
La ida fue muy cansada. Salimos con cinco horas de retraso debido a la tormenta, más doce horas de vuelo hasta Guatemala. Allí se hace una escala técnica, pero te hacen bajar y subir de nuevo al mismo avión.
De pronto, al salir del avión —no del aeropuerto—, veo a una chica uniformada, tipo seguridad, con un cartel con mi nombre. Me pide que describa mi maleta, habla con otra persona y, por protocolo, me sacan del aeropuerto por la misma zona por donde sacan a las autoridades del país. Afuera me espera Jorge, un salvadoreño divertidísimo, en un coche enorme, un pickup que parecía una nave espacial. Luego llegan Rosita, pionera de Medjugorje en El Salvador, y Camila, alma mater del Centro Medjugorje en El Salvador.
Me dejaron en el hotel a la una de la madrugada. Veinticuatro horas de viaje desde que salí de casa. Y a las cinco y media ya me recogían para ir a Santa Ana, a una hora y media de San Salvador, a la Universidad Católica. Allí di un breve testimonio a un grupo importante de universitarios y después tuvimos un buen rato de adoración. Comimos en un lugar espectacular, un restaurante a la orilla de un lago formado en el cráter de un volcán. Por la tarde hubo misa, rosario y testimonio. Nos invitaron a cenar pupusas, plato típico salvadoreño, y volvimos a San Salvador.
Al llegar al hotel estaba agotado, pero feliz. El equipo de trabajo de Camila y del Centro Medjugorje es genial. Un grupo de mujeres amables, siempre dispuestas y muy efectivas. Buenas en lo que hacen. Algunas con historias de vida durísimas y, aun así, siempre alegres, siempre guapas, siempre disponibles, sacrificando los mejores lugares y los mejores tiempos al servicio de los demás. En este caso, al mío.
Pude dormir, por fin, más de seis horas.
El viernes fue un día largo, muy largo, pero lleno. De esos que no te dan tregua y, aun así, no querrías que acabaran antes.
A las nueve de la mañana empezó todo con la entrevista en Líos, Milagros y Café. Fue con Katia Carranza, una periodista salvadoreña muy conocida allí, con una comunidad enorme en redes. Desde el primer momento me sentí cómodo. No era una entrevista al uso, era un podcast bien hecho, cuidado, con fondo. Disfruté muchísimo. De hecho, ha sido de las entrevistas que más me han gustado en mi vida. Se notaba que Katia estaba muy preparada, que sabía de lo que hablaba, que había leído, escuchado, entendido. Y, sobre todo, se notaba el respeto. Ese deseo sincero de conocer al entrevistado, no de lucirse ella ni de forzar respuestas. Algo que no siempre sucede y que se agradece mucho. Cuando alguien te escucha de verdad, uno baja la guardia sin darse cuenta.
Con Katia me esperaban, además, tres regalos inesperados. El primero fue casi de película: nació exactamente el mismo día que yo, el 24 de mayo de 1977. Cuando Katia me lo dijo, la miré con sorpresa y risa. Hay coincidencias que no explican nada, pero lo dicen todo, y crean una complicidad inmediata, como si el camino ya viniera trazado de antes.
El segundo regalo fue un paquete de café salvadoreño. Me apasiona el café. De hecho, cuando voy a estos viajes, los regalos que más me gustan son siempre los mismos: camisetas de fútbol de equipos locales —ahí Buenos Aires y Montevideo la sacaron del estadio, con ocho camisetas para mí, mi mujer y mis seis hijos, de Boca y de Peñarol—, café del lugar, siempre que sea bueno, o ron, también del lugar. No necesito más. Son cosas sencillas, pero llenas de tierra y de historia. Y este café lo era. Un regalo pensado, no de compromiso.
El tercer regalo fue quizá el más bonito. Katia me contó que viaja a Medjugorje el 8 de marzo. Yo llego el día 7 para comenzar un Ahavá Experience que se extenderá hasta el día 12. Así que coincidiremos allí. Pensar que podré darle un abrazo de nuevo, en ese lugar, a esta mujer absolutamente enamorada de la Virgen, con la que me sentí tan cómodo y con la que nos comunicamos tan bien, me llenó de una alegría serena. A veces Dios te regala entrevistas. Otras veces, encuentros. Y, de vez en cuando, la certeza de que algunos vínculos no son casuales, sino promesas que se retoman más adelante.
A las diez y media llegó la entrevista con Lumen. Fue en el jardín de una casa maravillosa, en lo alto de San Salvador, con unas vistas espectaculares desde las que se veía toda la ciudad. Enfrente, el volcán que da nombre a la ciudad. Impetuoso. Vigilante. A lo lejos, otras cumbres volcánicas daban al lugar un aire entre exótico y majestuoso, y al mismo tiempo profundamente bello e inquietante.
La entrevista me la hizo Anaís, en un video podcast mucho más informal, buscando sentimientos escondidos, anécdotas no contadas, impresiones a flor de piel. Y fue una delicia. Anaís es una mujer muy sensible a lo espiritual, con una historia de búsqueda preciosa que me recordó a la de tantos amigos que he conocido en idas y venidas a Medjugorje. Hay un lenguaje común que se reconoce enseguida.
Al mediodía, por fin, comer. El cuerpo empieza a pasar factura. Comer juntos es algo más que comer. Es compartir, reírse, bajar pulsaciones. En El Salvador la mesa tiene algo de refugio.
Por la tarde, en el Edificio Fusades, llegó el momento fuerte. A las seis y media, el rosario. Rezado despacio, con mucha gente, con atención real. No era un rosario por cumplir, era un rosario necesitado. Eso se notaba.
