Medjugorje – Virgen de Medjugorje

Mensaje de la Virgen María Reina de la Paz del 25 de agosto de 2013 y reflexión del P. Francisco Ángel Verar Hernández

“¡Queridos hijos! También hoy el Altísimo me concede la gracia de estar con ustedes y de guiarlos hacia la conversión. Día tras día yo siembro y los invito a la conversión para que sean oración, paz, amor, y trigo que al morir produce el céntuplo. No deseo que ustedes, queridos hijos, tengan que arrepentirse por todo lo que pudieron hacer y no hicieron. Por eso hijitos, digan de nuevo con entusiasmo: “Deseo ser un signo para los demás”. Gracias por haber respondido a mi llamado.”

El mensaje que la Madre de Dios nos da para el mes de septiembre comienza diciendo: “¡Queridos hijos!, También hoy el Altísimo me concede la gracia de estar con ustedes”. Una de las características de los mensajes de María en sus apariciones de Medjugorje, es destacar que su presencia prolongada obedece a una iniciativa de Dios Padre. Por lo tanto, una vez más, la Madre subraya que está entre nosotros porque Dios la envía. Y la Madre desea que junto a Ella seamos consientes de vivir este privilegio y sepamos agradecer a Dios por tan excelso don. Por lo tanto, en la primera parte del mensaje, se especifica una vez más, lo esencial de la misión de María en la Iglesia y en el mundo en esta hora delicada de la historia de la humanidad: guiar al pueblo de Dios hacia la conversión. Obsérvese que la Virgen habla desde su condición de Madre de la humanidad y embajadora del Altísimo. Y la conversión, como Ella lo ha destacado, es siempre el mensaje más importante de estos 32 años y tres meses de apariciones diarias. Es cierto que la humanidad atraviesa por muchas dificultades en estos momentos —que van desde la pobreza a las contrariedades relacionadas con la bioética, de orden político y de dictamen económico— pero a los ojos de la Reina de la Paz, el fondo de todo consiste en la falta de conversión a Dios. Y de ahí la insistencia en esta persistente llamada.

La Virgen entonces, una vez más, llama a todos a la conversión y este mensaje seguirá resonando, hasta el fin de sus apariciones en Medjugorje, porque la conversión es el camino que se emprende para la construcción de lanueva primavera de vida cristiana que la Madre promete al final de la realización de los “secretos” que le ha confiado a los videntes. Por lo tanto, si queremos ayudar a la “Gospa” en la construcción de esa nueva primaverahay que tomar con responsabilidad el camino personal de la conversión. Y la conversión no es otra cosa: que llevar a la mayor perfección la vida cristiana. Quien toma con responsabilidad la conversión no es aquel que más veces viaja a Medjugorje o quien más reza el santo rosariosino aquel que después de abrirle su corazón a la Madre va percibiendo como adelanta en la virtud. Recuérdese que la vida del cristiano no es otra cosa que la vida entera de Jesús de Nazaret: desde su infancia hasta Su Resurrección, que pasa también por el tormento de Su Pasión dolorosa. Por lo tanto, hay que considerar que la Madre de Dios quiere, con sus apariciones: que sus hijos encarnen la Vida entera de Su Hijo en la tierra, y por tal razón no cesa, ni cesará nuca, de hacer tal llamada. El problema es que hay demasiados sordos que piensan que ya están convertidos, o bien, que no tienen necesidad de mayor adelantamiento en la virtud. Y tal pensamiento sería catalogado fariseísmo puro, por considerar que llegaron a la meta. Entonces, cuando la Madre pide la conversión no está pidiendo otra cosa que la santidad de sus hijos. María quiere, y espera, que esa sea la prioridad en todos sus hijos. Y no cabe decepcionarla. Obsérvese como dice: “Día tras día yo siembro y los invito a la conversión para que sean oración, paz, amor, y trigo que al morir produce el céntuplo.” Y dice también: “No deseo que ustedes, queridos hijos, tengan que arrepentirse por todo lo que pudieron hacer y no hicieron.” Por consiguiente, hay que trabajar con empeño. Y para quien no ha perdido el entusiasmo en convertirse, sólo tiene que continuar con la tarea de su santificación diaria, pero quien ha dado marcha atrás —por las razones que sea—, debe volver a tomar el camino y trabajar en la conversión de su alma con seriedad. Recuérdese que la misma Virgen María ha trazado un programa particular al respecto que comienza con la confesión mensual. Un día dijo la Virgen: “la confesión mensual sería medicina para la Iglesia de occidente”. Y quien toma con responsabilidad la llamada a la conversión tomará, de igual modo con responsabilidad, la tarea de confesarse lo mejor posible cada mes. El problema está en que mucha gente no aprecia la confesión y otras no saben confesarse bien. Incluso, hay quienes que no pueden hacerlo porque están viviendo en situación irregular y no hacen nada para salir de ella.

