Medjugorje – Virgen de Medjugorje

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8)

Paz y Bien

En estos días en los que somos convocados a contemplar y vivir, en la comunión de Fe y Gracia, el misterio de la Resurrección de Cristo, nuestro Señor, e injertados en su cuerpo por el Bautismo, llamados para ser testigos de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, el Señor llamó a mi Madre, Carmen Catalina, a la casa del Padre, luego de largos años de perseverancia en la gracia, de fidelidad a su vocación y de camino de Cruz por las duras enfermedades que le tocó abrazar, siempre mirando a Cristo que abraza por nosotros la Cruz, y nos sostiene con la Eucaristía, sustento y vida celestial para quienes peregrinan en la tierra.

Se hizo evidente, por gestos y decisiones que mi Madre fue tomando, que se preparó adecuadamente para este momento.

Fue constante en caminar como fiel católica, por la ruta de la vocación del matrimonio y la vida cristiana, tratando de vivir según la experiencia de Santa Teresa de Jesús y los planteamientos de San Francisco de Sales, pero fue la Virgen Santísima en la Escuela de Santidad de Medjugorje, como Reina de la Paz, quien forjó su corazón de esposa y madre en los últimos 20 años de su vida.

Por lo que mi Madre contó con los auxilios para comprender, enfrentar y tratar el tema de la muerte, según los principios católicos, con esperanza, modestia de vida y responsabilidad.

Todo le permitió permanecer en paz, esperando la llamada del Señor en los brazos de la Gospa, que la iluminaba con sus mensajes:

Mensaje, 27 de noviembre de 1986

“¡Queridos hijos! También hoy los invito a consagrarme sus vidas con amor, a fin de que Yo pueda guiarlos en el amor. Yo los amo, queridos hijos, con un amor especial y deseo conducirlos a todos al Cielo con Dios. Yo deseo que ustedes comprendan que esta vida dura poco en comparación con la del Cielo. Por tanto, queridos hijos, decídanse hoy nuevamente por Dios. Sólo así podré mostrarles cuánto los amo y cuánto deseo que todos ustedes sean salvados y estén Conmigo en el Cielo. Gracias por haber respondido a mi llamado!”

Acaba de hacer la siguiente reflexión el Santo Padre S. S. León XIV:

«¿Por qué la enfermedad? ¿Por qué el sufrimiento? ¿Por qué la muerte? Ante estas preguntas, incluso los creyentes a veces vacilan, llegando a experimentar la confusión, incluso la desesperación y la rebelión contra Dios.

A la luz de la fe sabemos, en cambio, que el dolor y la enfermedad pueden hacer a la persona más sabia y madura, ayudándola a discernir en su propia vida lo que no es esencial para volverse o regresar al Señor.»

(Mensaje del Santo Padre a la Pontificia Comisión Bíblica del 13 de abril de 2026)

En este sentido, la misma fe y el necesario auxilio de la gracia no abandonan a la familia en la ruta del dolor y la partida de un ser amado. Por la acción del Espíritu Santo podemos ser liberados de la tentación del orgullo y la tristeza, pues el Señor tiene siempre disponible la fuente inagotable de su Corazón Misericordioso, de la que toda alma puede pedir la abundancia del consuelo del amor divino y humano, que se derrama en las almas que aceptan la ruta de la humildad y la recta intención, como camino seguro en circunstancias tormentosas.

La Reina de la Paz nos ha conservado en la tranquilidad y la confianza, seguros del reencuentro en el Reinado de los Sagrados Corazones. Nuestras lágrimas han sido más de gratitud y devoto afecto a una madre que solo quiso seguir el ejemplo de la Madre del Señor.

La Fe es riqueza verdadera que quita toda ceguera. Por eso nuestra experiencia, que es gracia y no mérito nuestro, nos alienta para recomendar y no dejar para mañana, ni la conversión propia, ni el cuidado de las virtudes teologales, sin las cuales, la vida se hace drama y desesperación.

No debe sorprender por eso enfrentar en paz la muerte, sino más bien nos debe preocupar la falta de esperanza y anhelo del cielo, que es nuestra verdadera patria.

Mi Madre se regocijaba con las palabras de Santa Teresita del Niño Jesús a su querido hermano:

“Quisiera decirle, querido hermanito, un montón de cosas que comprendo ahora que estoy a las puertas de la eternidad. Pero no muero: entro en la vida, y todo lo que no puedo decirle aquí abajo se lo haré entender desde lo alto de los cielos… Hasta Dios, hermanito, rece por su hermanita que le dice: Hasta pronto, ¡hasta vernos en el cielo…!”

(Carta, 9 de junio de 1897)

Agradezco la compañía de la Iglesia en mi Obispo y hermanos sacerdotes, a mis hermanos su testimonio y fidelidad, a la Parroquia de Pirque y a mis amigos por su constante oración, y de un modo especial a mi familia Medjugoriana, de Iberoamérica e Italia, pues han velado y nos han acompañado hora tras hora, con su oración y cercanía en nuestro caminar, junto al Sagrario y el Rosario, donde gustamos del cielo, mientras peregrinamos en la tierra.

De un modo especial a mis hermanos sacerdotes de la Reina de la Paz: Padre Israel del Niño Jesús, Padre Francesco Ricci, Padre Luis Barrientos, Rodolfo de la Cruz y Carlos Campos, por su generosidad fraterna y sacerdotal.

María Santísima Reina de la Paz

Ruega por nosotros y la paz del mundo entero.

Bendiciones a cada uno

Atte. Padre Patricio Romero

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