A las siete, el testimonio público. Ahí no hay guion. Solo contar lo vivido, lo sufrido, lo salvado. Siempre pienso que, si Dios no actúa, esto no sirve de nada. Y, sin embargo, algo pasa. Se ve en las miradas, en los silencios, en las lágrimas contenidas.
Después, la firma de libros. Personas que se acercan, te dan las gracias, te cuentan algo de su vida en dos frases, te piden una dedicatoria como quien pide una oración. Y tú piensas: «Si supieran lo poco que soy…».
Ese viernes pude reencontrarme con dos viejos amigos: Marina y Rodrigo, salvadoreños. A ellos los conocí hace doce años en Magdala, en Tierra Santa. Vivimos allí un mes trabajando en el libro del proyecto Magdala. Fue una de las experiencias más bonitas de mi vida. Volverles a ver doce años después fue un viaje en el tiempo.
Cenamos en un lugar espectacular, junto con Jorge, marido de Rosita, unos amigos guatemaltecos y algunas personas más. Y allí ocurrió uno de esos guiños de la Virgen. Los rosarios regalados para el testimonio los había hecho a mano una chica que no pudo venir porque ese mismo viernes se casaba. Por la mañana le dije a Camila, medio en broma, que lo que había que hacer era ir a la boda. Al salir del restaurante, ¿con quién me cruzo en la puerta? Con la novia. Camila no sabía que celebraba allí su boda. Ella me miró como si viera una aparición. La abracé, la felicité y le di las gracias por esos rosarios que llevarán tantas oraciones al cielo.
El sábado llegó el plato fuerte. Comenzábamos Ahavá Experience. Como dijo una de las mujeres que lo ha vivido: «Ahavá no es un retiro al uso, sino una experiencia vivida y compartida del amor profundo de Dios».
Estas experiencias no se pueden explicar. Se pueden vivir y luego se pueden testimoniar. Pero explicar, no. La gracia que Dios regala aquí es inexplicable.
Ahavá Experience nació como un libro. Mi directora espiritual me dijo que lo que yo escribía, contado de viva voz, transmitía mucho más. Cuando hablo del amor que tocó mi corazón en mi primer viaje a Medjugorje, hace casi veinte años, me desbordo. Las palabras vienen más rápido de lo que puedo decirlas. Mi boca es lenta. Como dice el Libro de la Sabiduría, este cuerpo terrenal oprime el alma. Y al final somos instrumentos inútiles que Dios usa sin merecerlo.
Ahavá tiene una semilla: Medjugorje, año 2006. Las enseñanzas del padre Jozo. Si hablo de maestros espirituales, él es el hombre de mi vida. Hice su retiro dos veces. La primera, en 2006, cambió todo: mi pasado, mi presente y los cimientos de mi futuro.
Los hijos de la Gospa vivimos años muy duros, con viento en contra, con hostilidad. Hoy hablar de Medjugorje es hacerlo con el viento a favor. Entonces no. La tensión acumulada hizo que, en no pocas ocasiones, nos hiriéramos entre nosotros. Yo pido perdón. A todos.
El domingo terminamos Ahavá Experience. Ciento cincuenta personas. El más numeroso hasta ahora. Un derroche de amor, de alegría, de ilusión. Muchos llegaron heridos, con miradas grises. Me recuerdan a Agar, abandonada en el desierto. Dios oyó su llanto. Y Agar le puso un nombre a Dios: el Dios que me ve. Ese es el Dios de Ahavá. El que con amor eterno te ama (Jeremías 31,3).
Ver cómo los rostros se transforman, cómo aparece una sonrisa que no sabían que tenían, cómo vuelve la luz a los ojos… eso no se puede explicar. Solo agradecer.
Agradecer también a María, mi mujer. Ella pone más que yo. Se queda en casa con seis hijos mientras yo voy por el mundo contando que Dios es verdad, que Dios es amor, que la vida puede ser alegre incluso en medio del dolor. Este año, además, ese agradecimiento se hace más consciente, porque viviré siete Ahavá Experience en Medjugorje y uno más en Tierra Santa, en Magdala, como celebración agradecida de los veinte años de aquel primer sí.
El lunes volví a casa. Rutina. Cenas, baños, pañales, cuentos. Allí donde Dios me quiere ahora.
Gracias, Rosita, pionera incansable. Forma de parte de ee comando de la Gospa que fue abriendo caminos imposibles en tiempos muy complicados. Me acuerdo de Margarita Cazorla, Charo Lafita, Mary Fernandez, Adela Siman, Ivette Pacheco, y tantas otras. Estas mujeres merecen un monumento en la explanada detrás de la parroquia. A las pioneras. Ellas han sido las manos de la Virgen por todo el mundo. Gracias, también a Camila, mis ojos, mis manos y mi cabeza en El Salvador. Gracias por tu entrega fiel.
Y gracias, Luis Siman. Nuestro querido Luis. Tipo extraordinario. Divertido, entrañable, generoso. Se nos fue demasiado pronto. Pionero también en el Cielo. Su recuerdo siempre me acompaña en aeropuertos y cansancios. Tenía el don de tejer en sus conversaciones una preciosa trama hecha de chistes, lágrimas y oración como nadie.
Luis, he vuelto de El Salvador enamorado de tu tierra. Ahora comprendo tu corazón.
El Salvador es pequeño. Pero su corazón es inmenso. Os quiero. Siempre os estaré agradecido. Nos volveremos a ver. Tal vez en España, o en Medjugorje, o en El Salvador. Y, seguro, también en el Cielo.
Y todo, absolutamente todo, empezó en un pequeño pueblo de Bosnia y Herzegovina. Un lugar anónimo si no fuera porque allí descendió del cielo la Madre del Amor. La Gospa. La Reina de la Paz. La Virgen que se aparece en Medjugorje.
Y desde allí, lo cambió todo.

