritu Santo necesita tiempo para recomponer la situación y nosotros, tiempo para cicatrizar nuestras las heridas. A medida que el Espíritu me purificaba, me iba mostrando los pequeños detalles de las constantes faltas en que incurría cada día. El Espíritu hilaba cada vez más fino, primero con unas cosas, luego con otras, luego pasa a otras, y así con mucha paciencia purificaba la boca, las manos, el vientre, los genitales, los ojos, los pies. Él no invita a poner el cincel aquí y allá, a lijar asperezas, a escoger las palabras, a endulzar el tono, a adecentar nuestra manera de vestir, los gustos, a ser más delicados en el trato, a abandonar la ironía y los dobles sentidos que antaño acostumbrábamos; como si con todo eso estuviera removiendo los ingredientes de un gran sancocho que cuece a fuego lento para entregar al prójimo un cazo de nuestro mejor sabor.
Todo se daba desde el conocimiento de uno mismo, que es también un conocimiento dado por el Espíritu. Allí comienza nuestra purificación. El Espíritu nos revela la belleza del rostro de Jesucristo (que nos habita) en contraposición con la fealdad de nuestro propio rostro. No nos muestra el rostro de Jesucristo directamente, sino en contraposición a nuestro propio rostro. Efectivamente, el conocimiento de uno mismo antecede al conocimiento de Dios. Porque el conocimiento de uno mismo es el que nos moldea para hacernos recipientes del conocimiento de Dios. Ello sin olvidar que el Espíritu esculpe el bloque de piedra con nuestra colaboración.
Así fue como llegué al papelito que titula este artículo, como quien llega a lo alto de un monte para contemplar el horizonte de la santidad a la que está llamado. Un día un monje trapense del monasterio de Dueñas puso en mis manos las Obras Completas del hermano san Rafael Arnáiz. Gracias a ello pude leer “Mi cuaderno”, “Dios y mi alma”, e “Impresiones de la Trapa”, textos llenos de profundidad y ternura, bien escritos y plagados de luces. Un día llevado por la curiosidad me desplacé hasta la última página de aquel mamotreto para ver qué decía. El libro concluye con una nota redactada por uno de sus hermanos trapenses. La nota informaba que poco después de morir el hermano Rafael, (murió el 26 de abril de 1938), encontraron un papelito en uno de los bolsillos de su túnica blanca. En ese papelito el hermano Rafael tenía escrito un breve examen de conciencia de diecisiete lineas que contaban los pecados veniales con los que, andaba bregando. Su lectura me edificó mucho. Creo que no hay mejor manera de acabar un libro. Nada como este papelito para explicar cómo hacer un buen examen de conciencia, y cómo calibrar las pequeñas acciones de nuestra vida cotidiana.
Yo confesé un pecado después de haberme pasado 20 años sin pisar una iglesia, un solo pecado; el hermano Rafael, con este papelito, recopilaba todo un manojo de pequeñas faltas que daban testimonio de la potente luz con que enfrentaba la batalla contra sí mismo; a través de un examen que pone de manifiesto el espesor de la lupa con la que observaba sus acciones y la precisión con la que medía la realidad. Era la lupa que Espíritu Santo ponía en su conciencia.
A mí el papelito me ayudó mucho a enfocar mi atención en todos esos pequeños detalles que generalmente pasaba por alto. Ahora cada vez que me dispongo a hacer un examen de conciencia, me acuerdo del papelito y su detalle minucioso. Y no solo a la hora de hacer el examen de conciencia, también en el lento devenir de las horas que me acontecen. Así es como el Espíritu aumenta la precisión de nuestras lentes. La perfección de la escultura requiere ajustes milimétricos, golpes medidos de cincel, paciencia, martillo y precisión. Si alguna vez nos preguntamos cómo son estos ajustes que hacían los santos, el papelito responde a nuestras dudas:
Subir escalera golpeando pies. [Tachado]
No hacer el saludo en Capítulo. [Tachado]
Volver cabeza durante Misa. [Tachado]
Señas durante el gran silencio. [Tachado]
Correr sin respeto [en] la iglesia. [Tachado]
Señas habladas con un profeso. [Tachado]
No obedecer inmediatamente campana. [Tachado]
Equivocarme Coro, no hacer postración. [Tachado]
Dar muestras externas de impaciencia. [Tachado]
Perder tiempo trabajo. [Tachado]
Perder tiempo mirar ventanas. [Tachado]
Perder tiempo intervalos. [Tachado]
Accionar exageradamente como seglar. [Tachado]
Descuidado con el cuarto de la enfermería.
Hablar sin necesidad.
Descuidado en hacer ruidos en la escalera y con las puertas.
Distraerme en el Coro y no hacer a punto las inclinaciones.