Recuérdese que en Fátima la Virgen pidió la confesión mensual el Primer Sábado de Mes como medio eficaz para el triunfo de Su Corazón Inmaculado; petición que también reiteró en Medjugorje al inicio de las apariciones. Entonces, para trabajar en la construcción de la paz, por medio de la intercesión del Corazón Inmaculado de María, hay que “viajar” continuamente al confesionario. María habló en un mensaje en relación a la paz que de esta manera “naciones enteras serían reconciliadas”, es decir: con nuestro arrepentimiento y reconciliación frecuentes, ayudamos a que naciones enteras se reconcilien entre ellas y se reconcilien con Dios. Quizá por ello, frente a los vientos de guerra que escuchan en Siria, la Madre vuele a sobre este particular.

Entonces, la confesión hay que prepararla debidamente cada mes. La Madre ha dicho que “nadie se debe preparar con cinco minutos de antelación, cuando observa que el sacerdote está confesando para colocarse en fila”. “No”, ha dicho la Virgen, “de esa manera no se deben confesar, la confesión la deben preparar durante todo el día”. Y es esta la razón del porqué en Medjugorje las confesiones se realizan mientras se reza al santo rosario; antes de la Misa Internacional: supone que los fieles se han preparado durante el día: al subir al Monte de la Cruz, al subir la Colina de las apariciones o después de visitar el Santísimo Sacramento. Por ende, el lugar más importante y donde más frutos se recogen en Medjugorje es el confesionario. Pero hay que acudir a él debidamente preparado. Antes de rendir cuantas al Señor sobre los actos personales, hay que orar, ser humilde, hay que abrir el corazón. Por otra parte, estar dispuesto siempre a cambiar, dispuesto a abrirse al amor, a la paz, a la reconciliación. Y en tal sentido el confesionario será como un nuevo pentecostés, un nuevo cenáculo donde el Espíritu Santo desciende para transformar corazones de piedra en corazones de carne. La persona que no percibe el adelantamiento de la virtud hacia el amor, la humildad, la generosidad… está confesándose indebidamente. Recuérdese que todo inicia con la apertura del corazón, con la sinceridad. Y por lo mismo, nadie debe acudir al confesonario con temor a decir la verdad. Por el contrario, debe buscar el amor sanador de Dios Padre y rico en Misericordia. Y  parte importante de ese trabajo también es desenmascarar el “cáncer” que está destruyendo la humanidad: el pecado, principal enemigo de la sociedad, principal enemigo de la verdad, de la familia; principal enemigo del ser humano. Vivir Medjugorje es declararle la guerra al pecado y vivir cada día más la santidad. Sólo así podrán venir los frutos. Por eso la Madre dice en el mensaje de este mes: “Digan de nuevo con entusiasmo: “Deseo ser un signo para los demás”. Téngase en cuenta que el énfasis recae en el testimonio de vida y no en las obras exteriores.

Oremos: Jesús Te entrego hoy de nuevo mi corazón: no permitas que me resista a esta nueva llamada. Jesús quiero colaborar con tu Madre, por eso hoy, nuevamente, Te digo con María: “Deseo ser un signo para los demás”. Te pido perdón por las veces que no he sido signo en mi familia, que no he sido signo en mi trabajo, que no he sido signo en mi parroquia, en la calle… Yo ahora, Jesús, quiero ser ese signo visible de Tu amor para los demás; por eso te abro las puertas de mi corazón y una vez más renuncio para siempre al pecado como prometo alejarme de todas aquellas cosas que, en el pasado, me han inducido a ofenderte. Quiero también, Jesús, abrir mi corazón de par en par en cada una de mis confesiones futuras: decir toda la verdad al sacerdote que te representa a Ti en ese momento. Jesús, ayúdame a convertirme, ayúdame a dejar el “hombre viejo” que impide ser signo para los demás. ¡Gracias Jesús por esta nueva invitación de Tu Madre, la Reina de la Paz!

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