Medjugorje – Virgen de Medjugorje

Comentario del Mensaje del 25 de Abril de 2001

La Virgen, nuestra Madre, no se ha cansado de nosotros. Una verdadera madre no deja de amar su hijo aunque éste sea desobediente, intranquilo, enfermo o terco en extremo. Está llena de amor y con su fuerza nos habla, nos llama e invita. El contenido de sus palabras es prácticamente el mismo en veinte años pero es innovación y frescor porque nos habla ahora, hoy, en este momento. No nos detengamos en las palabras, sino que vayamos a la fuente de aquel corazón materno del cual provienen esas palabras. No nos detengamos en la señal sino que vayamos al lugar que la señal indica, al cual nos guía. Acerquémonos a Ella, quien se encuentra en aquella gloria que a todos nos espera. Ella desea que vayamos, que caminemos y que no nos detengamos esperando algún milagro que ocurra fuera de nosotros. El milagro puede y debe realizarse en nosotros mismos. La Virgen quiere hablarnos, también cuando no deseamos escuchar, y cuando no deseamos seguir su palabra. Dios no se encuentra en una luz inaccesible sino que habita muy vivamente en nosotros, sólo debemos abrirnos paso hacia El. Hay que vencer tanta resistencia en nosotros y en torno de nosotros. Estamos encadenados por las angustias, los miedos, la preocupación por el mañana, por el miedo de lo que los demás pensarán o dirán de nosotros sin importarnos lo que Dios piensa de nosotros, qué es lo que El quiere y desea de nosotros. Las palabras de la Virgen no son sensacionales sino que maternalmente simples, como Dios lo es también, tan simple, al contrario de nosotros, tan complicados y cerrados. No permitamos que haya algo que se coloque delante de Dios, ni siquiera nuestra vida. Cuando Dios está en primer lugar todo lo demás por sí mismo ocupa el lugar que le corresponde. Sucede en nuestra vida que todo se vuelve vacío, sin sentido, cuando ya no experimentamos satisfacción en nada, no nos alegramos sinceramente por nada. Todo son signos de que el alma ha sido descuidada y está con sed y hambre de Dios y de su amor. Es signo de que hemos perdido y olvidado nuestras raíces y nuestra fuente de vida. Solamente una vez pasamos por esta vida. Tendremos que irnos alguna vez de este mundo y quizás no sabremos por qué hemos vivido. Debemos viajar, despedirnos de nuestros amigos, desaparecer de aquí y no sabemos adónde vamos y qué es lo que nos espera. Por eso son necesarias la Santa Misa, la Confesión y la oración a las que la Virgen nos llama. Todos esos son medios y no el objetivo. La oración no es la finalidad sino el camino hacia el objetivo. La meta es, como dice la Virgen, el encuentro gozoso con el Salvador. Sabemos cómo fácilmente descuidamos la oración, cómo difícilmente nos decidimos por ella, cómo miles de obligaciones, tareas, encuentros, cosas más importantes y necesarias se imponen delante de la oración, pero cuando nos decidimos por ella, siempre experimentamos cuán hermoso es estar con Dios, que el tiempo transcurrido con El es el único tiempo aprovechado. Al final de la vida creo que añoraremos todo el tiempo perdido, pero únicamente el tiempo transcurrido en oración será el tesoro que llevaremos con nosotros. Ese tesoro lo ganamos aquí en la Tierra, aquí se decide nuestra vida y nuestra eternidad. Después de la muerte nada importante sucede, aquí en la Tierra pronunciamos nuestro Sí o No a Dios, nuestro Sí a la vida o la muerte.

La Madre nos llama a caminar por el sendero de la vida. Ese sendero no es en absoluto atrayente, ni ancho, ni leve. Nuestra conversión cuesta, nuestra fe no es algo barato, exige emplear fuerzas físicas y psíquicas pero sabemos que nos conduce a la vida ya en la Tierra y no solamente a la eternidad.

Que la Virgen nos conduzca a la fuente de la vida. Sigamos sus palabras.

Fr. Ljubo Kurtovic
Medjugorje, 26.04.2001

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